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ALEKSANDR SERGEEVICH YAKOVLEV
 
"LA META DE MI VIDA"
 

 

EN EL CUARTEL GENERAL

 

Habían pasado doce meses nada más desde la primera derrota de la máquina de guerra hitleriana en Moscú hasta la catástrofe del ejército del feldmarschall Paulus en Stalingrado, acaecida en enero de 1943.

 

En este tiempo las tropas soviéticas aprendieron a gol­pear a un enemigo fuerte, pérfido y armado hasta los dientes.

 

Los trabajadores de la retaguardia proveían al frente de excelente armamento. Todos trabajábamos entonces con extraordinario entusiasmo y nos preparábamos para las batallas decisivas del año 1943.

 

En aquel tiempo los dirigentes de las ramas de la in­dustria de defensa éramos llamados con mucha frecuencia al Kremlin para examinar asuntos de la producción y el suministro de armamento al ejército. El Buró Político del Comité Central, el Consejo de Comisarios del Pueblo, el Comité de Defensa del Estado y el Cuartel General del Alto Mando se ocupaban diariamente de estas cuestiones.

 

En el despacho de Stalin, además de los miembros del Buró Político, del Comité de Defensa del Estado y del Cuartel General, se podía ver a menudo a comisarios del pueblo, directores de fábrica e ingenieros diseñadores de la industria de defensa, dirigentes de los departamentos militares y jefes del ejército.

 

De las personalidades militares a quienes tuve ocasión de encontrar allí con mayor frecuencia recuerdo sobre todo a Gueorgui Zhúkov, Alexandr Vasilevski, Alexei Antónov, Serguei Shtemenko y Andrei Jruliov.

 

Stalin poseía un elevado concepto del mariscal de la Unión Soviética Gueorgui Zhúkov, lo estimaba y, por regla general, tenia en cuenta su opinión.

 

La presencia de Zhúkov en el despacho de Stalin siem­pre se dejaba sentir y, aunque la personalidad de Stalin abrumaba, Zhúkov se comportaba con independencia, li­bertad y naturalidad y sin servilismo.

 

Recuerdo un pequeño episodio. La cosa ocurrió en agosto o septiembre de 1941, en el chalet próximo que Stalin tenia en Kúntsevo. Después de un tenso trabajo, al final de la jornada, Stalin nos invitó a comer. La mesa fue servida en una veranda descubierta. Anochecía. Stalin acercóse al interruptor, dio la vuelta a la llave y se encen­dió una brillante luz eléctrica. Era algo muy insólito por­que en aquel tiempo todo Moscú se sumía en las tinieblas del enmascaramiento nocturno.

 

Estábamos ya todos sentados a la mesa cuando se pre­sentó Zhúkov, saludó a Stalin y con la mayor desenvoltura, sin esperar a ser invitado, ocupó un sitio a la mesa. Por lo visto; tenia hambre, llenó un plato de sopa y, sin prestar aten­ción a nadie, se puso a comer. Y sólo una vez ahíto se sumó a la conversación general.

 

Zhúkov, hombre fuerte, voluntarioso y con prestigio en el ejercito, se granjeó merecida fama y respeto en los años de la Guerra Patria. Después de la guerra las intrigas de Beria y Malenkov minaron la confianza de Stalin en el.

 

Durante la guerra no tuve ocasión de entrevistarme a menudo con Iván Kónev, otro jefe militar. Pero después de la guerra, cuando Kónev ocupaba el puesto de vice­ministro de Defensa, asistí más de una vez a reuniones con el en las que se trataba de los problemas del desarrollo de la técnica aviatoria.

 

A mi me gustaba su sentido común en los razonamien­tos, su enfoque realista, sensato y de altura al resolver los problemas. No era especialista en aviación, pero sus deci­siones, aunque contrarias a veces a las de algunos de nues­tros generales de las Fuerzas Aéreas de posguerra, como mostró la experiencia, acababan por ser más convenientes. Bastante más tarde Kónev y yo fuimos vecinos como diputados en las reuniones del Soviet Supremo de la URSS, nos conocimos bien y puede decirse que incluso nos hici­mos amigos. Teníamos temas que comunicarnos y que re­cordar acerca de la Guerra Patria. Intercambiamos libros: Kónev me regaló “El año 45” y yo a el “El sentido de mi vida.”

 

El mariscal de la Unión Soviética Alexandr Vasilevski, jefe del Estado Mayor Central, era un hombre de muy buena presencia y simpático. Poco locuaz en las reuniones. No era frecuente verle exponiendo activamente algunas proposiciones o entablando polémica. Inteligente y, sobre todo, precavido, se atenía a la regla que dice: "La palabra es plata; el silencio, oro".

