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Cuando terminó la batalla
de Kursk, el ejército hitleriano se encontró al borde de la
catástrofe.
Incluso después de la
liquidación del ejército de Paulus, algunos jefes militares
alemanes, y ante todo el propio Hitler, conservaban esperanzas de
poder enmendar la situación tomando la revancha en el arco de
Kursk. Más, después de la contundente derrota de Kursk, ya no les
quedó esperanza alguna de ganar la contienda. El desastre del
ejército alemán cerca de Kursk presagiaba su hundimiento. La
iniciativa pasó totalmente, tanto en tierra como en el aire, a manos
soviéticas.
Se cambiaron las tornas,
los hitlerianos retrocedían y nosotros los perseguíamos pisándoles
los talones, aniquilándoles si no se rendían. Trataban de conservar
sus fuerzas y replegarse organizadamente a las nuevas líneas
defensivas, como escribían los periódicos fascistas, "para
rectificar la línea del frente", y "organizar una defensa
elástica". Nuestra tarea consistía, entonces, en cercar y aniquilar
al enemigo, impidiendo que retrocediese en orden.
El mando soviético planteó
la misión de derrotar al enemigo y, luego, rematarlo en su propio
cubil. Cambió también nuestra táctica en el aire. La aviación
soviética dificultaba el repliegue organizado de las columnas del
enemigo y las destrozaba en los pasos de ríos.
El dominio de nuestros
cazas en el aire se hizo absoluto. Pasó para no volver más la época
en que los cazas y bombarderos alemanes podían volar impunemente en
grupos pequeños e incluso solos. Ahora ya no se decidían a ello.
Temiendo a nuestros cazas, los bombarderos alemanes iban ya
escoltados por un número considerable de Messerschmitt y Focke-Wulf.
Las tropas hitlerianas a veces se replegaban con tanta rapidez
que no nos daba tiempo acercar nuestro servicio de aeródromos. Este
retraso en la organización de los aeródromos para los cazas creaba
dificultades cuando el Ejército Soviético cruzaba ríos. Así ocurrió,
en particular, durante el cruce del Dnieper.
La aviación alemana
obstaculizaba por todos los medios el paso de nuestras tropas desde
la orilla izquierda, oriental, del Dnieper a la opuesta. Nosotros,
en cambio, tratábamos de atravesar el Dnieper sobre la marcha,
impidiendo que el enemigo se hiciese fuerte en su margen derecha.
Los aviones de asalto, cazas y bombarderos alemanes atacaban con
furia nuestras pasarelas. Mientras tanto, los cazas soviéticos,
limitados por su radio de acción y retenidos a gran distancia del
Dnieper, pues los aeródromos no estaban listos, no podían proteger
debidamente las tropas de tierra en los pasos del rio.
Por este motivo, los
diseñadores de cazas S. Lávochkin y yo fuimos llamados al Kremlin.
Se nos planteó la tarea de aumentar en el plazo más breve, el radio
de vuelo de los cazas Yak y La.
Informe que nuestra
oficina de diseño trabajaba en la solución de este problema y que se
podía duplicar la autonomía de vuelo del caza Yak-9.
Disponíamos ya del modelo de avión Yak-9DD que podía volar
sin escala dos mil kilómetros.
Para aumentar la distancia
y la duración del vuelo se necesita que el aparato porte una
cantidad suplementaria de combustible, lo que se conseguía por lo
común suspendiendo depósitos de gasolina complementarios mediante
cierres especiales bajo el ala y el fuselaje del avión. Parecían
furúnculos monstruosos, pero lo más importante era que ofrecían
mayor resistencia aerodinámica, disminuyendo la velocidad del caza.
Las suspensiones estaban fijadas de modo que, al entrar en combate,
el piloto pudiese arrojar estos tanques en cualquier momento.
Logramos casi duplicar la
reserva de combustible en el Yak-9, situando los tanques con
el combustible suplementario dentro del ala merced a lo cual el
aumento del radio de acción no acarreó una disminución de la
velocidad de nuestro caza.
Informé también que se me
había ocurrido la idea, resuelta ya desde el punto de vista
estructural, de pertrechar con bombas el caza Yak-9,
ubicándolas incluso dentro del fuselaje, como en los bombarderos, y
no suspendidas bajo el ala, como en todos los cazas. La suspensión
exterior de bombas reducía la velocidad y empeoraba la maniobra del
avión, limitando mucho, además, las posibilidades de variar el
calibre de las bombas y permitiéndonos suspender únicamente dos
bombas de 100 kg o dos de 50 kg. Nosotros colocamos la carga de
bombas dentro del fuselaje de modo que la velocidad no disminuyó
nada. En el compartimiento de bombas se podía meter los artefactos
más variados, desde calibre inferior (1,5 y 2,5 kg) hasta 400 kg.
