|
En los doce años que trate
a Stalin acumule bastantes recuerdos.
El aspecto de Stalin:
talla un poco más baja que la mediana, complexión muy
proporcionada, manteniase erguido, no se encorvaba. Jamás le vi
sonrosado, su tez era de un gris terroso. Picado de viruelas. El
pelo liso, peinado hacia atrás, negro, con muchas canas. Ojos entre
grises y pardos. A veces, cuando quería, atractivos, aunque no
sonriera, pero cuando sonreía de un encanto fascinador. A veces,
iracundos, eran terriblemente penetrantes. Cuando se irritaba entre
las viruelas de la cara aparecían manchitas rojas.
Stalin hablaba
correctamente el ruso, aunque con marcado acento caucasiano. La voz
era un poco sorda y gutural. La gesticulación, los movimientos y el
andar mesurados, expresivos, pero no impetuosos.
En todo lo que le atañía
personalmente a él Stalin era de una sencillez excepcional. Solía
llevar una guerrera gris medio militar de lana. Los pantalones, de
la misma tela, eran de paisano, metidos los bajos en botas de
cabritilla muy suaves de suela fina y casi sin tacones. A veces
llevaba los mismos pantalones por encima de las botas. Durante la
guerra se ponía con frecuencia el uniforme de mariscal.
La última vez que vi a
Stalin fue en octubre de 1952, en el XIX Congreso del PCUS. Me
pareció que tenía el pelo completamente canoso y ralo. Había
envejecido mucho.
Por lo común durante las
reuniones y entrevistas Stalin se paseaba despacio a lo largo del
despacho. Iba de un extremo a otro escuchando lo que decían y luego
se sentaba en un gran sofá tapizado de cuero negro, incómodo y frio,
que estaba en el vano entre las ventanas. Se sentaba en el borde
mismo del diván, fumaba un rato y se echaba otra vez a andar.
Escuchaba, dejaba hablar y raramente interrumpía a su interlocutor.
En las reuniones de un
número reducido de personas con Stalin no había taquígrafas ni
secretarios ni se levantaba ningún acta. En las que se celebraban en
el Comité Central con gran número de participantes frecuentemente
solían enviar esquelas a Stalin. El siempre leía la esquela, la
doblaba cuidadosamente y se la metía en el bolsillo.
Stalin no toleraba la
superficialidad y era implacable con quienes intervenían en la
discusión sin conocimiento de causa. Quitaba las ganas de una vez y
para siempre de hablar a la ligera en su presencia.
La exigencia en el trabajo
era un rasgo característico de su estilo.
Se encarga una misión a un
alto funcionario. Este dice:
- Camarada Stalin, el
plazo es corto y la cosa difícil.
- Aquí hablamos solamente
de cosas difíciles. Por eso le hemos invitado aquí, porque es un
asunto difícil. Diga mejor que ayuda necesita, pero habrá que
hacerlo todo como es preciso y en el plazo.
Si alguien trataba de
fundamentar la negativa a aceptar la misión con extensas
explicaciones, le interrumpía:
- No explique. ¿sí o no?
¿No? Bien, ¡que se le va a hacer! Se lo encargaremos a otro.
A Stalin le gustaba que
dieran a sus preguntas una contestación breve, franca y exacta, sin
rodeos. Por regla general quien le trataba por primera vez tardaba
en decidirse a responder a la pregunta que le hacía, se esforzaba
por pensarlo bien para no meter la pata. Yo también en los primeros
tiempos antes de responder vacilaba, miraba por la ventana y al
techo, pero Stalin decía riendo:
- Pierde el tiempo mirando
al techo, allí no hay nada escrito. Mejor será que mire de frente y
diga lo que piensa. Eso es lo único que se exige de usted.