 

Alexandr Vasilevski se ausentaba a menudo de Moscú, recorriendo los frentes con misiones especiales del Cuar­tel General. Su sustituto era el general Alexei Antónov. Durante la guerra, y sobre todo en el segundo periodo era de los militares a quien con más frecuencia veía en el des­pacho de Stalin. Este hombre, culto e instruido, causaba una impresión muy favorable. Antónov informaba cada noche a Stalin de la situación en los frentes, presentándose con un montón de mapas en los que se indicaba con lápices de colores la situación y se trazaban las operaciones de nuestras tropas para el futuro inmediato. Antónov se halla­ba muy próximo a Stalin, que tenia en cuenta su opinión y alimentaba y sentía por el manifiesta simpatía y confianza; pasaban juntos largas horas, discutiendo la situación en los frentes y planeando futuras operaciones.

 

Antónov se conducía con mucha sencillez, sin altanería ni soberbia. Iba siempre modestamente vestido: guerrera caqui, pantalón de montar, botas altas y sólo las hombreras de general delataban su alta posición en el ejercito.

 

El general Serguei Shtemenko, sustituto de Antónov, se parecía a este: era un oficial del Estado Mayor igual de modesto, culto e instruido. En los años de la guerra se le podía encontrar donde Stalin a altas horas de la noche, junto a Antonov y a veces solo, con el parte de la jornada en los frentes.

 

El general Andrei Jruliov, intendente principal de las Fuerzas Armadas, soportó sobre sus hombros en el trans­curso de toda la guerra una carga verdaderamente titánica. Jruliov organizó de manera ejemplar el avituallamiento ma­terial y técnico del ejército dispuesto en frentes de enorme extensión y en el primer periodo de la guerra también la evacuación de las empresas de defensa al Este.

 

Durante la contienda tuve ocasión de entrevistarme fre­cuentemente con Andrei Jruliov y el contacto con este hombre atrayente, honesto y de noble espíritu siempre me dejó buena impresión.

Con quienes más tratábamos los dirigentes de la industria aeronáutica era con los generales de las Fuerzas Aéreas: nos veíamos con ellos a diario en el Cuartel Ge­neral, en nuestro Comisariado del Pueblo y en la Dirección de las Fuerzas Aéreas, sosteníamos relaciones amistosas, discutíamos y discrepábamos en las opiniones, pero vivíamos con las mismas preocupaciones e intereses.

 

Establecimos las relaciones de camaradería más cálidas con los generales G. Vorozheikin, A. Nikitin, F. Falaleev, l F. Agaltsov y ante todo con el mariscal A. Nóvikov, comandante en jefe de las Fuerzas Aéreas.

 

Alexandr Nóvikov dirigió las operaciones militares de nuestra aviación en los primeros y más duros meses de la guerra cuando el Cuartel General llevaba la cuenta de cada y avión de combate que salía de la fábrica y más tarde cuando se entregaban al frente, contando sólo los cazas y aviones de asalto, 40 aparatos diarios de cada tipo y los pilotos soviéticos conquistaron el dominio absoluto en el aire. Nóvikov se consagró por entero, sin escatimar su salud, a la causa de la victoria sobre la Luftwaffe. Era de esos hombres que nunca aplazan la decisión de los problemas más complicados y no temen asumir la responsabilidad. Tra­bajar con él era fácil y agradable.

 

Junto con los militares tomaban una participación muy activa en el trabajo del Cuartel General y del Comité de Defensa del Estado Boris Vánnikov, Dmitri Ustinov, Via­cheslav Mályshev, Iván Tevosián, Mijail Jrúnichev y otros dirigentes de las ramas de la industria de defensa. A varios de ellos se les confirió entonces la graduación de teniente general del arma correspondiente.

 

En el transcurso de la guerra se les podía encontrar a menudo en el despacho de Stalin en et Kremlin que man­tenía diario contacto personal con ellos y estaba al corrien­te del trabajo de cada uno. Todos eran miembros efectivos o suplentes del Comité Central del Partido y cada uno en su sector de trabajo aplicaba con precisión y perseverancia la línea del Partido orientada a movilizar todos los recursos del país para proporcionar armamento de primera clase al ejercito.

