VVS >> Otros articulos >> Yakovlev
 
 
ALEKSANDR SERGEEVICH YAKOVLEV
 
"LA META DE MI VIDA"
 

 

EL SENTIDO DE MI VIDA

 

Voy a exponer ahora mis consideraciones acerca de lo que hace falta para ser constructor de aviones, de la esencia, digámonoslo así, del laboratorio creador del constructor. Es una pregunta que me hacen muy a menudo verbalmente y más frecuentemente por escrito los jóvenes que sueñan con la gloria de Túpolev o Iliushin.

 

Para ser ingeniero aeronáutico no basta con poseer madera de constructor o interés por la técnica, que se mani­fiesta desde la infancia. Tampoco es suficiente tener ele­vados conocimientos de matemáticas, física o mecánica de construcción. El construir, diría yo, no es sólo ciencia y técnica, sino arte, pues representa un proceso de creación.

 

Allá donde uno mire, en el medio que nos rodea, se ven por doquier frutos del pensamiento de ingeniería. Y el proyectar una máquina y obra moderna, ya sea un avión, una excavadora andante, un edificio de muchas plantas o cosas tan insignificantes, al parecer, como una bicicleta, una plancha eléctrica u otros objetos corrientes es una verda­dera creación. Y se diferencia de la creación, pongamos por caso, del pintor o del escritor, en que, además de cono­cer la materia, de tener amplios conocimientos y, claro es, don ingenito, el ingeniero constructor debe ser también tecnólogo; o sea; debe saber cómo se construye del modo más perfecto, ser organizador del personal, que plasma en la rea­lidad su idea, en todas las etapas de la proyección; construcción y pruebas.

 

Para que la idea del constructor, por original y brillante que sea, halle aplicación práctica en la vida, es preciso fecundarla con el trabajo de gran número de personas: ingenieros y obreros. Por eso, mientras la obra de un pintor, compositor o literato es individual, el trabajo del ingeniero constructor moderno es una creación colectiva.

 

El proyectista debe saber construir haciendo economías: sin malgastar, utilizando la cantidad precisa de materiales que se requiera para que el artefacto sea resistente, cómodo en su manejo y para que los objetos de uso tengan buena presentación. Debe hallar las soluciones de construcción más simples, cosa que no se logra con facilidad, para que la fa­bricación del aparato requiera el empleo mínimo de trabajo. Debe educar en si la firmeza, voluntad y capacidad de ven­cer las dificultades y los obstáculos; debe tener aguante y, aún diría mejor, mucha paciencia. Además, el proyectista debe ser soñador. En los sueños nacen precisamente ideas nuevas, proyectos de nuevas estructuras y la manera de llevarlos a la práctica. El sentido más grande de la vida de la persona, sobre todo del constructor, consiste en lograr que se cumplan sus sueños.

 

Recuerdo los ingenuos temores de mi juventud, cuando me parecía que a los adultos les había dado ya tiempo de inventarlo y hacerlo todo. Hacía ya mucho que se habían inventado la locomotora y el motor de combustión interna; que el hombre había aprendido a producir energía eléctrica e ideado la radio; que los automóviles corrían por toda la tierra y los aviones surcaban los espacios.

 

Sin embargo, los primeros pasos que di en la práctica me convencieron de que estaba completamente equivocado. El progreso de la técnica es infinito. En la realidad resulta que unas tareas se resuelven únicamente para plantear otras, aún más complejas.

 

Cuando construí un planeador, me dominó min afán irre­frenable de hacer un avión. Luego me entraron deseos de hacer otro mejor, luego otro más... Cuando uno construye un aparato, piensa: "¡No quisiera sino que volase, no me hace falta nada más en la vida!" Pero cuando el aparato está terminado y empieza a volar, le surge a uno otro deseo: Hacer otro avión que vuele más rápido y mejor…

 

Cuando el primer caza que construimos fue adoptado para el armamento del Ejercito Soviético, se le denominó Yak por decisión del Gobierno y las fábricas de aviación comenzaron a producirlo a millares, me pareció que se había cumplido mi sueño. Más tuve después otra ilusión...

 

Uno siente gran satisfacción en plantearse un objetivo, indagar lo incomprensible, experimentar, hacer cálculos y cantar victoria al fin. La siente todo aquel que crea algo nue­vo. Y cuanto más trabajo cuesta lograr el objetivo, cuanto mayor satisfacción produce cuando se alcanza.