Cierta vez encontré
dificultad para responder a una pregunta que me había hecho, no
sabía cómo sería interpretada mi contestación ni si le gustaría lo
que iba a decir. Stalin frunció el ceño:
- Por favor, le ruego que
diga lo que piensa. No sea pelotillero. No es necesario cuando hable
conmigo. Poco provecho sacaremos de nuestra conversación si usted
trata de adivinar mis deseos. No crea que será malo si dice algo que
no concuerda con mi opinión. Usted es un especialista. Hablamos con
usted para aprender algo y no sólo para enseñarle.
Y me contó a renglón
seguido el caso de un funcionario dirigente que había sido relevado
de sus funciones:
- ¿Que tiene de malo? Que
antes de responder a cualquier pregunta trata de adivinar por los
ojos lo que debe decir para no tirarse una plancha, para gustar,
para complacer. Un hombre así, aun sin quererlo, puede hacer gran
daño a la causa. Es un hombre peligroso.
Un día Stalin dijo:
- Si usted está firmemente
convencido de que tiene razón y logra demostrarlo no repare nunca en
las opiniones de nadie y obre como le dicten su inteligencia y su
conciencia.
A veces Stalin recibía
papeles oficiales cuyos autores estimaban no sólo oportuno, sino
también permisible añadir al final de la carta todo género de
confusiones y aseveraciones de fidelidad. Observe que al leer
semejante carta en voz alta cuando llegaba al final Stalin se lo
saltaba o decía:
- Bueno, y aquí como
corresponde: "¡Hurra! ¡Hurra! ¡Viva el PCUS de la URSS y su jefe, el
gran Stalin!"
Y con un guiño malicioso,
añadía:
- Cree que así me seduce y
se gana mi apoyo.
A mí siempre me sorprendía
en Stalin lo expeditivo que era. Si tomaba una decisión, decía o
encargaba alguna cosa, debía hacerse en el plazo exacto, sin
dilaciones. Y eso lo sabían todos los que le rodeaban.
Para alcanzar el objetivo
propuesto Stalin no se detenía ante las medidas más drásticas. Para
confirmarlo citare dos ejemplos de la historia de nuestra aviación
que datan de periodos críticos de su desarrollo: los años 1939 y
1946.
En 1939, después del final
de la tragedia española, cuando resultó que nuestra aviación por
sus cualidades combativas no se podía comparar con la alemana, el
Comité Central y el Gobierno llevaron a cabo una reorganización
completa de la industria y la ciencia aeronáuticas. Stalin
estableció entonces plazos fantásticamente cortos para crear nuevos
aviones de combate al nivel más moderno. Y, por voluntad del
Partido, la fantasía se hizo realidad.
Cuando a fines de 1945 y
comienzos de 1946 se discutió el derrotero a seguir por nuestra
aviación después de la guerra y se planteó la cuestión de marchar
por el camino de copiar el caza reactor de trofeo Messerschmitt o
crear nuestros propios modelos originales, Stalin apoyó
firmemente el rumbo a desarrollar la aviación a chorro con nuestras
propias fuerzas.
- Copiar -dijo- significa
retrasarse, ir a la zaga. A veces es útil copiar para acumular
experiencia, pero un problema de principio hay que resolverlo con
las propias fuerzas. Sólo la gente miope y de cortos alcances no
puede comprenderlos.
Stalin daba la impresión
de que nunca se precipitaba, todo lo hacía sin apresurarse. Al
propio tiempo en los asuntos que se discutían con él las decisiones
se tomaban inmediatamente, como suele decirse, en el acto, pero
únicamente después de una discusión exhaustiva y, sin falta, con
participación de especialistas cuya opinión siempre era escuchada
atentamente y a menudo solía ser decisiva aunque al principio
divergiera del punto de vista del mismo Stalin. Se podía, discutir
con él. En algunos casos, si el asunto era muy complicado y requería
una preparación complementaria, se daba no más de dos o tres días
para estudiarlo.
En todo, lo mismo en las
cosas grandes que en las pequeñas, se exigía rapidez y exactitud en
la ejecución.