 

No todos los de esta generación de dirigentes de nuestra economía tenían instrucción técnica especial, pero poseían garra bolchevique de organizadores y dondequiera que les enviara el Partido arreglaban las cosas. Sus universidades fueron las construcciones y fábricas de los primeros planes quinquenales.

 

Boris Vánnikov era ingeniero y figuraba entre los cua­dros fundamentales de dirigentes de la economía de for­mación soviética. Militante del Partido desde el año 1919, Vánnikov era, si sirve la expresión, dirigente profesional de la industria de defensa, y desde 1939, Comisario del Pueblo de dicha industria. Durante la guerra, cuando este Comisariado fue dividido, Vánnikov pasó a ser Comisario de Municiones y Dmitri Ustinov fue nombrado Comisario de Armamentos.

 

Dmitri Ustinov, ingeniero de carrera, dirigía una de las fábricas más grandes de Leningrado y a los 33 años de edad, como relevante organizador y-especialista, fue nom­brado Comisario del Pueblo. Era el Comisario más joven. La potencia insuperada de nuestra artillería fue resultado del abnegado trabajo de los ingenieros diseñadores y de la co­lectividad de miles y miles de trabajadores de la industria de defensa dirigidos durante la guerra por Dmitri Ustinov.

 

La ruta de Viacheslav Mályshev también es típica para los dirigentes de la economía soviética. Obrero en los años veinte, diseñador en los treinta, y luego ingeniero jefe de la fábrica de locomotoras de Kolomna. Era uno de los espe­cialistas soviéticos de más talento, con buena vena creadora y firme mano de administrador. Como director de la fá­brica de Kolomna ganó rápidamente prestigio y en 1939 fue nombrado Comisario del Pueblo. Mályshev hizo mucho para el desarrollo de la industria soviética del carro blin­dado.

 

Los especialistas de aviación trabajábamos en el más estrecho contacto con los de otros tipos de armamento y yo diría que emulábamos con ellos. Dependíamos directamente en muchos aspectos de los comisariados afines como proveedores nuestros. Entre estos se encontraba en primer término el Comisariado del Pueblo de la Industria Side­rúrgica, dirigido por Iván Tevosián; las realizaciones de esta industria influían del modo más inmediato sobre la construcción de motores de aviación.

 

Mas volvamos al comienzo del año 1943. Entonces la moral de todos era animosa y combativa. Habían sido libe­rados Stalingrado, Kursk, Krasnodar, Rostov del Don, Vo­roshilovgrado... Los trabajadores del Comisariado del Pueblo de la Industria de Aviación veían en los éxitos de nuestras tropas también una parte de su trabajo.

 

Después de la derrota de la aviación alemana en Stalin­grado nuestros pilotos emprendieron la conquista del do­minio en el aire. Pero para conquistar firmemente este do­minio había que dar al frente más cazas, aviones de asalto y bombardeo.

 

Las frecuentes llamadas al Kremlin siempre estaban relacionadas con problemas de cantidad, pero en los últi­mos días se manifestaba ya interés también por mejorar las cualidades de vuelo de los aparatos.

 

Y nosotros, al mismo tiempo que adoptábamos incan­sablemente todas las medidas posibles para aumentar la producción de aviones y motores, realizábamos una serie de trabajos con vistas a mejorar las cualidades de nuestros aviones.

 

Para dar una idea de cómo se resolvían entonces los problemas de la industria de guerra referiré varios episo­dios del primer semestre del año 1943.

 

El 11 de febrero de 1943, por la noche, nos llamaron al Kremlin al Comisario del Pueblo A. Shajurin y a mi para tratar de los cazas de escolta de los bombarderos IL-4 y de los aviones de asalto IL-2.

 

Entre los aviones de combate que peleaban el bombar­dero, IL-4 era el de edad más venerable. Había sido creado en 1936.

 

El IL-4 fue el principal bombardero de gran radio de acción de las Fuerzas Aéreas de la URSS durante la Gue­rra Patria. Pero su velocidad máxima -450 kilómetros por hora era insuficiente para que se le pudieran encomendar sin riesgo servicios de día sin escolta de cazas. Por eso en el primer periodo de la guerra, mientras fuimos pobres en cazas, y no pudimos asegurar el acompañamiento, los avio­nes IL-4 se utilizaron en lo fundamental por la noche. Pero ahora llegaban al frente cada día más cazas y se planteó el problema de los vuelos del IL-4 por el día.

 

Cuando llegamos, en torno a la larga mesa del despacho de Stalin se hallaban sentados ya varios miembros del Buró político, los mariscales de aviación Nóvikov y Golovánov y varios altos jefes de tanques. Por lo visto, habían exa­minado algunos asuntos con los tanguistas.