Nuestras propuestas
encontraron apoyo en el Comité de Defensa de Estado y se decidió
producir a toda prisa en serie las nuevas versiones del
Yak-9.
Animado por la buena
acogida de la propuesta presentada, pedí, en esta misma reunión,
que se condecorase a los mejores obreros e ingenieros de la fábrica
que se habían destacado durante la fabricación masiva en cadena del
avión Yak-9. La fábrica no tenia todavía condecoración,
aunque daba más cazas que ninguna en el país.
Se decidió condecorar a la
fábrica, suscitando la alegría que es de suponer entre su personal.
Al poco tiempo, los aviones Yak-9DD ya combatían. Tomaron
parte en las batallas por la liberación del territorio soviético, en
los combates en el Vistula y el Oder y en la lucha por Berlín.
A principios de 1944, un
grupo de aviadores soviéticos volaron sin escala en cazas Yak-9DD
de la URSS a Italia, a través de Rumania, Bulgaria y Yugoslavia,
ocupadas por los hitlerianos. Volaron en pleno día, a la vista del
enemigo, que no pudo hacer nada contra los rápidos aparatos
soviéticos. El raid al puerto de Bari, territorio de Italia que
acababan de liberar los aliados, fue organizado por orden del
Gobierno Soviético con objeto de prestar ayuda al Ejercito de
Liberación Nacional de Yugoslavia.
Cuando nuestras tropas
desalojaban hacia el oeste a los hitlerianos de las orillas del
Dnieper, la tarea fundamental de la aviación consistió en perseguir
y aniquilar al enemigo en retirada y, en la última etapa, en fuga.
Nuestra aviación cooperó con las tropas en los combates por Kiev y
en las operaciones para cercar a la agrupación de Korsun Shevchenko.
Destruía la aviación enemiga en el aire y en tierra. Tan sólo en
tres meses -enero, febrero y marzo-de 1945 fueron destruidos unos
4.000 aviones de combate fascistas.
La guerra se trasladaba al
territorio del enemigo, aproximándose su desenlace. Los hitlerianos
ya no soñaban con la victoria. Trataban a toda costa de ganar tiempo
y sostenerse todo lo posible, esperaban que en el último momento
lograrían confabularse de algún modo con las potencias occidentales,
impidiendo la derrota total del nazismo. Los hitlerianos se
esforzaban al máximo por detener el avance de nuestras tropas hacia
Berlín, pero con muy poco éxito.
En el territorio de
Silesia, nuestros aviadores ayudaban enérgicamente a las tropas
terrestres atacantes. Se enfrentaron allí con los Focke-Wulf
modernizados y los batieron en el cielo de Alemania con la misma
eficacia que aún no hacía mucho batieran sobre el territorio
soviético a los Messerschmitt-109, sus hermanos mayores.
En Prusia Oriental,
nuestra aviación asestó golpes contundentes al enemigo. El 17 de
abril de 1945, los bombarderos del 18 Ejercito Aéreo, mandado por
A. Golovánov, mariscal principal de Aviación, hicieron, en una zona
al oeste de Kónigsberg, durante 45 minutos 516 servicios arrojando
3.743 bombas con un peso total de 550 toneladas.
El general Lasch,
comandante de la plaza de Kónigsberg, dice en sus memorias: "El 6
de abril se inició la ofensiva rusa, de una potencia desconocida
para mi... Alrededor de 30 divisiones terrestres y dos flotas
aéreas bombardeaban la fortaleza durante jornadas enteras... Los
bombarderos y aviones de asalto venían en oleadas sucesivas
arrojando su carga mortífera sobre la ciudad destruida y en llamas.
La débil artillería de la fortaleza, que no disponía de bastantes
municiones, no podía contrarrestar aquella tempestad de metralla y
ni un solo caza alemán apareció en el aire. Las baterías antiaéreas,
emplazadas en un estrecho espacio, eran impotentes contra aquellas
masas de aviones... '
En los accesos a Stettin,
los hitlerianos trataron por todos los medios de detener la ofensiva
de las tropas soviéticas para poder abrir paso a sus unidades que se
replegaban a la margen occidental del Oder, pero nuestros
aviadores atacaban sin cesar las pasarelas enemigas. Los aviones de
asalto Il2, escoltados por cazas Yak y La, destruían
los pasos y batían piezas de artillería y vehículos del adversario.