Recuerdo dos casos.
Una vez me llamaron y me
dieron una tarea importante. Stalin dijo:
- Es urgente, hay que
hacerlo rápidamente y hemos decidido encargárselo a usted.
¿En qué podemos ayudarle?
Dije:
- No necesito nada. Tengo
todo lo que hace falta para hacerlo.
- Bueno, si necesita algo
no tenga reparo, llame por teléfono, pida ayuda.
Entonces recordé:
- Camarada Stalin, tengo
una petición, pero es una insignificancia, no sé si vale la pena
molestarle.
- ¿A ver?
- Para cumplir la tarea
habrá que viajar mucho por los aeródromos y en nuestra fábrica
andamos mal de transporte automóvil. Necesito dos autos M-1
- ¿Dos autos? ¿Y nada más?
- Si, nada más.
Cuando volví del Kremlin a
la fábrica salió a mi encuentro un suplente:
- Acaban de telefonear del
Comisariado de la Industria del Automóvil y del Tractor pidiendo que
mandemos a alguien con una autorización para hacerse cargo de dos
autos M-1.
Y me dio a firmar la
autorización. Aquel mismo día entraron en el garaje de la fábrica
dos autos nuevecitos M-1.
Por la noche telefonearon
del Comité Central interesándose si habíamos recibido los
automóviles. Comprobaban el cumplimiento.
En otra ocasión ocurrió lo
siguiente. Stalin me telefoneó a casa a altas horas de la noche.
Quería conocer ciertos detalles del armamento de un nuevo avión y me
hizo una pregunta a la que me negué a contestar.
- Camarada Stalin, no
puedo hablar de esto con usted.
- ¿Por qué?
- Está prohibido hablar de
tales asuntos por el teléfono urbano.
- ¡Ah, es verdad, se me
había olvidado! ¿No tiene en su domicilio teléfono directo?
- Claro que no.
Stalin se echó a reír:
- ¿No le corresponde por
la plantilla? Bien, buenas noches.
Al otro día, cuando volví
por la noche a casa después del trabajo, descubrí en mi mesa de
escritorio al lado del teléfono urbano otro aparato. Y
posteriormente Stalin me llamaba por este teléfono.
Observe en distintas
ocasiones que Stalin no toleraba la incultura. Se indignaba al leer
un documento mal redactado. A veces había que "examinarse" de
instrucción sobre la marcha.
Con frecuencia, cuando se
discutían asuntos en pequeña reunión, Stalin proponia que hablasen
todos los que quisieran, a algunos el mismo les pedía opinión y
después resumía. Luego acercaba una hoja de papel a cualquiera y
decía:
- Escriba.
Y el mismo dictaba.
Tuve ocasión de escribir
más de una vez a su dictado decisiones sobre asuntos de aviación.
Dictaba, de vez en cuando se acercaba y miraba por encima del hombro
cómo escribía. Una vez se detuvo, miró lo escrito y puso una coma
con mi propia mano y el lápiz.
Otro día construí una
frase no muy afortunadamente. El dijo:
- Usted no emplea bien el
sujeto. Miré cómo hay que poner.
Y corrigió. Después de
este caso repase con mucha atención el manual de gramática de la
lengua rusa.
- Si un hombre no puede
exponer correctamente, de un modo culto, sus pensamientos -dijo
cierta vez Stalin- quiere decir que piensa también caóticamente,
sin sistema. ¿Y cómo va a poner orden en el asunto que se le
confíe?
Un día, tras haber leído
un documento escrito por un militar, Stalin dijo:
- ¡Es un analfabeto!
Pruebe a reprochárselo y empezará a explicar su falta de
instrucción por el origen obrero y campesino. Eso es incultura y
desidia. Sobre todo tratándose de la defensa es intolerable explicar
por el origen obrero y campesino los defectos de la propia
instrucción, la falta de preparación técnica y el desconocimiento de
las cosas. Los enemigos no nos hacen rebajas por nuestro origen
social. Precisamente porque somos obreros y campesinos debemos estar
preparados sólidamente, a fondo y en todos los terrenos no peor que
el enemigo.