 

En cuanto entramos se interrumpió la conversación con los tanguistas y Stalin planteó la cuestión de la posibili­dad de los bombardeos diurnos con aviones IL-4.

 

-No estamos ya en el año 1941 en que teníamos insuficientes cazas y los IL-4 cuando volaban de día sin pro­tección sufrían grandes pérdidas -dijo-. Ahora tenemos tantos cazas que podemos asegurar escolta a los bombarderos de Iliushin. No nos satisface que los IL-4 vuelen sólo de noche, no tenemos bastantes bombarderos diurnos. Hay que utilizar el IL-4 para el bombardeo de día.

 

Luego habló de los aviones de asalto, de una actuación más enérgica y audaz de estos aparatos sobre el campo de combate.

 

-Hay que darles una protección de cazas más segura para disminuir las perdidas de aviones de asalto por culpa de la aviación de caza enemiga. Es preciso que los pilotos de los aviones de asalto actúen con más audacia, no teman a los cazas enemigos.

 

El Mariscal Nóvikov expuso su punto de vista y expresó el deseo de que los cazas de escolta actuasen en la propor­ción de uno a uno y medio, o sea, para dos aviones de asalto, tres cazas.

 

Shajurin se opuso inmediatamente a la propuesta de Nóvikov diciendo que si se aceptaba la proporción de uno a uno y medio y se añadía el número necesario de aviones para proteger los vuelos diurnos del IL-4 no habría bastan­tes cazas.

 

Se entabló una acalorada polémica entre Nóvikov y Shajurin.

 

Stalin les dejó que se desfogasen un poco; luego cortó la discusión y dijo:

 

-Por lo visto, la cosa no está clara. Hay que determinar más exactamente el balance de cazas, aviones de asal­to y de bombardeo para el periodo inmediato y después decidiremos.

 

En aquella misma reunión pidió al Mariscal Golovánov que reforzara el bombardeo de la zona del estrecho de Kerch. Golovánov respondió que la base de los bombarde­ros nocturnos estaba en la costa del Caspio. La insuficiente intensidad de los bombardeos nocturnos del Estrecho de Kerch se explicaba por lo alejado de la base.

 

Stalin se sorprendió de que se volase desde tan lejos para bombardear el estrecho de Kerch. Resultó que la aviación de gran radio de acción no había tenido tiempo de preparar aeródromos para sus aviones en el territorio recién liberado del Cáucaso del Norte y el Kubán.

 

De pronto sonó el teléfono. Stalin se levantó de detrás la gran mesa a la que estaba sentado junto a los demás, se acercó a la mesita de los teléfonos y tomó el auricular. Saludó y, al escuchar las informaciones de uno de los jefes de frente, repitió varias veces:

 

- Si, si. Bien, eso está bien.

 

Y luego dijo

 

- Nuestros muchachos han tomado Kursk.

 

Por lo visto, su interlocutor no le oyó y volvió a pre­guntar. Entonces Stalin repitió alzando la voz:

 

- Nuestros muchachos han tomado Kursk, han tomado Kurks. ¡Hasta otra!

 

Y dejó el teléfono.

 

Después nos dejaron ir tras encargarnos que preparáse­mos proposiciones acerca de los asuntos debatidos. Noso­tros preparamos minuciosamente junto con los militares estas proposiciones y las presentamos para su confirma­ción.

 

El 16 de febrero de 1943, por la noche, nos llamaron de nuevo al Kremlin. No hubo que esperar: nos invitaron a pasar inmediatamente al despacho donde ya se encontra­ban Mólotov, Mikoyán y Scherbakov.

 

Entramos en el momento en que Stalin, de pie, leía el comunicado de última hora del Buró de Información Soviético sobre la toma de Járkov. Redactaba el texto del co­municado leyéndolo en voz alta e introducía en el acto las enmiendas con un grueso lapicero azul. Finalmente, hechas todas las correcciones, volvió a leer el comunicado y dijo:

 

- Bueno, así está bien.

 

Y entregó el texto definitivo a Scherbakov, que se lo llevó para copiarlo y transmitirlo por radio.

 

Después Stalin leyó en voz alta una carta del ingeniero aeronáutico N. Polikárpov en la que este daba cuenta de un nuevo caza rápido que había sufrido las pruebas fabri­les y desarrollaba una gran velocidad.

Preguntó:

 

- ¡Que saben de este aparato?