Nuestros cazas interceptaban a los Focke-Wulf impidiéndoles proteger
a sus tropas.
En los suburbios de
Berlín, nuestros bombarderos y aviones de asalto, acompañados de
Yak, atacaban incesantemente los tanques, las baterías e
infantería enemigos.
Hitler reunió en Berlín
cuantas fuerzas le quedaban. Confiaba en que aún lograría evitar una
capitulación incondicional. Seguía creyendo que podría enemistar a
las potencias occidentales con la Unión Soviética. Más en vano.
En la batalla aérea por
Berlín tomaron parte unos 1.500 aviones del enemigo, todo lo que
quedaba de los destrozados ejércitos aéreos, de la orgullosa e
"invencible" Luftwaffe (este número comprende también los aparatos
de la 6a Flota aérea Reich, mandada por el general coronel
Stumpf). Esta deforme armada aérea se basaba en 40 aeródromos
alrededor de Berlín. Los hitlerianos peleaban con la desesperación
de los condenados. A menudo, tomaban parte en el combate mil aviones
de cada bando. El primer día de la operación de Berlín, los pilotos
soviéticos hicieron 17.500 servicios, aunque las condiciones
meteorológicas eran pésimas. La superioridad de nuestra aviación era
completa, los restos de la Luftwaffe quedaron pulverizados.
En los alrededores de
Berlín, nuestros pilotos chocaron por primera vez con los aviones a
chorro alemanes. Sin embargo, según comunicó el 2 de mayo el
periódico Pravda en un reportaje del ejército de operaciones:
"tampoco han ayudado a los
alemanes los contados cazas con motores reactivos. Nuestros pilotos
descubrieron inmediatamente los defectos de los aviones enemigos y
los derribaban..."
En la batalla de Berlín,
la aviación hitleriana fue aniquilada y dejó de existir. Los
aparatos que no fueron destruidos cayeron como trofeos en nuestras
manos.
Las tropas del frente 1º
de Bielorrusia, 1º de Ucrania y 2º de Bielorrusia asestaron en
tierra los golpes de gracia al enemigo.
El 30 de abril, nuestras
unidades tomaron por asalto el Reichstag de Berlín, y a las 14 horas
25 minutos ondeaba sobre el edificio la Bandera de la Victoria.
A las 15 horas 30 minutos
el mismo Hitler se suicidó en el refugio antiaéreo subterráneo de la
Cancillería del Reich, en la calle Friedrichstrasse donde se
guarecía en los últimos meses de la contienda.
Hitler temía el cercano e
inevitable castigo por las salvajadas cometidas. Le daba tanto
pavor ser apresado vivo por los soldados soviéticos que se suicidó
dos veces. Primero tomó un veneno y, luego, para mayor seguridad,
se pegó un tiro.
Goebbels se suicidó
también, envenenando antes a su mujer y sus hijos.
El 2 de mayo, los jefes
del Estado Mayor de la defensa de Berlín, con el general Krebs a la
cabeza, salieron con las manos en alto de su guarida y se rindieron
a las tropas soviéticas. EI Ejercito Soviético se apoderó de todo
Berlín.
El 7 de mayo, nuestras
tropas alcanzaron la orilla oriental del rio Elba, viendo que las
tropas aliadas de los EE.UU. e Inglaterra habían llegado a la orilla
opuesta.
El 8 de mayo, los
representantes del Mando Supremo alemán firmaron en Karlshorst,
suburbio de Berlín, el acta de capitulación incondicional.
Así finalizó la guerra
contra la Alemania hitleriana.
Después de pasar pruebas
inauditas, el pueblo soviético conquistó su gran victoria.
El 24 de mayo de 1945, el
Gobierno soviético organizó en el Kremlin una recepción en honor de
la victoria. Había visitado el Kremlin muchas veces, pero en aquella
ocasión me pareció ir a el por primera vez. La espera de lo que
debía suceder me llenaba de emoción y alegría.
Los automóviles de los
invitados a la recepción gubernamental franqueaban uno tras otro el
arco de la puerta Borovitskie.