De algunos jefes del
ejército que intentaban justificar sus insuficientes conocimientos,
sobre todo de la complicada técnica militar, alegando su bravura
personal y su desprecio al peligro, Stalin decía:
- Muchos de los nuestros
presumen de su audacia. La audacia sola sin un buen dominio de la
técnica de combate no dará nada. No basta con la audacia y con el
odio al enemigo. Como se sabe, los indios americanos eran muy
valientes, pero con sus lanzas y flechas no pudieron hacer nada
contra los blancos armados de fusiles.
Oí más de una vez al
comienzo de la guerra que Stalin echaba en cara a algunos militares
su falta de iniciativa, de nuevas ideas y les amonestaba:
- ¡Que se les va a pedir!
En todo el mundo los militares son así: se agarran a la rutina, a
lo "comprobado", tienen miedo a lo nuevo.
En cierta ocasión dijo:
- ¿Sabéis quien se oponía
a introducir en el ejercito las armas automáticas y se aferraba
tozudamente al fusil modelo 1891? Nada menos que los dirigentes de
nuestro departamento de guerra. No lo creéis, os sonreís, pero es
un hecho y yo tuve que pelear tenazmente antes de la guerra con el
mariscal Kulik por esta cuestión. Lo mismo ocurre en la aviación,
temen lo nuevo. Recuerden lo que ocurrió con el avión de asalto de
Iliushin.
Durante la guerra observe
en Stalin la siguiente peculiaridad: si las cosas marchaban bien en
el frente tenia mal gesto, era exigente y severo: cuando había
contratiempos bromeaba, se reía, se tornaba complaciente. En los
primeros meses de la guerra nos encontrábamos bajo la impresión de
los reveses, nuestras tropas retrocedían y todos sufríamos mucho.
Stalin nunca exteriorizaba que el también sufría. Jamás le vi
desconcertado, al contrario parecía animoso y era tolerante con los
demás. Comprendía por lo visto que en tales momentos hay que
sostener y dar ánimos a la gente.
Hubo un tiempo, antes de
la guerra, en que nos gustaba hablar y escribir del "invencible
Ejército Rojo". Stalin indicó:
- No está bien llamar
invencible a cualquier ejército. La historia no conoce ejércitos
invencibles. Un ejército puede ser victorioso.
Durante la guerra Stalin
no podía oír hablar tranquilamente de los casos de indiferencia de
los jefes para con las necesidades de los combatientes. En cierta
ocasión, tras escuchar los informes de varios altos jefes llegados
del frente y enterarse del mal abastecimiento de comida y equipos
para los soldados, Stalin montó en cólera y exclamó indignado:
- ¡Vergüenza debía daros!
¿Vosotros sois comunistas? Mirad - y señaló con un movimiento de
cabeza los retratos de Suvórov y Kutúzov en marcos dorados que
pendían en su despacho -, los nobles, los terratenientes Kutúzov y
Suvórov se preocupaban más de sus soldados, conocían más a su
soldado, lo querían más que vosotros que sois jefes soviéticos,
comunistas.
Y aquellos a quienes iba
dirigido su reproche y nosotros que asistíamos a la conversación,
comprendimos la razón de sus palabras.
Ya en tiempos de la guerra
con los finlandeses blancos tuve ocasión de escuchar una
conversación sobre el suministro de víveres a las tropas. Aquel
invierno las heladas eran extraordinariamente crudas. Stalin decía
colérico:
- Mandan al frente pan
blanco, embutido y caviar ¿quién necesita eso? Todo se ha helado, se
ha puesto duro como la piedra. Y han olvidado el simple pan seco
ruso conocido desde la época de Pedro I como alimento cómodo y
nutritivo para el soldado en cualquier campaña, lo mismo si hace
frio que si hace calor.