 

Yo respondí:

 

- Buen aparato, la velocidad es verdaderamente grande.

 

Stalin replicó:

 

- Deje usted su moral corporativa. No quiere disgustar al constructor y por eso da una buena opinión. ¿Y para ser imparcial?

 

El Comisario del Pueblo y yo nos esforzamos por darle una apreciación objetiva del aparato y trazar una característica lo más exhaustiva posible, pero, como el avión sólo había pasado una parte de las pruebas de vuelo fabriles, era imposible formular una conclusión definitiva.

 

Stalin se interesó, entre otras cosas, por el radio de acción de este aparato haciendo la observación de que la velocidad sola, sin el necesario radio de acción, decía muy poco todavía. Nosotros mencionamos los datos correspon­dientes.

 

- ¿Se ha comprobado en vuelo?

 

- No, la distancia aún no se ha comprobado en vuelo. Son datos calculados.

 

- No creo en las palabras. Primero comprueben en vuelo la distancia y luego resolveremos que hacer con este aparato. Ahora es pronto para decidir.

 

Y dejó a un lado la carta de Polikárpov.

 

Luego preguntó por el motor M-82, potente motor re­frigerado por aire, diseño de Shvetsov. Stalin ya había dicho antes en distintas ocasiones que era necesario pro­ducir más motores de estos y ahora preguntó por que se demoraba el paso a su fabricación en serie. En efecto, la fábrica experimentaba grandes dificultades para montar la producción en serie del motor M-82 y su salida se retra­saba mucho.

 

El Comisario del Pueblo empezó a aducir una serie de motivos que explicaban el retraso.

 

Stalin montó en cólera:

 

- ¿Por que no informan a tiempo de sus dificultades? Si ustedes mismos no pueden liquidarlas o decidir hay que informar. No nos negamos a ayudar, pero informen oportunamente de las dificultades si no pueden elimi­narlas.

 

Después el Comisario del Pueblo planteó el asunto de pasar a la producción en serie del bombardero de picado para el frente TU-2, modelo de Túpolev, que había salido airoso de las pruebas de Estado.

 

- Montar la producción en serie de un nuevo aparato ahora, durante la guerra, es, una aventura -dijo Stalin-. Cuando pase algún tiempo y tengamos en número suficien­te otros aviones volveremos a tratar de este asunto.

 

Nosotros seguimos insistiendo en la necesidad de pro­ducir el TU-2 ya que, por sus cualidades de combate, era superior al Pe-2 y al IL-4. Mas Stalin no dio su brazo a torcer.

 

- En principio, estoy a favor, pero esperaremos por ahora.

 

(En efecto, posteriormente, cuando mejoró nuestra si­tuación militar, se volvió a tratar de la producción del TU-2 y en 1944 comenzaron a aparecer en el frente avio­nes de este tipo).

 

Luego Stalin habló de la producción de cazas Yak-9 con cañones pesados, calibre 37 milímetros. Un ejemplar expe­rimental de este aparato había pasado las pruebas de Estado. Stalin nos riñó mucho por no haber montado aún su producción en serie.

 

Exigió también emprender la producción del avión Yak-9D con un radio de acción de 1.400 kilómetros, que también había pasado las pruebas de Estado en un ejem­plar experimental de lo cual los militares habían dado ya cuenta al Gobierno, pero cuya producción en serie se retra­saba.

 

Nos propusieron que presentásemos urgentemente un proyecto de decisión del Comité de Defensa del Estado sobre la producción en serie en el plazo más breve de cazas Yak-9T, con cañones de 37 milímetros, y de cazas Yak-9D con mayor radio de acción.

 

EI radio de acción de los cazas, en particular del La-5 y del Yak-9, salía a relucir cuando se discutía en el CC cualquier asunto de aviación. Se hablara de lo que se ha­blara siempre se acababa por pasar al radio de acción. Esto se explicaba porque el Alto Mando planeaba la gran ofen­siva del verano de 1943 y el rápido avance de las tropas terrestres había que cubrirlo desde el aire con cazas. No podíamos construir aeródromos inmediatamente en segui­miento de las tropas terrestres que hacían retroceder al enemigo y por eso el aumento del radio de acción pasó a ser el problema número uno.

 

Un día de marzo de 1943 nos llamaron al Kremlin para hablar del motor de Klimov VK-107 y la conversación vol­vió a recaer en el radio de acción de los cazas.

 

Dimos cuenta de que el constructor Lávochkin había terminado una nueva modificación del avión La-5 con mo­tor M-71 -potente motor de refrigeración por aire, diseño de Shvetsov y que el avión había demostrado poseer bue­nas cualidades de vuelo.

