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ALEKSANDR SERGEEVICH YAKOVLEV
 
"LA META DE MI VIDA"
 

 

NACE UN NUEVO AVION

 

En 1935, una vez reconocida la labor de nuestro conjunto, se adoptó el acuerdo de construir en el recinto del antiguo taller de camas una verdadera fábrica de aviación.

 

Nos asignaron fondos para erigir una oficina de proyec­ción y naves fabriles. Ante todo se derribaron unas diez casuchas de madera en el recinto de la fábrica y se sacó una gran cantidad de escombros. Poco después en el solar despejado se levantó un gran pabellón con talleres, oficinas de proyectos y los servicios correspondientes. Después de la guerra se construyó un nuevo edificio con locales magníficamente instalados para los diseñadores y laboratorios.

 

Por fuera, nuestra fábrica tiene poco de común con las empresas industriales ordinarias. Es un edificio de sobria arquitectura, la fachada es de un color gris claro de agra­dable matiz. Las paredes están revestidas de roble y las puertas son de cristales biselados.

 

En inmensas y claras salas están dispuestos en dos filas las mesas y los tableros de dibujo de los proyectistas. A ambos lados, amplias ventanas, la estancia tiene mucha luz. Cuando anochece, unas armaduras eléctricas con grandes globos blancos alumbran casi como la luz del día. Los cómodos muebles, las lámparas de mesa y las cortinas blancas for­man un ambiente acogedor que invita a trabajar. Los proyec­tistas trabajan con batas blancas, como los médicos.

 

Los proyectistas tienen que pasar casi todo el tiempo sentados a la mesa tras los planos. Por eso establecimos el orden de salir todos del local durante la hora de la comida y abrir las ventanas para ventilarlo. Después de comer, los que lo deseaban podían pasear y respirar aire fresco en el patio, pues lo habíamos convertido casi en un vergel. Todo el territorio estaba cubierto de vegetación, por doquier había lilas, árboles decorativos y arbustos, la valla estaba recubierta totalmente de lúpulo y vid silvestre. Pero incluso en invierno, durante el descanso para comer, no debía quedar nadie en la oficina de proyectos.

 

Los jefes de taller y los contramaestres no tienen des­pachos aparte en nuestra fábrica. Sus mesas están cerca de las máquinas, a un lado. Los jefes no permanecen mucho rato sentados a las mesas. Están todo el tiempo junto a los obreros y los proyectistas y saben exactamente que hace cada uno en el momento dado, que faltas se precisa elimi­nar en el trabajo y cómo ayudar. Esa proximidad a la pro­ducción influye favorablemente en los jefes propensos al burocratismo.

 

Con semejante orden, los obreros también saben que el jefe está al tanto del trabajo, que si es preciso, puede ayudar en el acto y hacer una observación a quien trabaje mal. Por eso, en el trabajo no se ve a la gente andar de un sitio para otro y no se mantienen conversaciones superfluas.

 

En el departamento de proyectos y en el de investiga­ción científica existe el mismo orden. Los dirigentes de brigadas de proyectos y los jefes de laboratorios están en la misma sala general que los restantes proyectistas, es algo muy útil para el mantenimiento de la disciplina y la buena marcha del trabajo.

 

Rige un sistema, según el cual cada proyectista se pre­ocupa de observar cómo se produce en el taller la pieza que está a su cargo y tiene la posibilidad de hacer las indi­caciones precisas a su debido tiempo. Por eso, nuestros proyectistas no son simples oficinistas: todos conocen per­fectamente la producción. Y los obreros conocen a los inge­nieros, ven sus virtudes y defectos.

 

La selección del personal para la fábrica se efectúa con cuidado. Pues toda la obra depende del personal, de los que trabajan en las máquinas, de los que proyectan en la oficina y de los que dirigen. Al admitir a alguien, nos atenemos a la siguiente regla: si el solicitante ha cambiado a menudo de lugar de trabajo, lo rechazamos. Pues si va de una fábrica a otra sin parar, significa que es una persona intratable o un gandul que no tiene aprecio a su especialidad. La mayoría de nuestro personal no sólo conoce, sino que estima su profesión. Y eso es muy importante, sobre todo en una obra como la construcción de un nuevo tipo de avión.

 

Inculcamos a cada trabajador de nuestra fábrica el esme­ro en la producción. Y el esmero comienza por la limpieza. En los talleres siempre están lavando o pintando algo, las máquinas, las puertas, las ventanas o los muebles. La pin­tura que más usamos es la blanca.

 

Es verdad que costó trabajo arraigarse.

 

Pintamos de blanco por primera vez las puertas y al poco tiempo estaban sucias. Algunos se reían por lo bajo:

 

- ¡Vaya una ocurrencia! ¿Dónde estamos, en una fá­brica o en un hospital?

 

Cuando se trabaja no hay tiempo para pensar en la limpieza.

 

Pero no nos apenamos. Si se pintaba todo de blanco era para que se viese la suciedad. Las puertas blancas debían desacostumbrar a la gente de abrirlas con el pie.

 

Y se desacostumbraron.

 

Hoy, cuando nuestra fábrica es una gran empresa aseada donde todo resplandece de blancura y a nadie se le ocurre abrir una puerta con el pie, es difícil creer que tuvimos que pelear por la limpieza.

 

Los cristales rotos y las telarañas son síntomas de de­sidia. En nuestra fábrica no hay telarañas y nadie encon­trará ni un cristal roto. Naturalmente, en nuestra empresa también se rompen los cristales, pero el vidriero de la fá­brica vela rigurosamente para colocar nuevos.