He dicho ya que el habla
de Stalin era muy correcto y culto, utilizaba a menudo imágenes
literarias. Durante una conversación se habló de funcionarios que no
se habían portado muy bien y observó de pasada.
- ¡Ahí tienen a Miltiades
y Femistocles de Zamoskvo:
Yo no le entendí y
pregunte:
- ¿Por qué de
Zamoskvorechie?
- ¿Usted sabe quiénes
fueron Miltiades y Femistocles?
- Unos caudillos de la
Antigua Grecia.
- ¿Y por qué se
distinguieron?
- Por ciertas batallas,
pero por qué exactamente no lo sé.
Cierta vez hablando de un
fanfarrón que ocupaba un alto cargo Stalin lo comparó con un
personaje de Chejov que presumía de que "en Grecia hay de todo".
- ¿Lo recuerda?
- No, no lo recuerdo,
camarada Stalin.
- ¿No ha leído a Chejov?
- Claro que lo he leído,
pero no me acuerdo de eso.
- Hay cosas que se graban
en la memoria.
Se proyectaba la prueba de
un nuevo avión. Había que efectuarla con mucha urgencia. Hubo
modernos salomones entre los dirigentes de la industria aeronáutica
que propusieron llevar el aparato para probarlo lejos de la fábrica
porque allí se encontraban los pilotos probadores.
Stalin dijo:
- ¿Y para que llevar el
aparato? Es más fácil que vengan aquí los pilotos. ¿Quien trabaja
así? ¿Por qué no piensan con la cabeza? Tomen ejemplo de los
tontainas de Schedrin. ¿Saben cómo llevaron al baño a un ternero y
cómo querían hacer papillas en el Volga?
Una noche, que se había
prolongado la conversación más de la cuenta, Stalin invitó a todos
los presentes a cenar en su casa.
- Basta por hoy -dijo-. No
se los demás, pero yo estoy hambriento. No invito a nadie
especialmente para que no se tome como una obligación y una carga,
pero quien quiera cenar, que venga.
¡Quién iba a negarse!
Fuimos todos con él a su
domicilio del Kremlin, contiguo al despacho de trabajo. Las
ventanas daban al patio frente al arsenal. El mobiliario era
modesto y sobrio. Abundancia de libros. En el comedor, a la
izquierda, ocupaba la pared un viejo y voluminoso aparador de madera
oscura con copas y cuernos para el vino, a la usanza caucasiana. En
el centro una mesa cubierta con mantel blanco para unas diez
personas. En la entreventana una carpa turca. A la derecha,
adosado a la pared, un armario librero.
La cena o, como dijo
Stalin, la comida, fue en la práctica continuación de la reunión
iniciada en el despacho de trabajo, pero la conversación discurrió
más libremente, alternándose con el intercambio de opiniones sobre
los temas más variados: políticos, internacionales, problemas de
técnica, literatura y arte. Interesado por cualquier cuestión,
Stalin se acercaba al armario y sacaba el libro que precisaba. Si en
la conversación se necesitaba algún dato geográfico tomaba su viejo
mapa ya gastado, lo desdoblaba sobre la mesa y decía:
- Veamos en mi mapa. Es
verdad que está bastante estropeado, pero todavía sirve.
Por tarde que Stalin
terminase su trabajo (con frecuencia a las cinco o las seis de la
mañana), después de la "cena" marchaba a pernoctar en el llamado
chalet próximo, que se encuentra casi en el casco de Moscú, en
Kúntsevo, en medio de un pequeño abetal. La casa es baja, por fuera
la ocultan los abetos y no se ve. Pasada la puerta cochera estaba el
aparcadero para los automóviles y la casita de la guardia. Hasta el
chalet se iba a pie por un sendero asfaltado. Una gran huerta. Un
invernáculo. Rosales. A Stalin le gustaba cuidarlos el mismo. A los
que iban al chalet salía a recibirlos el coronel (posteriormente
general) KuzmicLev.