El Gran Palacio del
Kremlin, engalanado y solemne, resplandecía de luces. La ancha
escalinata de mármol, alfombrada con un tapiz rojo, la luz de
innumerables arañas que se reflejaba en los adornos dorados, los
enormes cuadros en macizos marcos, todo ello conocido desde hacía
mucho, en aquella ocasión, me impresionaba singularmente.
La última recepción se
había celebrado en vísperas de la guerra, el 2 de mayo de 1941. Y
ahora nos encontramos de nuevo en este palacio después de un
intervalo de cuatro años, feliz y orgulloso de nuestra victoria.
Entre los invitados
figuraban famosos mariscales, generales y almirantes, destacados
dirigentes de nuestro Estado, diseñadores, artistas, científicos y
obreros. Muchos llevaban bastantes años sin verse. Todos estaban muy
animados, se oían exclamaciones alegres de amigos. Abrazos,
apretones de manos...
En la sala de San Jorge,
como antes de la guerra, las mesas estaban ya servidas y adornadas
con flores.
No sé porque me vino a la
memoria el año 1939 cuando yo, joven ingeniero militar, recién
terminados mis estudios en la Academia de Aviación, asistí a una
recepción en el Kremlin. Recordé la emoción de mis compañeros y la
mía cuando, firmes y conteniendo la respiración, escuchamos la
lectura de la orden por la que a nuestra promoción se le adjudicaba
el primer grado de oficial. Aunque desde aquel día habían
transcurrido muchos años ricos en acontecimientos, me parecía que
todo había ocurrido ayer.
Cada cual buscaba su sitio
indicado en las invitaciones y se sentaba a la mesa. A las ocho en
punto de la noche aparecieron en la sala los dirigentes del Partido
y del Gobierno. Las estruendosas ovaciones y las hurras
estremecieron las bóvedas del antiguo palacio del Kremlin. Parecía
que no iban a terminar nunca...
Cuando la sala se fue
calmando, se invitó a los mariscales de la Unión Soviética a que
tomasen asiento en la mesa presidencial. Se levantaron en diferentes
lugares de la sala y, uno tras otro, aplaudidos por todos se
dirigieron hacia la mesa, donde estaban los dirigentes del Partido y
del Gobierno.
Todos contemplábamos con
admiración a los jefes militares tantas veces mencionados en las
órdenes del Jefe Supremo cuando el Ejercito Soviético conquistaba
victorias.
Viacheslav Mólotov, que
presidia, hizo sonar el timbre y en el momentáneo silencio que
sobrevino brindó por los combatientes, por los soldados rojos,
marinos, oficiales, generales y almirantes. Siguió luego un brindis
por el Gran Partido Comunista.
El último brindis lo
pronunció Stalin. En cuanto se levantó e intentó hablar sus palabras
se ahogaron entre atronadores aplausos. Cuando estos se calmaron un
poco, Stalin dijo:
- Permitidme tomar la
palabra. ¿Se puede?
Volvió a estallar la
ovación y se oyeron exclamaciones: "¡Si, si! ¡Que hable!"
Y Stalin pronunció su
conocido discurso sobre el pueblo ruso. Dijo:
- Camaradas, permitidme
que pronuncie otro brindis, el último. Yo quisiera brindar a la
salud de nuestro pueblo soviético y, ante todo, del pueblo ruso.
Los presentes recibieron
estas palabras con entusiastas aplausos y hurras.
- Bebo, ante todo
-prosiguió Stalin- por la salud del pueblo ruso porque es la nación
más destacada de todas las que forman la Unión Soviética. Brindo a
la salud del pueblo ruso porque se ha hecho acreedor en esta guerra
al reconocimiento general como fuerza dirigente de la Unión
Soviética entre todos los pueblos de nuestro país. Brindo a la
salud del pueblo ruso no sólo porque es un pueblo dirigente, sino
también porque posee clara inteligencia, firme carácter y
paciencia. Nuestro Gobierno tuvo no pocos errores, tuvimos no menos
de una situación desesperada en los años 1941-1942, cuando nuestro
ejercito retrocedía, abandonaba las aldeas y ciudades, que tanto
amamos, de Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, de la región de
Leningrado, de las tierras del Báltico y de la República
Carelo-Finlandesa, las abandonaba porque no había otra salida. Otro
pueblo podía haber dicho al Gobierno: no habéis justificado nuestras
esperanzas, marchaos, pondremos a otro gobierno que firme la paz
con Alemania y nos asegure la tranquilidad. Pero el pueblo ruso no
hizo eso, pues tenía fe en la justeza de la política de su Gobierno
y aceptó los sacrificios para asegurar la derrota de Alemania. Y
esta confianza del pueblo ruso en el Gobierno soviético fue la
fuerza decisiva que aseguró la histórica victoria sobre el enemigo
de la humanidad, sobre el fascismo. ¡Demos las gracias al pueblo
ruso por esta confianza!