 

Las dificultades brotan y aumentan constantemente. En la ruta del desarrollo de la aviación, la naturaleza interpone sin cesar trabas que al principio parecen insorteables.

 

Al principio de la década del treinta, cuando estábamos construyendo la avioneta de escuela y entrenamiento UT-2, la aviación padecía una de sus terribles enfermedades: la barrena.

 

Hoy, cualquiera dirá que la barrena es una figura de acrobacia, en la cual el aeroplano parece que pierde la di­rección y se precipita rápidamente a tierra, girando vertical en torno a su eje longitudinal. Da una vuelta; otra, otra más, y el piloto, ejerciendo su autoridad y maniobrando adecua­damente, saca el avión de la barrena.

 

Por aquellos tiempos la cuestión era distinta. Todo el mundo de la aviación cargó contra la barrena. Los científicos, al probar los modelos en los túneles aerodinámicos, pro­curaban hallar modos de combatirla. Heroicos pilotos se elevaban en aeroplanos y, exponiendo la vida, se esforzaban por analizar todas las fases de este peligroso fenómeno y com­prender el motivo por el que el avión se desmandaba. Y el secreto le fue arrancado a la naturaleza.

 

Resultó que la condición decisiva para combatir la ba­rrena era la aproximación del centro de gravedad del avión al pie del ala, así como el aumento de la efectividad del empuje vertical. La observancia de estas condiciones ga­rantizó las mejores cualidades contra la barrena del aparato de escuela y entrenamiento UT-2. A base de este avión se construyó el Yak-18, aparato de enseñanza primaria de vuelo. En el recibe instrucción y "credencial aérea" todo el per­sonal volante en la URSS y en los países de democracia po­pular. Los pilotos lo llaman "pupitre aéreo". Y la barrena, temible en tiempos, se incluye en el programa obligatorio de enseñanza.

 

Luego que los aviones volaron a velocidades de cuatro­cientos, quinientos, seiscientos y más kilómetros por hora, los ingenieros aeronáuticos toparon con otro fenómeno, ines­perado por completo. La estructura del aparato y, sobre todo, las alas y los timones, empezaron a vibrar. La vibración alcanzó tal intensidad que los aparatos se deshacían a menudo en el aire. Este fenómeno se llama flutter o aleteo.

 

En 1934 se creía que, una vez resuelto el problema de la barrena, se podría seguir avanzando como si se fuera por una carretera bien apisonada. Cuando la vibración irrumpió en escena; volvió a parecer que si los ingenieros lograban vencerla todo seguiría sin contratiempos.

 

Volvieron a efectuarse interminables pruebas en labora­torios y en el aire, de nuevo los pilotos probadores realiza­ron decenas de hazañas hasta que se llegó a descubrir la causa de la vibración y, con ella, los medios de combatirla.

 

Pero aparecieron más dificultades. Surgieron al alcanzar la velocidad del sonido.

 

¡Qué remota parecía la perspectiva de volar a más de mil kilómetros por hora! Un avión que volase con la velo­cidad del sonido se consideraba una fantasía.

 

Mas la vida introdujo rápidamente sus correcciones. En la actualidad son ya una realidad los aviones que vuelan a velocidades muy superiores a las sónicas, y ello no nos pa­rece un límite. Para alcanzar estas velocidades se hubo de sortear el llamado muro del sonido.

 

EI logro de velocidades de vuelo supersónicas ha dado lugar a que se eleve bruscamente la resistencia aerodinámica del avión. A esas velocidades, el ala corta el espacio con tanto ímpetu, que delante se forma una ola de aire más compri­mido. Este fenómeno ha obligado a los científicos a que re­visen las viejas leyes de la aerodinámica, a que modifiquen las formas exteriores del avión y a que, en lugar de alas rectangulares o trapezoidales empleen las sagitales, que como se ha visto, vencen la resistencia con más facilidad.

 

Se ha sorteado también este obstáculo que parecía dificilísimo. Y de nuevo en el camino hacia velocidades de vuelo aún superiores, surgió otro impedimento: el muro térmico. Así se llama el fenómeno consistente en que la superficie del avión se calienta a causa de la fricción de las partículas de aire a velocidades muy grandes. ¡Otra sorpresa más!, pero también se va sorteando con éxito.

 

Hace mucho tiempo que la aviación ha dejado de ser causa exclusiva del personal aeronáutico. La ofensiva para conseguir grandes velocidades y alturas se despliega por to­das las ramas de la ciencia v de la industria.