El recibidor de la casa
estaba revestido de roble claro. A la izquierda se encontraba la
percha de Stalin y a la derecha otra para los visitantes. Una puerta
a la derecha daba al despacho. Enfrente, la entrada a una sala
grande con una larga mesa y una cama turca con funda de lienzo y
simples sillas de oficina. El mueblaje era muy modesto. En las
paredes varias reproducciones en color de la revista Ogonok.
En el suelo alfombras corrientes de pasillo, color rosa con
cenefas, las llamadas "alfombras del Kremlin", el ideal de todos los
abastecedores. Lámparas corrientes de oficina.
Recuerdo que antes de la
guerra, cuando Stalin estaba de buen humor y nos quedábamos solos,
le gustaba hacer preguntas como estas:
- "Bueno, ¿qué dicen en
Moscú? ¿Qué noticias hay, de que se habla?"
Y, con marcada bondad,
trataba de hacer hablar sinceramente.
Un día del verano de 1939,
al comprender que nuestra conversación de trabajo había terminado,
me puse de pie.
- ¿Permite que me retire?
- ¿Lleva usted prisa?
Siéntese, ¿quiere té?
Trajeron tres vasos de té:
para Stalin, para Mólotov, que asistía a la conversación, y para mí.
A Stalin, en un platillo aparte, le sirvieron un limón partido por
la mitad. Exprimió una mitad en su vaso.
- Bueno, ¿qué tal? ¿Que se
dice en Moscú?
En aquel tiempo a mi me
indignaba, como a otros muchos moscovitas, la destrucción del verdor
en Sadóvoe Koltsó, efectuada por decisión del Soviet de Moscú. Los
magníficos bulevares moscovitas, entre ellos el histórico bulevar
Novinski de tilos centenarios, habían sido talados sin compasión. La
compacta faja de vegetación plantada a lo largo de la arteria de
jardines de muchos kilómetros que rodea el centro de la
ciudad fue arrancada y asfaltada.
Circulaban tenaces rumores
de que se deparaba la misma suerte al bulevar de Tver. Pensé que era
la ocasión más oportuna para hablar de ello.
- Creo que una de las
cosas de las que más se habla ahora es la destrucción de los
bulevares en Sadóvoe Koltsó. Los moscovitas están muy apenados y no
pueden comprender para que se ha hecho eso. Corren infinidad de
rumores y versiones.
- ¿Cómo lo explican?
-preguntó receloso Stalin.
- Unos dicen que eso se
hace para que en caso de guerra puedan pasar más holgadamente por la
ciudad las tropas y los tanques. Otros dicen también que en caso de
guerra si atacan con gases los árboles serán colectores de gases
venenosos. Y otros dicen que simplemente a Stalin no le gusta la
vegetación y ha ordenado destruir los bulevares.
- ¡Qué tontería! ¿Y quien
dice que ha sido por orden mía?
- Lo dicen muchos.
- Bien, pero
¿concretamente?
- Mire, yo estuve hace
poco con el dirigente de un taller de arquitectura y le reproche la
insensatez de talar el arbolado. El mismo se indignó y dijo que se
había hecho por una indicación que usted dio al discutirse el plan
de modernización de Moscú. En una palabra, según "el plan
stalinista".
Stalin se picó:
- ¡No hemos dado a nadie
tales indicaciones! De lo único que se habló fue de poner en orden
las calles y retirar las plantas anémicas que en vez de embellecer
afean el aspecto de la ciudad y estorban el tráfico.
- ¿Lo ve? Bastó que usted
dijera una palabra para que alguien extremara su celo y los tilos
centenarios fueron talados.
A pesar de la clara
amargura de Stalin no pude contenerme y le pregunte:
- Bien, ¿y qué va a ser
del bulevar de Tver? ¿Lo talarán?
- No he oído nada. ¿De
dónde saca eso usted?