 

En los rincones de nuestra empresa no hay vertederos ni grandes ni pequeños, como tampoco hay escondrijos para la basura.

 

Tampoco hay en los talleres tanques de agua potable junto a los cuales suelen formarse primero charcos pequeños y luego charcos grandes y donde todos usan una misma taza. En la fábrica se han montado quioscos especiales y autó­matas de agua gaseosa.

 

Nos opusimos mucho tiempo a la fijación de toda clase de anuncios en las paredes y en las puertas. Ahora todos saben que los anuncios, y bien hechos, se fijan solamente en vitrinas construidas al efecto.

 

En nuestra fábrica está prohibido fumar, primero por un acuerdo de la reunión general, luego por orden del director. Muchos dejaron el vicio.

 

La atención que prestamos al esmero de la producción, a la limpieza y el orden se resarce con creces, pues este esmero se manifiesta también en las piezas. Los aviones que salen de la fábrica se distinguen no sólo por sus buenas formas aerodinámicas y fiabilidad, sino también por la cali­dad de la factura y el acabado. Recuerdo una época -allá por los años treinta- en que algunos se reían de nosotros considerando que el acabado era un lujo. Pero hace tiempo que todo el mundo ha comprendido que el camino directo para dominar las grandes velocidades pasa a través de la excelente calidad del trabajo, del esmero con que se ha construido el avión y de su buen acabado.

 

Un nuevo tipo de avión es fruto del fecundo trabajo de una numerosa colectividad de ingenieros, científicos y obre­ros. Y nace entre las torturas de la creación, de las conti­nuas búsquedas y de éxitos que se alternan con los reveses. La creación de una nueva aeronave exige de todos los com­ponentes de la colectividad abnegado trabajo, tenacidad para conseguir el objetivo propuesto y fe firme en el éxito final.

 

De la multitud de tipos de aviones construidos por dife­rentes ingenieros aeronáuticos, sólo algunos, los mejores entre los mejores, van a la producción en serie y al arma­mento de la Flota Aérea.

 

Al formular la idea de un nuevo avión o recibir el en­cargo de proyectarlo el ingeniero diseñador jefe medita las "facciones" fundamentales del futuro aparato.

 

El propio encargo determina la característica del apa­rato: cuántos tripulantes y armamento deberá llevar y que velocidad, techo y radio de acción ha de poseer. El cons­tructor-jefe debe plasmar esos datos con el mayor acierto en formas concretas de estructura. Propende a que el avión no sólo posea las cualidades de vuelo precisas, buena esta­bilidad y fácil manejo, sino que sea sencillo en el sentido tecnológico, es decir, simple y cómodo para la fabricación en serie. Ello requiere búsquedas.

 

Al idear el futuro aparato, uno se imagina sus líneas, la combinación de materiales, el tipo y la potencia del mo­tor, las instalaciones y el armamento, el perfil de los planos de sustentación y de los timones de cola.

 

Una de las labores esenciales de proyección consiste en determinar el tamaño más ventajoso del avión y su peso en vuelo, tanto en conjunto como de sus partes por separado.

 

Cuando empecé a trabajar de ingeniero aeronáutico di­bujaba yo mismo los planos, los esquemas y la forma general del avión. Ahora ya no dibujo, sino que expongo con detalle mis ideas a los proyectistas, que las plasman en el papel y hacen el esquema del futuro aparato. Son constructores muy competentes y buenos delineantes. Ejecutan diversas variantes del esquema. Durante el proceso de elaboración del proyecto previo del nuevo avión hago correcciones hasta que resulta lo que he imaginado. En este proyecto previo, que define por entero el diseño del futuro aparato, trabaja un reducido grupo de los proyectistas más expertos.

 

Finalmente se elige la mejor variante, la definitiva, y los planos generales de la misma pasan a la oficina de proyectos, donde se confeccionan con todo detalle. Allí se incorpora ya todo el conjunto de proyectistas y la labor se realiza por grupos, cada uno de los cuales se encarga de alguna parte importante del aparato: del fuselaje, de un ala, de los dispositivos de mando, del motor, del tren de aterrizaje, del armamento, del empenaje, de las instalaciones, etc.

 

Los ingenieros calculistas efectúan el cálculo aerodiná­mico, que determina las cualidades de vuelo del aparato: la velocidad, techo, radio de acción, estabilidad, etc.

 

Un grupo especial de ingenieros calcula la resistencia mecánica de la aeronave. Esta operación es de mucha res­ponsabilidad. El avión es un artefacto en el que compiten irreconciliables dos principios: la solidez y el peso. Tiene que tener una estructura sólida y ser ligero, y estos dos elementos están siempre en pugna. La tarea consiste en cal­cular con exactitud una resistencia mecánica determinada que no haga el avión excesivamente pesado y sea la que se requiere para el tipo dado.

 

Al tiempo que se dibujan los planos, se hace un modelo de tamaño natural del futuro avión y otros en diferente escala para probarlos en túneles aerodinámicos. EI modelo se hace con el fin de comprobar, antes de construir el avión de verdad, si los asientos para la tripulación, las palancas de mando y los instrumentos de navegación aérea y control están dispuestos con comodidad y, en última instancia, para comprobar la perfección arquitectónica de la aeronave proyectada.

 

El modelo da una idea completa del futuro avión. Se hace con largueros de pino y con chapa, pero no se distin­gue en nada por su aspecto exterior de un avión de verdad. Una comisión especial lo examina.