El discurso de Stalin era
interrumpido continuamente por salvas de prolongados aplausos y por
eso su corto brindis duró casi media hora.
Finalmente, Stalin no pudo
resistirlo y se echó a reír:
- Dejadme hablar. Después
concederemos la palabra a otros oradores. Todos podrán decir lo que
quieran.
Nueva explosión de
aplausos y hurras. Stalin terminó su brindis con estas palabras:
- ¡A la salud del pueblo
ruso! Y apuró la copa.
Entre uno y otro brindis,
los mejores artistas moscovitas actuaban en un escenario levantado
en la sala de San Jorge. En el pináculo de su arte estaban Galina
Ulánova y Olga Lepeshinskaya, nos admiraban los divos Maxim
Mijáilov y Mark Reizen, Valeria Bársova y Vera Davidova, aún vivia
Alexandr Alexándrov, fundador y director del Conjunto Artístico del
Ejército Rojo. Las estrellas de nuestro ballet y arte musical
brillaron en todo su esplendor aquella noche. Cito sus nombres, pues
son muy queridos para mi generación y para mi, son parte de nuestra
vida, época floreciente de muchos artistas de talento.
La velada transcurrió en
un ambiente de extraordinario entusiasmo; todos nos sentíamos
dichosos y alegres.
La guerra contra la
Alemania hitleriana terminó el 8 de mayo con la firma del acta de
capitulación incondicional, mas, para todos los asistentes a esta
recepción, el acorde final de los cuatro años de guerra fue la
inolvidable velada celebrada el 24 de mayo de 1945 en la sala de San
Jorge del Palacio del Kremlin.
Exactamente al cabo de un
mes, tuve la suerte de asistir a la grandiosa apoteosis en honor de
nuestra victoria: el famoso desfile de tropas por la Plaza Roja. No
se trataba de un desfile corriente como los que se celebran
durante las fiestas de mayo o de noviembre. El 24 de junio de 1945,
ante el Mausoleo de Lenin pasaron en columna de honor las unidades
más gloriosas del ejército de operaciones, venidas a la Plaza Roja
directamente de los frentes de la Guerra Patria, en los que hacía
muy poco habían callado los cañones. Las tropas estaban formadas en
la plaza en el orden que correspondía a la disposición de los
frentes, abría la parada el Frente de Carelia, el más
septentrional, y la cerraba el 3er Frente de Ucrania, el más
meridional. A la cabeza de la columna de cada Frente iba su jefe:
mariscal o general de ejército.
Entre 1925 y 1945 asistí,
por lo menos, a veinte paradas militares en la Plaza Roja, pero esta
última no podía compararse con ninguna otra. Las piezas de
artillería, con estrellas pintadas en los cañones, parecían oler
todavía a pólvora. Pasaban las Katiushas, que hasta poco
antes aniquilaran al enemigo con torbellinos de fuego. Por el
adoquinado de la Plaza Roja desfilaban despacio los tanques y
vehículos blindados todoterreno que habían recorrido la tierra del
Reich fascista derrotado.
La entrega afrentosa de
las banderas tomadas al enemigo fue el momento culminante del
desfile de la Victoria.
De pronto, calla la
grandiosa banda de música. La Plaza Roja en silencio. Se oyen los
redobles cerrados e inquietantes de centenares de tambores. En
formación impecable y marcando con firmeza el paso, aparece una
columna de combatientes soviéticos: doscientos soldados llevando
otras tantas banderas enemigas. Al llegar frente al Mausoleo, hacen
una brusca mutación y arrojan con fuerza a su pedestal las banderas
fascistas y los estandartes con negras esvásticas.
Y aunque llueve
torrencialmente, es imposible apartar la mirada de las sucias
enseñas arrojadas sobre el granito mojado. El enemigo ha mordido el
polvo. Rememoro una vez más todas las indescriptibles dificultades
por las que atravesó nuestro país durante la contienda, y siento
honda satisfacción al presenciar el bien merecido castigo a los
fascistas.
La noche del 24 de junio
Moscú rebosaba de júbilo. Parecía que todos los moscovitas estaban
en las calles. El pueblo festejaba su victoria.
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