 

Stalin se alegró, empezó a preguntarnos en detalle los datos del aparato, pero indicó:

 

- Digan a Lávochkin que el radio de acción de su aparato es pequeño. Necesitamos que no sea inferior a mil kilómetros.

 

Acto seguido pasó a comparar nuestros cazas con el ingles Spitfire y el norteamericano Aircobra. Por otro lado, señaló que se exageraban las características de los apara­tos extranjeros.

 

Cuando mencionó los datos del avión Spitfire yo, supo­niendo que se refería al Spitfire de reconocimiento cuyo radio de acción pasaba de 2.000 kilómetros, dije que este avión no tenia armas automáticas y no era de caza, sino de reconocimiento.

 

Stalin repuso:

 

-¡Por que dice tonterías? ¡Soy un niño o que? Hablo del caza y no del avión de reconocimiento. El Spitfire posee mayor radio de acción que nuestros cazas y tenemos que darles alcance sin falta en este aspecto...

 

Prometi tomar todas las medidas entre otras cosas para aumentar hasta 1.200 kilómetros el radio de acción de los cazas con cañones pesados.

 

He aducido estos episodios para mostrar el ambiente en que se preparó nuestra aviación para la ofensiva del verano de 1943. Ya desde mediados del año 1942 los pilotos, tan­quistas, artilleros y los soldados de nuestra gloriosa infantería sentían el potente apoyo de la retaguardia. La pro­ducción de armamento crecía cada mes. Los combatientes del frente se convencían por experiencia propia de que, dominando el material bélico de producción nacional, se podía batir perfectamente al enemigo.

 

En efecto, nuestro material era bueno. Pero hubimos de sufrir con este material una enfermedad común para la aviación, para las tropas de tanques y para la artillería: la epidemia de las "mejoras'.

 

Se ponían a "mejorar" un aparato puesto a punto, adoptado para el armamento y montada su producción en serie, introduciendo cambios secundarios en el diseño, "mejoras" tecnológicas, "perfeccionamientos" que "eleva­ban" su capacidad combativa, etc. Y estos pequeños cam­bios, que parecían realmente secundarios, pero que eran introducidos desorganizadamente y en gran número, se con­virtieron en un verdadero azote.

 

No me equivocare si digo que no hubo casi ningún apa­rato de combate que no intentasen mejorar con uno u otro pretexto. Y siempre se hacia con muy buenas intenciones de dar al frente lo mejor. En un principio no se prestaba atención a este aspecto y se cayó en la cuenta sólo cuando se aclararon las nefastas consecuencias de las "mejoras" introducidas de prisa y corriendo, sin suficiente comproba­ción y a menudo injustificadas.

 

Ejemplos así hubo todos los que se quiera en nuestra aviación, pero recuerdo sobre todo un caso muy significa­tivo ocurrido con los tanques KV, que quedaron inutiliza­dos en el apogeo de los importantes combates del sector de Járkov.

 

Cuando se examinó este asunto fuimos llamados al Kremlin también el Comisario del Pueblo y yo.

 

En el Comité de Defensa del Estado se habían recibido informaciones del frente de que el tanque KV, probado en su día en todos los aspectos, había perdido sus cualidades de combate. Demasiado recargado, se había hecho inse­guro.

 

Stalin pidió explicaciones a los tanquistas y preguntó ante todo:

 

- ¿Dónde está el ingeniero constructor Kotin?

 

Le respondieron que Kotin había volado al frente pre­cisamente para esta cuestión y que se ocupaba de poner a punto el tanque.

 

Se aclaró que los militares habían presentado una serie de exigencias infundadas para "mejorar" el tanque y que el constructor, blando de carácter, accedió a satisfa­cerlas.

 

Stalin estaba muy irritado y lanzó a los tanquistas se­rias acusaciones de irresponsabilidad. Dijo:

 

- Hay que mejorar los carros de combate con inteli­gencia. No se puede aumentar unilateralmente el espesor del blindaje sin tener en cuenta todo el conjunto de cuali­dades de combate, añadir combustible olvidando que aumenta el peso del tanque y que el motor continúa siendo el mismo. El peso excesivo recargó el motor, aumentó su tensión. La fiabilidad del carro disminuyó, el tanque perdió la capacidad de paso y las cualidades de maniobra...Y di­gan al constructor que no hay que ser tan blandengue. El constructor no debe ir a remolque de todos, el es quien responde en primer término por la máquina y si se plan­tean exigencias infundadas e irresponsables debe protestar.