 

De manera que en la construcción del avión participa ya una numerosa colectividad en el periodo en que se proyec­ta sobre el papel. Y para que esta labor colectiva de crea­ción, dividida en decenas de partes, se plasme, en fin de cuentas, en un todo, en el avión, cada cual debe trabajar con precisión, organizadamente, y la disciplina de trabajo tiene que ser férrea.

 

La función del constructor-jefe en ese periodo estriba en "dirigir la orquesta", encauzar la labor de cada proyec­tista y velar por que todos los caminos lleven al fin seña­lado con antelación y meditado escrupulosamente.

 

Al tiempo que se dibujan los planos, se preparan los gálibos. Muchas partes y piezas grandes de la aeronave no pueden ser delineadas sobre el papel en tamaño natural. Se hace eso sobre marcos de chapa de madera, que se lla­man gálibos. Los gálibos pasan con los planos a los talleres, donde se empieza a construir los patrones y las piezas del avión.

 

La aeronave es un mecanismo muy complejo y para construirlo hacen falta operarios de muchos oficios: carpinteros, metalistas de lacrar el duraluminio, remachadores, ajusta­dores, torneros, fresadores, soldadores y muchos más.

 

El momento de mayor importancia e interés llega cuan­do las piezas comienzan a reunirse en el taller de montaje. Primero se arman, por separado, las partes grandes del avión: los planos de sustentación, el fuselaje, los timones de cola, etc. y luego se efectúa el montaje de todo el aparato. Entonces es cuando se comprueba la calidad del trabajo de proyectistas y obreros.

 

Suele ocurrir que las partes preparadas en varios talle­res no encajen exactamente. Entonces, los culpables tienen que corregir sus faltas y ponerse colorados por su trabajo deficiente.

 

Cuando el avión está montado, se verifican las pruebas y mediciones. Ante todo, se determina el peso verdadero, el centro de gravedad, y se comprueba el buen funcionamiento de cuantos sistemas de mando, aparatos de a bordo e insta­laciones tenga.

 

Luego es sometido a una prueba de resistencia mecá­nica, pero no el ejemplar que ha de volar a continuación, sino otro. Siempre se construyen a un tiempo dos o tres ejemplares idénticos. Uno sufre las pruebas de resistencia mecánica, llamadas estáticas, y el otro, si la solidez del primero no suscita dudas, se prueba en vuelo.

 

Por efecto de la resistencia frontal del aire, todas las piezas del avión experimentan en vuelo determinadas pre­siones. Cuanto mayor es la velocidad del avión, tanto mayor es la presión que actúa en las diferentes partes del apa­rato. Durante el proceso de proyección y construcción de la aeronave es preciso saber qué presión sufrirá cada pieza en vuelo y si la podrá soportar.

 

Todo ello se puede calcular también matemáticamente. Mas los cálculos no son siempre exactos por completo, y la solidez del avión tiene que ofrecer absoluta seguridad. Por eso, antes del primer vuelo y con el fin de comprobar la precisión de los cálculos matemáticos de los ingenieros encargados de la solidez, cada nuevo tipo de avión sufre la prueba de resistencia mecánica. En el laboratorio se somete todas las partes del avión a una presión equivalente a la que habrán de resistir en vuelo, e incluso superior.

 

Si, por ejemplo, se precisa determinar la resistencia mecánica del ala, los ingenieros que verifican las pruebas le aplican por diferentes medios una presión igual a la que experimentaría en el aire. Se observa mediante unos dis­positivos especiales lo que ocurre en su estructura por efec­to de dicha presión y las deformaciones que sufre en algunos puntos. Se aumenta la presión hasta que el ala se rompe, y se determina en el acto la tensión aérea que puede so­portar.

 

El fuselaje, el tren de aterrizaje, los mandos de mano y de pedal, el bastidor del motor y los timones, en suma, todo cuanto ha de sufrir presiones en vuelo, se somete a tensiones cada vez más elevadas hasta que se destruye.

 

Si los resultados de los ensayos del primer ejemplar son favorables, queda confirmada la exactitud de los cálculos y se puede preparar el segundo ejemplar para las pruebas de vuelo.

 

Los primeros ejemplares del nuevo avión, llamados también ejemplares de prueba, se crean en la fábrica experi­mental de la oficina de proyección. Luego el avión pasa a la fábrica de producción en serie.

 

Y, por último, el nuevo aparato es llevado al aeródromo. Está en el campo verde, reflejando destellos al sol su fresca pintura y el brillo de sus piezas metálicas. Le esperan las pruebas. En los espacios, a distintas alturas y velocidades, se comprobará como se han hecho realidad las ideas del constructor.

 

Eso lo hará el piloto probador. Es el primero que eleva al aire el nuevo aparato.

 

Tal vez no exista entre los aviadores una profesión más noble, sublime y heroica que la de piloto probador.

 

A pesar de que la moderna ciencia aeronáutica es un arma poderosa en manos del ingeniero constructor, los pri­meros vuelos de un aparato de nuevo tipo encierran muchas sorpresas. Y la misión del probador consiste en descubrir todo lo que escapa a los cálculos del constructor y a los experimentos científicos al proyectarlo.

 

El primer vuelo no es tan peligroso como las subsiguien­tes pruebas, consistentes en la comprobación de la velocidad el techo máximo, la prueba de la resistencia mecánica del aparato, de la resistencia a la vibración y a la entrada en barrena. Por eso, el piloto probador presta gran atención al comportamiento del aparato, sin debilitarla un solo ins­tante hasta que lo examina con todo detalle. Por algo dicen los pilotos probadores que no se puede "tutear" a un apa­rato nuevo antes de tiempo.