- Lo dice todo el mundo...
- Bueno, no creo que se
llegue a eso. ¿Qué te parece, Mólotov, no permitiremos que se ofenda
al bulevar de Tver? - sonrió Stalin.
Apuró callado su té,
acercó una hoja de papel y, lápiz en mano, se puso a explicar lo que
había sucedido.
Resulta que, al discutirse
el plan de modernización de Moscú Stalin, contó que había estado en
la calle Pervaya Meschánskaya que, según él, era un ejemplo de
desafortunado ajardinamiento. La calle Pervaya Meschánskaya (hoy
Avenida de la Paz) no era muy ancha y por sus bordes se prolongaban
pequeños parterres de vegetación raquítica. Estos parterres
estrechaban la calzada y las aceras y verdaderamente en vez de
embellecer afeaban la calle porque toda la hierba estaba pisoteada y
los arbolillos y arbustos no tenían una rama sana.
- Dije eso -continuó
Stalin- para que en adelante por urbanización de Moscú no se
entendiera semejante "ajardinamiento"', pero Jruschov y Bulganin lo
interpretaron a su manera e hicieron como dice el refrán: "Cuando el
tonto da en hilar, es poca toda la estopa del cañamar". ¡Ya lo ves,
Molotov! Hagan lo que hagan nos echan el muerto encima, nos cargan
el mochuelo - añadió riendo.
Durante la guerra el Jefe
Supremo no disponía de mucho tiempo para conversar de temas que no
guardasen relación con los asuntos que se discutían, pero no los
esquivaba.
El 3 de marzo de 1942
llegué a Moscú de la fábrica siberiana donde trabajaba como delegado
del Comité de Defensa del Estado. Aquel mismo día fui recibido por
Stalin y, hallándome bajo la impresión de las dificultades en el
ferrocarril que había observado durante los cuatro días de viaje,
conté lo visto.
El empezó a preguntarme
detalladamente por Siberia en general y por la fábrica, inquirió
cómo andaban las cosas de la alimentación en las fábricas y el
funcionamiento de las secciones de abastos de los obreros fabriles y
luego se interesó por los sectores del ferrocarril siberiano de una
sola vía y por los de doble vía.
- No hemos dedicado
atención a construir como es debido los ferrocarriles, no hemos
impulsado bien la red ferroviaria -dijo-. Había que haber
construido líneas que no sólo arrancasen radialmente de Moscú, sino
también formasen círculos concéntricos y en particular haber
construido sin falta una línea a lo largo del Volga. Es una arteria
importante. Hoy, para ir de Kazán a Sarátov, hay que pasar por
Moscú o Cheliábinsk. Y ahora, en tiempo de guerra, tenemos que
construir un ferrocarril. Pronto habrá comunicación entre Bakú y
Gorki.
Stalin contó que había
estado en Novosibirsk treinta o cuarenta años atrás, cuando se
evadió de la deportación. En aquel tiempo allí no había más que dos
o tres calles y absolutamente todas las casas eran de madera. Yo le
dije que Novosibirsk era una hermosa ciudad europea.
Stalin contó cómo se
escapó de la deportación con un frio siberiano de 40 grados bajo
cero.
- Me puse de acuerdo con
un cochero para que me llevase secretamente a Krasnoyarsk cuando el
frio fuera más intenso. Viajábamos sólo de noche. Y no le pague en
dinero, sino en vodka.
Le pregunte cuánto vodka
tuvo que dar al cochero.
- Vara y media por cada
etapa.
Me sorprendí:
- ¿Que medida es esa?
Resulta que el cochero lo
llevó con la condición de que tenían que hacer alto en cada posada
para que el viajero pagase vara y media de copitas de vodka
alineadas sobre la mesa. Viajaban por la noche y dormían por el día
para que la policía no les echase la vista encima.