 

Los tanquistas no pudieron dar explicaciones inteligi­bles y, como no estaba Kotin, en eso terminó la conversa­ción sobre el KV.

 

Stalin permitió retirarse a los generales de tanques y se dirigió a nosotros.

 

- ¡Creen que eso no les afecta a ustedes? Porque yo se que a ustedes también les gusta "mejorar" los aviones y motores, cumplen de buen grado toda clase de exigencias irresponsables y hacen caso de las habladurías de los como­dones. Consejeros hay muchos, pero les pediremos cuentas a ustedes.

 

Amenazó con el dedo:

 

- Ténganlo presente: el constructor debe ser firme, debe defender su máquina frente a los consejeros irrespon­sables. Es difícil hacer una buena máquina y muy fácil echarla a perder. ¡Y pediremos cuentas al constructor!

 

Después de sermonearnos Stalin entró en la habitación contigua y trajo de allí una caja verde de cigarrillos Flor de Herzegovina, desmenuzó tabaco, encendió su pipa y pasó a examinar otros asuntos de aviación.

 

Habló, en particular, de aumentar la potencia de los motores de avión y de la necesidad de elevar la calidad de la bencina de aviación. Exigió aumentar la producción de bencina con índice de octano B-78 en vez de índice B-74 que se producía antes.

 

El índice de octano expresa la calidad de la bencina: cuanto más elevado es este índice, tanto menor es el pe­ligro de detonación del motor y, por consiguiente, se puede elevar la potencia de este sin miedo a su supertensión o destrucción prematura.

 

En la discusión tomaba parte también el Comisario del Pueblo de la Industria Petrolera, Sedin. Recibió la indi­cación categórica de producir bencina B-78 para elevar la potencia de los motores de aviación.

 

Por lo que se refiere a la lucha con la epidemia de cambios estructurales, tecnológicos y de otra índole, poco después se promulgó una orden del Comisario del Pueblo de la Industria de Aviación, confirmada en el CC, Sobre la disciplina tecnológica, que preveía un severo castigo por cambios infundados y superficiales en la construcción del material bélico.

 

En el verano del año 1943, nuestras Fuerzas Aéreas disponían de un potente arsenal de aviación. Pasaron para no volver los tiempos malos, como en los primeros meses de guerra, se llevaba la cuenta de cada avión producido por la industria. Era muy aguda sobre todo la demanda de cazas cuando nuestras tropas, retrocediendo ante la presión de los hitlerianos, sufrían los impunes ataques de los Jun­kers y Messerschmitt. La demanda de cazas era tan grande que en los primeros tiempos el propio Stalin los distribuía literalmente uno a uno.

 

Pero ya desde mediados de 1942 el frente empezó a recibir cazas en sensibles cantidades. Merced a los heroicos esfuerzos de los obreros de las fábricas de aviación la pro­ducción de cazas fue aumentando constantemente en el curso del año 1942 y ya en la primavera de 1943 en el cielo del Kubán nuestros pilotos alcanzaron su primera gran victoria en la batalla aérea con los hitlerianos.

 

En aquel tiempo la saturación de cazas era ya sufi­ciente, pero estaban diseminados en un frente de enorme extensión. En estas condiciones surgió la cuestión de for­mar con los cazas grandes unidades de choque para cum­plir misiones operativas especiales del Cuartel General.

 

Llamados para esta cuestión a altas horas de la noche del 10 de junio de 1943, nos encontramos en la antesala con el mariscal Vasilevski y con el general de ejercito Jruliov, que discutían animadamente los nuevos modelos de órdenes y medallas con pasador de cinta, presentados para su confirmación. En dos grandes cajas planas, forradas por dentro de patio rojo, estaban dispuestas en hileras distintas órdenes y medallas, cada una con su cinta por separado, y también dos, tres y cuatro condecoraciones unidas como modelo en un solo pasador.

 

Nosotros examinamos también con interés las condeco­raciones, nos las probamos en el pecho. Todos fuimos de la opinión que la nueva sujeción de las condecoraciones con una cinta y no con pernos y su unión en el pasador era mucho más bonita y elegante.

 

A los pocos minutos llegaron el mariscal de aviación Nóvikov y los generales Nikitin y Vorozheikin, dirigentes de las Fuerzas Aéreas, y nos invitaron a todos a entrar en el despacho.

 

Stalin comenzó diciendo que cada día producíamos más cazas y por eso había que pensar en utilizarlos con mayor eficacia.