 

He tenido ocasión de conocer a muchas figuras insignes de esta profesión: a Chkálov y Piontkovski, a Redrovi y Araojin, a Serov y Kokkinaki, a Suprún y Grómov. Cada uno de ellos se distinguía por rasgos individuales muy acu­sados. Pero tenían uno común, el amor profundo, singular, a la aviación. El constante riesgo a que se exponían en los vuelos les imprimió un sello de cierta modestia, de valentía sin par, y al propio tiempo, de extraordinaria alegría de vivir.

 

Nuestro piloto probador de más edad y más experiencia es Mijail Grómov.

 

Vi a Grómov por vez primera una clara mañana estival de 1926 en el Aeródromo Central. A la línea de aparcamiento del hangar acababan de sacar un avión U-2.

 

El U-2 aún no se había elevado ninguna vez a los espa­cios, lo estaban preparando para el primer vuelo. Nikolái Polikárpov, el constructor, estaba en pie junto a su obra y conversaba con Mijail Grómov. Este, vestido con overol de vuelo, se preparaba con calma y seguridad para el ascenso: se ajustaba el casco, limpiaba las gafas de vuelo y escuchaba atento al constructor.

 

Polikárpov, fuerte, grueso, con sincero rostro ruso y vivarachos ojos, estaba nervioso. Explicaba algo al piloto antes de que emprendiese el responsable vuelo. Al terminar, quiso, por lo visto, gastar una broma o tal vez desembarazarse del estado de tensión en que se encontraba, dio una palmadita en el ala del aparato, como hubiera hecho un comerciante con la mercancía de superior calidad y, ha­ciendo una seña con la cabeza en dirección al motor M-11, dijo riendo, para remarcar con sus palabras la poca poten­cia del mismo:

 

- ¿Y el motorcito que lleva, eh? ¡No tiene caballos, sino perros de vapor!

 

Grómov subió a la cabina. Puso el motor en marcha.

 

- Bueno, ¡que le vaya bien!

 

Minutos después, el U-2 estaba en el aire.

 

La avioneta U-2 que Grómov probó aquella mañana, posteriormente llamada Po-2, según el apellido de su cons­tructor, ha sido uno de los aparatos más populares y exten­didos. Se construyeron muchos millares de Po-2, y no hay rincón en nuestro país sobre el cual no hayan volado estas avionetas durante decenas de años. También desempeñaron airosamente sus funciones durante la guerra, atacando, pese a su aspecto nada belicoso, las avanzadillas del enemigo.

 

La amplitud de la competencia aeronáutica de Grómov es inconcebible. Basta con decir que verificó las pruebas del U-2, una de las avionetas más pequeñas del mundo, y los primeros vuelos en el avión Máximo Gorki, el mayor del mundo en su tiempo.

 

Toda la producción de aviones pesados de nuestro país está directamente ligada a la notable actividad de Mijail Grómov. Él fue quien realizó las pruebas en vuelo de los bombarderos construidos por Túpolev, que se mantuvieron muchos años en el armamento de nuestras Fuerzas Aéreas.

 

Mijail Grómov es de aspecto un tanto esquivo. Mas las apariencias engañan, es muy atento y amable, deportista de los pies a la cabeza, y se siente atraído, como un chiquillo, por todos los deportes, sobre todo, por la equitación.

 

El espíritu deportivo de Grómov ha repercutido en su actividad de aviador. El y su mecánico de a bordo, Rodze­vich, asombraron a Europa por primera vez con su vuelo circular en el primer avión nacional de estructura metálica, llamado Proletario; él fue quien efectuó el vuelo por las capitales de Europa en un trimotor ANT-9, despertando el respeto general por la aviación soviética; él fue quien llevó a cabo la travesía Moscú-Pekin, grandiosa para aquellos tiempos, en un avión de producción nacional R-I, con motor M-5, también nacional, y acompañado del mismo Rodzevich. Y finalmente, el verificó, casi al mismo tiempo que Chkálov, el vuelo de la URSS a los EE.UU., a través del Polo Norte, en un avión ANT-25, confirmando definitivamente la valía de la aviación rusa y alcanzando fama mundial.

 

Después de realizar ese vuelo, los norteamericanos llamaron a Grómov el piloto número uno, el mejor del mundo.

 

Durante los años que precedieron a la Guerra Patria, Mijail Grómov fue jefe del Instituto de Investigaciones aeronáuticas y en 1941 logró que lo destinasen al ejército de operaciones, en el que mandó la aviación de uno de los frentes durante toda la campaña. Después de la contienda ha encabezado el servicio de vuelos de prueba de la in­dustria aeronáutica.

 

El general coronel Mijail Grórnov ha llenado con su heroica y magnífica actuación bellas páginas de la historia de la fundación y desarrollo de la aeronáutica de nuestra Patria. En la actualidad escribe un libro de memorias, que ofrecerá, sin duda, gran interés para la joven generación de pilotos soviéticos.

 

En los mismos años en que Mijail Grómov probaba los bombarderos de Túpolev, otro piloto, Valeri Chkálov, daba el visto bueno a los cazas de Polikárpov. El país conoció a Chkálov en 1936.

 

El 23 de julio de 1936, una noticia asombrosa recorrió todo nuestro país:

 

"EI piloto Valeri Chkálov con el aviador Gueorgui Baidukov y el navegante Alexandr Beliakov, han realizado del 20 al 22 de julio, por primera vez en la historia de nuestra aviación, un vuelo a gran distancia sin escala de Moscú a Nikoláievsk del Ainur, recorriendo un trayecto de 9.374 kilómetros. El aparato se ha mantenido en el aire 16 horas y 20 minutos".