 

El éxito al construir un veloz aparato de nuevo tipo depende hoy casi en igual medida tanto de la habilidad de los proyectistas como de los metalúrgicos, que dan con nuevas aleaciones de poco peso y termo resistentes; tanto de los ingenieros aerodinámicos como de los químicos, que descubren nuevos plásticos, materiales que tienen cada vez más aplicación en la industria aeronáutica. La aviación ha reque­rido que se sustituyan los remaches por el encolado, y los químicos han tenido que afanarse para dar con una goma sintética, cuya película sea más sólida que los materiales que pega.

 

En la actualidad no se coloca en el avión ni una sola pieza, órgano ni sistema que no haya pasado previamente por numerosas pruebas, hasta el examen con rayos X y los ensayos en bancos adecuados que permiten reproducir en el laboratorio las condiciones naturales de funcionamiento de las piezas en vuelo a gran velocidad y altura. Pues estas condiciones se han hecho demasiado singulares y compli­cadas.

 

Pongamos un ejemplo: ¿Cómo se comportará el sistema de dirección de un avión? Los esfuerzos que se requieren para pilotar una aeronave moderna son tan grandes que el piloto no puede ejecutarlos por medio de las palancas co­rrientes. Hoy se maneja el avión mediante potentes siste­mas hidráulicos. En estos sistemas actúa una mezcla liquida especial. ¿Qué cambios se operarán en ella cuando el avión pase en pocos minutos de un calor de treinta grados en tierra a sesenta grados bajo cero en las alturas? Si la mezcla se hace más espesa o se congela, los mandos del aparato se agarrotan y la catástrofe es inevitable. Los químicos bus­can y encuentran mezclas que no experimenten los efectos del calor ni del frio.

 

Los motores de reacción modernos no son exigentes en lo que respecta al combustible; funcionan con simple que­roseno. Pero si se eleva un depósito lleno de este combusti­ble a gran altura donde el aire está muy enrarecido, hierve el queroseno. Para contrarrestar este fenómeno hay que formar un microclima adecuado en los depósitos de com­bustible, manteniendo constante en ellos la presión nece­saria.

 

Los ejemplos no tendrían fin.

 

La alegría de la creación consiste en construir aparatos de nuevo tipo, en ver que las ideas de uno se convierten en piezas palpables, en ver cómo de las piezas se va constituyendo poco a poco el avión, adquiriendo las formas concebidas mucho tiempo antes y tan conocidas en mi ilusión, en ver cómo este avión, pilotado por un proba­dor, surca el espacio y saber que millares de aviones así protegen nuestra querida Patria.

 

Y por grandes que sean las dificultades y fracasos tem­porales del ingeniero constructor, por mucho que le cueste dar con la solución precisa, el éxito definitivo de la labor lo recompensa todo.

 

Recuerdo la alegría que nos dio a todos nosotros en el año 1930 la construcción de cazas nacionales con una velo­cidad de 300 kilómetros por hora. ¡Qué conquista tan gran­de nos pareció!

 

Han pasado treinta años nada mas, y nuestros aparatos vuelan a una velocidad diez veces mayor, llenándonos de orgullo.

 

¿Acaso es esto el límite? ¿Puede hablarse de limite, por ventura, cuando la inteligencia de los constructores ha re­suelto los más complicados problemas del vitelo de los co­hetes alados y balísticos? Pues los cohetes, tanto los más pequeños, antiaéreos, como los que pueden elevarse a altu­ras que parecían inaccesibles, a una velocidad que se mide por decenas de miles de kilómetros, son ya una realidad.

 

¡Y los satélites artificiales de la Tierra, así como los cohe­tes cósmicos, que auguran el comienzo de los viajes inter­planetarios!

 

¡Y el vuelo a la Luna, que ya no es un sueño, sino una realidad! ¡Y los vuelos a otros planetas tampoco son hoy una fantasía infundada!

 

¡Cuántos problemas nuevos y desconocidos tienen que resolver aún en este camino los científicos, los ingenieros y los constructores!

 

Quiero seguir trabajando sin descanso para penetrar cada vez más en lo ignoto alcanzando nuevas cimas.

 

En esto consiste el sentido y la razón de vivir de un ingeniero diseñador.

 

Gracias a http://militera.lib.ru

El texto original en ruso se encuentra aqui

 

HR_LeNoir / HR_Ootoito / HR_Grainovich

 
 

 

 

© RKKA