 

- Nuestra aviación de caza -dijo- está desparramada por distintos frentes y no puede ser utilizada concentra­damente como fuerza de choque para cumplir misiones in­dependientes como, por ejemplo, conquistar el dominio en el aire en uno u otro sector del frente. Por ahora nuestros cazas en lo fundamental colaboran con las tropas terrestres y no tienen un significado independiente. La aviación de caza se utiliza desorganizadamente y sus fuerzas están dis­persas. Y la batalla aérea del Kubán ha demostrado lo que pueden dar los cazas juntos en un punto y utilizados con un objetivo concreto. Mientras no teníamos bastantes cazas no podíamos ni pensar en este tema, pero ahora se puede hablar de el.

 

Stalin propuso formar varios cuerpos especiales de cazas subordinados al Alto Mando con el fin de utilizar estas unidades para golpes masivos contra la aviación ene­miga y para conquistar el dominio en el aire en los secto­res decisivos del frente. Los circunstantes aceptaron unáni­mes esta propuesta.

 

Después de animada discusión se resolvieron también los problemas del número de cuerpos a formar, de su arma­mento con unos u otros tipos de cazas y de su distribución en las principales direcciones del frente.

 

Casi todas las candidaturas de los jefes de cuerpo las propuso Stalin personalmente y, después de breve discu­sión de sus características profesionales, fueron aprobadas.

 

En el curso de la entrevista surgió también la cuestión de agregar determinados jefes de las Fuerzas Aéreas a los principales frentes para dirigir las acciones de nuestra aviación. Se mencionó al general Judiakov, que se encon­traba a la sazón en el Frente Occidental. Stalin habló bien de el e indicó que Judiakov llevaba mucho tiempo de te­niente general y había que ascenderle a general coronel. Preguntó también por las condecoraciones que poseía Judiakov y se sorprendió de que tuviera pocas; indicó que merecía ser recompensado y propuso condecorarlo con la Orden de Suvórov de segundo grado. Se decidió trasladar al general Judiakov a la dirección de Belgorod donde se espe­raban serias operaciones.

 

Al día siguiente se publicaron en los diarios los decretos que conferían a S. A. Judiakov el grado de general coronel y lo condecoraban con la Orden de Suvórov de segundo grado.

 

Al discutirse otras candidaturas tuvo lugar esta curiosa conversación. Se trataba del nombramiento del jefe de uno de los ejércitos aéreos. Resultó que Stalin no conocía per­sonalmente al candidato propuesto e inquirió:

 

- Bueno, ¡y cómo es el, podrá? ¿Que clase de persona es?

 

El general Vorozheikin, subjefe de las Fuerzas Aéreas, respondió:

 

- Si, es el hombre conveniente.

 

A lo que Stalin objetó:

 

-¿Que significa conveniente? ¿Conoce el oficio?

 

Entonces Vorozheikin añadió varios datos más de cues­tionario.

 

- Yo le pregunto si conoce el oficio.

 

- Si, camarada Stalin, es un hombre honrado.

 

- Deje usted esos epítetos: honrado, conveniente. ¿Que tiene que ver que sea honrado? La honradez sola no basta, también hay tontos que son honrados. Para nosotros lo im­portante es que sea no sólo honrado, sino que conozca el oficio.

 

Después Stalin expresó algunas consideraciones gene­rales sobre el trabajo de organización en el ejército. Dijo que la guerra moderna exige de los dirigentes militares grandes dotes de organización, que un gran jefe militar -un general, el jefe de un frente, de un ejército o de una división- es ante todo un organizador.

 

- A ciertos militares nuestros -dijo Stalin- les gusta dibujar circulitos en los mapas y mover banderitas, señalar el avance de las tropas y confeccionar planes operativos considerando que a eso se limita la actividad de un jefe militar. Pero si no se organiza a los hombres y el mate­rial, esos planes operativos no valen un comino. El jefe moderno debe ser ante todo un organizador de hombres y de material, y no sólo un organizador, sino también un audaz innovador que emplee nuevos métodos tácticos y co­nozca el nuevo armamento. Pero a algunos, como ha mostra­do la experiencia, no les gusta lo nuevo, lo fresco, lo que no está comprobado y siguen el camino trillado desde los tiempos de Ciro el Grande. Hoy a un jefe así no le sale nada. Hoy así no se puede guerrear.

 

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El texto original en ruso se encuentra aqui

 

HR_LeNoir / HR_Ootoito / HR_Grainovich

 
 

 

 

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