 

Casi un año después, todo el mundo quedó maravillado. Estos tres aviadores efectuaron el vuelo sin escala a los Esta­dos Unidos, cubriendo en 63 horas y 25 minutos una distancia de más de 12.000 kilómetros desde Moscú hasta el aeró­dromo de Vancouver, cerca de Portland, en la costa del Océano Pacifico. La travesía se llevó a cabo a través del Polo Norte, inexplorado a la sazón. Dos Estados de los más grandes del mundo se unieron por la ruta más corta: Moscú-Mar Blanco-Mar de Barents-Tierra de Francisco Jose-Polo Norte-Isla del Principe Patricio-Cabo de Pears Point en el Norte del Canadá- Estado de Washington en los EE.UU.

 

Las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo aparecían llenas de titulares: "¡Una travesía fantástica!: Tres rusos sobre el Océano Glacial!" ¡El Polo ha sido sometido! ¡El acontecimiento más grande de la historia de la aviación!"

 

Chkálov y sus camaradas, coronados de laureles, desfi­laron por las calles, sembradas de flores, de la ciudad norte­americana de Portland.

 

El periódico New-York World Telegram insertaba en su editorial lo que sigue:

 

"La serenidad con que han ejecutado su peligrosa misión y la exactitud con que han seguido la difícil ruta que se fijaron, despiertan la admiración ante el arrojo y la intre­pidez sin límites".

 

Todos estábamos entusiasmados de Chkálov a la sazón. La sangre fría, la exactitud y el valor se hicieron el símbolo del estilo chkaloviano en la aviación.

 

Los maravillosos vuelos de Chkálov y sus camaradas fue­ron un triunfo de nuestra Patria. Yo tuve la suerte de cono­cer personalmente a Chkálov y ser testigo de su cotidiana y penosa labor de piloto probador, labor que requería a menudo no menos serenidad, exactitud y valor que el vuelo a través del Polo Norte.

 

Conocí a Valeri Chkálov por primera vez en 1931, en la fábrica de aviación a la que fui destinado al terminar los estudios en la Academia Militar. Por entonces no disfru­taba aún de la gloria que conquistó posteriormente. Al conocerlo, no supe sino que era una persona de magnifico cora­zón y un piloto de valentía rayaba en la temeridad: de su intrepidez corrianse ya entonces leyendas de todo género.

 

Decían, por ejemplo, que Valeri Chkálov había pasado volando por debajo del puente de Nicolás sobre el Neva, en Leningrado.

 

Se decía también que una vez, probando un aparato de nuevo tipo, no se abrió una pata del tren de aterrizaje al ir a tomar tierra. Chkálov ejecutó encima del aeródromo multitud de toneles y obligó al avión a que hiciese una serie de figuras acrobáticas vertiginosas hasta que logró "sacar" la pata que se había enganchado y aterrizó sin nove­dad.

 

En la fábrica, Chkálov tenía la reputación de persona que poseía todas las cualidades necesarias para la compli­cada misión de probar aviones de nuevos tipos. Siempre ardía en deseos de llegar a conocer, como él se expresaba, "el alma del nuevo aparato" de la manera más completa, rápida y profunda.

 

Chkálov era robusto, bajo y grueso; ancho de espaldas, parecía un oso; algo tosco, franco en la conversación, con espesa y sonora voz de bajo, pronunciaba mucho la o, como los moradores de las orillas del Volga. Con el siempre se estaba entretenido y divertido. Podía contar con amenidad infinitos episodios de su vida en la aviación y las numero­sas aventuras que había corrido.

 

Fue Yulián Piontkovski, probador de aviones, quien me presentó a Chkálov. En contraste con este, locuaz e inquie­to, bromista y alegre, Piontkovski era pausado y parco en palabras, pese a que le agradaban las bromas de buen gusto. Aunque se diferenciaban bastante, estos dos aviadores tenían mucho de común, sobre todo en lo que se refería a su maravillosa profesión, noble y arriesgada a un tiempo.

 

Comíamos a veces en el restaurante del estadio Dinamo. y pasábamos ratos contando chascarrillos. Ambos aviadores referían gustosos acontecimientos de su vida: Chkálov, de la escuela de aviación y de su servicio en el ejercito; Piontkovski, de acciones heroicas durante la guerra civil, de los vuelos en los "ataúdes" de trofeo.

 

En cierta ocasión, Piontkovski partió para cumplir una misión de combate con un observador en un viejo Sopwith de dos plazas. Al cabo de cierto tiempo, el jefe del destaca­mento recibió un telegrama del piloto, en el que decía: "He­mos terminado el vuelo y aterrizado de firme, envié una pla­taforma".

 

El telegrama se descifraba así: El motor ha fallado, el piloto se ha visto forzado tomar tierra en un pantano, el aparato se ha roto.

 

- Aquello no era volar, sino una calamidad -decia Piontkovski-, pero no perdíamos los ánimos...

 

Chkálov recordó otro caso aún más embrollado. Bro­meamos, nos reímos con toda el alma, y Chkálov más que todos. Entre tanto, hora u hora y media después, a los probadores les esperaban arriesgadísimos vuelos en aviones de nuevos tipos. Más no se les notaba la menor inquietud. Ni en el tono de la conversación, ni en los movimientos, ni en las miradas. Al observarlos me quedaba asombrado sin poder dar con la clave de la despreocupación que a mí me parecía que los dominaba. Comprendí con el tiempo que no podía ser de otra manera. Si el piloto perdía el equilibrio espiritual y dejaba de tener seguridad en sí mismo, en sus fuerzas, no podría dominar de nuevo el indómito aparato y tendría que abandonar el servicio de piloto probador.