Conociendo la severidad de
Stalin y su suspicacia que, a mi modo de ver, conducía
frecuentemente a la destitución injustificada de buenos dirigentes,
yo prestaba particular atención a sus manifestaciones acerca de los
cuadros, que eran para mis incomprensibles en muchos aspectos.
Le oí más de una vez
expresiones sencillamente clásicas sobre los principios bolcheviques
del trabajo con los hombres.
En nuestra práctica ocurre
con frecuencia que un hombre, al recibir un nuevo nombramiento y
tropezar con dificultades en el trabajo, se queja de la falta de
buenos trabajadores: "no hay con quien trabajar", "no hay en quien
apoyarse". Los designados para un nuevo cargo, con el fin de
"apoyarse", arrastran tras de sí la llamada "cola", es decir, a los
empleados del anterior lugar de trabajo. Oí que Stalin se oponía
resueltamente a semejante traslado de personal.
- La gente, por término
medio, es igual en todas partes – decía - Claro, estaría bien darle
a los mejores hombres, pero buenos hay pocos y a todos no se les
puede hacer buenos. Hay trabajadores medianos, son muchos, más que
los buenos, y hay también malos, malos también suele haber. Hay que
trabajar con los que se tiene. ¿De dónde se va a sacar sólo buenos?
Preste atención también a
la siguiente replica:
- Cada cual tiene defectos
y fallas en el trabajo, no hay nadie infalible. Por eso hay que
resignarse con los pequeños defectos en el trabajo de cada uno. Lo
que importa es que el balance sea positivo. ¿Usted cree que no tiene
defectos? - me tocó el hombro con la mano - También tiene. Y yo
también tengo defectos a pesar de ser "el gran jefe y maestro". Eso
lo sé por la prensa - bromeó Stalin.
Al propio tiempo fui
testigo de casos en que dio muestras de extraordinaria aspereza sin
tener en cuenta para nada el "balance positivo" del dirigente.
Stalin dijo a un gran dirigente de la economía:
- Veo que a usted le gusta
la vida tranquila. Entonces tiene que irse al cementerio. Sólo en el
cementerio se vive tranquilo. Allí los muertos no discutirán con
usted ni le exigirán nada.
Después de las detenciones
de los años 1937-1938 era difícil el problema de los cuadros. Una
noche, cenando en casa de Stalin, el mismo sacó la conversación de
que escaseaban los buenos dirigentes en todas las esferas.
- ¡Ezhov es un canalla! Ha
acabado con nuestros mejores cuadros. Es un degenerado. Le
telefoneas al Comisariado y dicen que ha ido al Comité Central.
Telefoneas al Comité Central y dicen que se ha ido al trabajo.
Mandas a su casa por él y resulta que está tumbado en la cama
borracho como una cuba. Ha sido la perdición de muchos inocentes.
Por eso lo hemos fusilado.
Después de estas palabras
se creaba la impresión de que las arbitrariedades se cometían a
espaldas de Stalin, pero, al propio tiempo, otros hechos inducían a
pensar lo contrario. Por ejemplo, ¿podía desconocer Stalin lo que
hacia Beria?
Andrei Zhdánov me contó en
cierta ocasión una anécdota acerca de la pipa favorita de Stalin:
"Stalin se queja: he perdido la pipa. Le dicen: "Tome otra, usted
tiene muchas". "Si, pero esa era mi preferida y yo daría cualquier
cosa por encontrarla".
Beria se esforzó: a los
tres días encontraron a diez ladrones y cada uno de ellos "confesó"
ser él quien había robado la pipa.
Pasó otro día y Stalin
encontró su pipa. Simplemente, se le había caído tras el sofá de su
habitación".
Y Zhdánov se reía
regocijado de esta anécdota horripilante.
El ministro Jrúnichev me
contó que había sido testigo de cómo Beria intentó, con la perfidia
que le caracterizaba, desacreditarme a los ojos de Stalin. Pero, por
suerte para mi, Stalin me creía. La insidia de Beria quedó sin
efecto y todo concluyó bien.
|