 

En 1940 Yulián Piontkovski cumplió 42 años, pero no se rendía y volaba magistralmente. Claro, le era difícil com­petir con los jóvenes y sobre todo ejecutar complicadas figuras acrobáticas de alta escuela que exigen del piloto no sólo pericia y audacia, sino también la resistencia física del organismo joven.

 

A Piontkovski las acrobacias de alta escuela no le salían tan perfectas como por ejemplo a Suprún o a Fedrovi, pilo­tos profesionales de caza, probadores jóvenes y capaces.

 

A Piontkovski le reconcomía sobre todo el tonel lento, figura en que el piloto obliga al avión a girar despacio en vuelo horizontal alrededor de su eje. No le salía este mal­dito tonel y Piontkovski se sentía muy mortificado en su amor propio.

 

El 27 de abril de 1940 se presentó por el día en su Ford en el Aeródromo Central y dio orden de preparar para el vuelo uno de los primeros aviones experimentales Yak-1.

 

La víspera había volado en el Yak y se había entrenado especialmente en la ejecución de las figuras que no se le daban.

 

- Bueno, ahora el tonel ya sale -dijo Piontkovski mientras ponía el paracaídas a su viejo amigo Alexei De­meshkevich, mecánico que había preparado el aparato para el vuelo-. Ayer trabaje con el de lo lindo, le hice sudar. Ahora saldrá el tonel -acarició el costado del fuselaje y guiñó un ojo al mecánico.

 

Piontkovski puso en marcha y calentó el motor, com­probó los gases y rodó hacia la línea de salida. Como siem­pre, el despegue fue irreprochable, de un tirón con viraje y el avión desapareció de la vista. A los pocos minutos reapareció sobre el parque Petrovski volando a quinientos o seiscientos metros de altura sobre la carretera de Lenin­grado.

 

A la vista de los mecánicos que lo habían despedido para el vuelo Yulián Piontkovski hizo un tonel, luego otro y al tercero, volando el avión cabeza abajo perdió veloci­dad y entró en barrena.

 

En el aeródromo todos quedaron petrificados de espan­to. ¿Lograría sacarlo?

 

Piontkovski no consiguió sacar su Yak de la barrena, no había bastante altura. Ya salía cuando picó de morro y se estrelló contra el suelo. En un instante Piontkovski dejo de existir.

 

En aquel momento yo me encontraba en el Comisariado del Pueblo y me entere por teléfono de la muerte de mi amigo. No podía creer lo sucedido y salí corriendo para allá. El lugar de la catástrofe estaba acordonado. Se esperaba a la comisión de accidentes. Vi un montón de pedazos y la cola del avión que sobresalía intacta. Piontkovski había sido llevado ya al depósito de cadáveres. Acudimos a enterrarle toda la colectividad y se le rindieron honores militares en el cementerio de NovoDevichie.

 

Malevolentes y envidiosos empezaron a propagar el ru­Mor de que el Yak-1 era un aparato peligroso que no salía de la barrena y en general no se podía hacer con él las acrobacias de alta escuela. Se planteó si era conveniente la pro­ducción en serie del Yak.

 

En aquellos días yo iba de un lado para otro como alma en pena, había perdido a un amigo, y perdía mi aparato en el que tantas energías depositaran la colectividad y en el que yo tenía tanta fe.

 

Mis amargas reflexiones las interrumpió Pável Fedrovi, nuestro segundo piloto probador. Vino a verme y dijo:

 

- El Yak-1 es el mejor caza que yo he volado. Estoy seguro de que será el caza predilecto de los pilotos del ejército. Lo que le ha sucedido a Yulián nos puede pasar a cualquiera de nosotros si nos ponemos a hacer acrobacias a tan poca altura sin habernos entrenado como se debe...

 

Fedrovi estuvo largo rato persuadiéndome:

 

- Permítame que ejecute en el Yak todo el conjunto (le acrobacias de alta escuela incluyendo la barrena y cinco seis rizos y todos se convencerán de que es el aparato más dócil y seguro.

 

- Piontkovski también tenía fe en el, estaba tan enamorado del aparato como yo y ya ve lo que ha ocurrido...

 

- ¿Por qué duda usted? -insistió Fedrovi-. No hay ningún riesgo...

 

Acabó por convencerme: había que restablecer la con­fianza en el avión.

 

- Muy bien. Empezare mañana por la mañana tem­prano.

 

- Ponga su visto bueno -Fedrovi dejó ante mí sobre la mesa el programa de vuelos preparado de antemano.

 

Rubrique el programa y se fue.

 

Le mire alejarse lleno de gratitud y ternura, pero la zo­zobra no me abandonaba: ¿y si de pronto también este?...

 

Mire por la ventana del despacho. Fedrovi iba por el patio de la fábrica hacia la salida, bromeaba con una chica de la oficina de proyectos y reía alegremente.

 

Hizo todo lo prometido. Demostró que el Yak-1 era un aparato sencillo y dócil al piloto. Efectuó con él infinidad de toneles, rizos y maniobras. Entró en barrena a diestro y siniestro. Realizó las acrobacias aéreas más vertiginosas y audaces a la vista de los representantes de las Fuerzas Aéreas congregados en el aeródromo.

 

Fedrovi restableció por completo y oportunamente la reputación del Yak-1, pues la guerra no estaba lejos.

 

Durante los cuatro años heroicos de la Guerra Patria Pável Fedrovi probó todos los cazas construidos en nuestra fábrica.

 

Me encontré con él en los albores de mi vida aviadora. En el certamen de vuelos sin motor de Koktebel, en 1925, me presentaron a un joven delgado de cabellos negros, con uniforme de piloto militar.

 

- Aquí le presento a Pável Fedrovi, al piloto que va a probar su planeador.

 

Los pocos años del piloto que habían designado para mi planeador me dio que pensar.

 

En comparación con los maestros de vuelo de aquellos tiempos, como Artseúlov, Yungmeister, Kudrin y otros, Fe­drovi infundía poco respeto. Además, los otros pilotos lo trataban con aire protector, como si fuera un chaval, y no lo llamaban por el nombre y el patronímico, sino por el diminutivo simplemente: Pablito. Lo llamaban incluso Pa­blito el Gitano por lo moreno que era. Mas yo no podía hacer nada una vez designado. Yo, como constructor, tenía que presentarle el planeador y ponerme de acuerdo con el respecto a los vuelos.

 

Al fin terminamos las conversaciones y los preparativos necesarios. Y aun con todo, mortificado por las dudas con respecto a la calificación de Pablito, antes de emprender el vuelo, le pregunte en que aviones había volado. Me respon­dió bravamente, sin vacilar:

 

- ¿Cómo entender eso de en que aviones? Pues en todos. Salvo los extranjeros, naturalmente -agregó.

 

Más cuenta me hubiera traído no hacerle esa pregunta. Su respuesta me inquietó sobremanera. Pues en aquellos tiempos, en 1925, aún no teníamos aparatos de construcción nacional y nuestros pilotos volaban, por lo común, en anti­guallas extranjeras de trofeo.

 

Pero yo no podía hacer nada. El planeador estaba en la pista de lanzamiento. El equipo tensaba las gomas, y Fedrovi se sujetaba a la cabina con las correas.

 

- Listo, ¡venga! -gritó Pablito.

 

Las gomas se estiraron más y más, el ayudante del jefe de la pista agitó la banderita, el planeador despegó suave­mente, voló un rato y, de súbito, empezó a hacer guiñadas con la cola, se inclinó, chocó en tierra con la parte derecha del tren de aterrizaje, arrastró el ala, dio media vuelta y se desplomó sobre el fuselaje, quedando con el tren de aterrizaje roto.

 

- ¡Ya me lo figuraba! -grite desesperado al correr hacia el planeador que estaba tendido en el suelo, dispuesto a zumbar al desventurado piloto probador.

 

- ¡Que piloto es usted! ¡camarada, usted es un mamarracho y no un piloto! -exclame, sin poder contenerme, casi llorando.

 

- Todo puede pasar - dijo Pablito - No se ponga usted así, hombre, arregle el tren de aterrizaje y volveremos a probar.

 

Arreglamos en seguida el tren de aterrizaje, después de lo cual, varios pilotos efectuaron numerosos vuelos sin con­tratiempo alguno, pero Pablito, como se puede suponer, ya no voló en el.

 

Si entonces me hubieran dicho que al cabo de quince años un buen día, poco antes de la guerra, designarían a nuestra oficina de proyección a un nuevo piloto jefe, y que este seria... Pablito Fedrovi, no lo hubiera creído.

 

No obstante, ocurrió así precisamente. Mas ya no era el jovenzuelo de antaño. Era un piloto probador profesional con inmensa experiencia de vuelo y muchos meritos, va­liente y buen conocedor de su oficio. Era una persona con la alta graduación de coronel, a quien todos respetaban pro­fundamente y en cuyo pecho resplandecían condecoraciones. Ya no lo llamaban "Pablito", sino por el nombre acom­pañado del respetuoso patronímico, "Pável Yákovlevich".

 

Más, pese a ello, Pável seguía siendo el mismo que en su juventud: un mozo alegre, nada afectado y muy comunicativo. Su don de gentes y de granjearse la amistad pasmaba a veces.

 

Hubo muchos casos en que, arriesgando la vida, efectuó vuelos que tuvieron gran importancia y permitieron poner a punto mejor y con mayor rapidez tipos nuevos de cazas.

 

Durante la guerra se fabricaron unos treinta mil cazas Yak-1, Yak-3, Yak-,7, Yak-9, cuyos ejemplares de prueba pasaron por las manos del general Fedrovi. Y a todos les dio el visto bueno.

 

Después de la guerra durante muchos años probó los Yak Serguei Anojin, paracaidista, piloto de vuelo sin motor, piloto deportista y recordista. Estoy acostumbrado a él y a pesar de eso no dejare nunca de asombrarme de su extra­ordinario arte, de su pasmosa maestría de vuelo.

 

Serguei Anojin, que es alto, delgado, e incluso da la impresión de ser una persona débil, lleva un monóculo negro, cubriéndole la órbita de un ojo perdido. Este piloto modesto y tímido asumió personalmente la misión de aumentar la presión en vuelo sobre las alas del avión hasta destruirlas con el fin de probar la resistencia mecánica de un aparato de nuevo tipo y comprobar las presiones que actuaban en su estructura al hacer acrobacia de alta escue­la, a fin de comparar estas presiones efectivas con las teó­ricas, calculadas matemáticamente.

 

Realizó esa hazaña a conciencia y de buen grado, te­niendo completa noción del peligro mortal que correría. Y aún así, emprendió el vuelo y destruyó el avión en el aire, con lo que proporcionó valiosísimos datos a la ciencia para el cálculo de la resistencia mecánica de los aviones en proyecto.

 

Anojin abandonó el avión destrozado en el aire, a gran altura, y descendió en paracaídas; pero este vuelo le costó un ojo.

 

En una oficina de proyectos se diseñó un avión-proyec­til sin piloto, o sea, un aparato que volaba dirigido por radio. Más, con objeto de acelerar las pruebas de este proyec­til, era conveniente que efectuase los primeros vuelos un piloto para terminar de poner a punto la dirección y la estabilidad del mismo. Y Anojin se ofreció para realizar esos vuelos en el avión-proyectil y pilotarlo por medio de unos medios que imitaban los de la radio. Efectuó las pruebas de manera brillantísima, merced a lo cual nuestro país obtuvo rápidamente otra poderosa arma.

 

No recuerdo caso alguna en que Anojin eludiese rea­lizar cualquier tarea, ni siquiera la más compleja o arriesgada.

 

Acepta la proposición que sea de esa índole, diciendo:

 

- Bueno, lo intentaremos -y, tras breve silencio, como si quisiera reflexionar, agrega-: Si, lo intentare. Creo que todo saldrá bien.

 

Luego de volar a enorme altura, de alcanzar velocidades fabulosas y ejecutar las maniobras necesarias, da parte sereno e impertérrito, con voz sosegada, como si hubiera hecho la cosa más corriente y habitual:

 

- No ha habido novedad -y apunta en su hoja de vue­los las impresiones acerca del aparato y de su comporta­miento.

 

Cierta vez ocurrió lo siguiente.  Anojin se elevó en un avión de nuevo tipo y comunicó por radio:

 

- Sin novedad; altura, diez mil...

- Sin novedad; altura, quince mil...

- Diecisiete mil metros, paso al vuelo horizontal...

- Fuerzo el motor, la velocidad crece de prisa...

- Aumenta la presión sobre la palanca...

- Cuesta trabajo mantener la horizontal...

 

Y nada más; se interrumpió la comunicación, ¿cuál habría sido la causa? ¿por qué "costaría trabajo" mantener la horizontal? Se desconocían las causas.

 

El estado de tensión que nos dominaba llegó al límite. ¿Qué le habría ocurrido al aparato o al piloto? La emoción se transmitió a todos los presentes. ¿Por qué no hablaría? Esta pregunta nos estuvo martirizando a todos hasta que en el puesto de mando irrumpió a toda prisa un empleado con el semblante alterado y dichoso:

 

- ¡Entra a tomar tierra!

 

Mientras nos acercamos a la línea de estacionamiento, el aparato rodaba ya hacia allí. Lanzamos una mirada al avión y al inmutable piloto que iba en la cabina... ¡que peso tan grande se nos quitó del alma!

 

Anojin bajó del aparato y explicó sin explayarse:

 

- Nada más decir: "Cuesta trabajo mantener la hori­zontal", falló la comunicación por radio... en el momento más interesante... Todo lo demás estaba en orden.

 

El piloto probador es el mejor ayudante del constructor al crear un nuevo avión. El constructor necesita conocer las particularidades más sutiles del comportamiento del apa­rato en vuelo. Por eso es muy importante la compenetra­ción entre el constructor y el piloto probador, necesitan tener un lenguaje común y entenderse con media palabra. Chkálov poseía la asombrosa cualidad de conocer el carác­ter del aparato.

 

Si el piloto probador manifiesta sangre fría no puede decirse lo mismo del constructor.

 

El nuevo aparato ha remontado el vuelo, lo conduce un intrépido piloto maestro de su oficio como Chkálov o Piont­kovski. Al parecer no existen motivos para preocuparse.

 

Proyectaron el aparato expertos ingenieros. Todo el avión ha sido calculado y comprobado hasta en sus menores detalles. Los modelos del aparato han sufrido reiteradas pruebas en los tubos aerodinámicos donde se ha verificado su estabilidad y su resistencia dinámica. Las partes importan­tes han sido examinadas con rayos X. Todo ha sido pal­pado, revisado y probado por verificadores especiales poco antes del vuelo. Parece que se ha hecho todo lo posible y no se puede hacer más para la seguridad del vuelo y para garantizar el éxito de las pruebas. La verdad es que el cons­tructor conoce todo esto mejor que nadie y sin embargo... es difícil comparar con algo la emoción que experimenta el constructor durante los contados minutos del primer vue­lo de prueba de un nuevo aparato.

 

Hasta un minuto de retraso al volver el piloto del vuelo corriente de prueba influye dolorosamente. El constructor no puede contener su emoción, hace todo género de supo­siciones. ¡Les habrá ocurrido algo al piloto y al aparato?,  cuando el avión retorna al aeródromo con el piloto tan entrañable y querido para el constructor, este siente como le quitasen una montana de encima.

 

Todo constructor conoce esta sensación de alarma. Ob­serve esta inquietud en Polikárpov cuando esperaba el re­greso de Chkálov que probaba sus aviones. La misma pre­ocupación me embargaba a mí por Piontkovski. No dudo de que en más de una ocasión se haya preocupado Iliushin por Kokkinaki y Túpolev por Grómov cuando los pilotos probadores elevaron al aire sus aparatos la primera vez.

 

Y cada vez, en el duelo que se libra por encima de las nubes con el complicadísimo y caprichoso aparato, acaba por salir vencedor un hombre modesto y abnegado, un héroe en la plena acepción de la palabra: el piloto probador, fiel amigo y ayudante del constructor.

 

Gracias a http://militera.lib.ru

El texto original en ruso se encuentra aqui

 

HR_LeNoir / HR_Ootoito / HR_Grainovich

 
 

 

 

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