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ALEKSANDR SERGEEVICH YAKOVLEV
 
"LA META DE MI VIDA"
 

 

EN FRANCIA E INGLATERRA

 

En el verano de 1936 me enviaron a Francia con otros ingenieros soviéticos a comprar a la compañía Renault aviones de deporte Caudron.

 

Hacía mucho que soñaba con ir a Paris. Y un buen día partimos en tren de Moscú para la capital francesa. Deja­mos atrás a Varsovia, Berlín y Lieja y, por fin, cruzamos la frontera de Francia. Sentimos en seguida un ambiente de cordialidad. Después de los fríos funcionarios hitleria­nos de laridante hablar, como las voces de mandos militares, vestidos de uniforme fascista, con la cruz gamada, que habíamos visto en el trayecto, en Francia nos recibieron con miradas afectuosas y sinceras sonrisas.

 

En contraste, el len­guaje de los franceses nos pareció melódico y armonioso. La misma vegetación, a diferencia de las ciudades alemanas donde la habíamos visto replanteada y repodada, tenía allí un aspecto más natural.

 

Yo había visto Roma, Berlín, Londres y Varsovia, nin­guna de estas capitales europeas poseía el encanto de Paris y no despertaba tanta simpatía en el forastero. Eran también muy agradables las pequeñas villas provincianas fran­cesas con sus tortuosas y estrechas callecitas, sus antiguas casonas, sus numerosos cafés y casas de comidas y la gente alegre que iba y venía por las calles con risas y canciones.

 

Yo había leído mucho de Paris; por eso, cuando reco­rrimos sus lugares notables me pareció que ya los conocía como si los hubiera visto antes.

 

En Paris abunda el verdor. A lo largo de las anchas aceras crecen centenarios y copudos árboles. Los atractivos escaparates de los comercios adornan las calles. Las mesas de los innumerables cafés están dispuestas en las mismas aceras. A determinadas horas del día todas están ocupadas por parlanchines parisienses que llenan la calle de inconte­nible algazara y vocerío.

 

Avanzan en interminable hilera por las calles céntricas torrentes de vehículos de todos los tipos imaginables desde enormes omnibuses de dos pisos y los automóviles más di­versos hasta bicicletas.

 

Deleitándome con la hermosura sin par de la ciudad me encontraba a cada paso monumentos históricos conoci­dos desde la infancia por los libros de Dumas, Balzac y Maupassant. El Arco del Triunfo. Bajo el arco, en la Plaza de la Estrella, la tumba del soldado desconocido. En la lápida funeraria, colocada a ras del suelo, está escrito que allí yace un héroe desconocido, un hijo de Francia. Por un orificio de la lápida brota la llama eterna.

 

Visitamos el Panteón, sepulcro de los prohombres de Francia, construido como un gran templo. Por dentro las paredes del Panteón están cubiertas de frescos de temas religiosos. Una ancha escalera de piedra conduce a un enor­me subterráneo alumbrado con luz azulada. A ambos lados del subterráneo hay nichos con rejas de bronce. Allí están sepultados los pensadores franceses del siglo XVIII Vol­taire y Róusseau y los celebres escritores Victor Hugo y Zola. Allí se encuentra también la urna con las cenizas del socialista francés Jaures, que alzó su voz contra la Primera Guerra Mundial y cayó a manos de un asesino a sueldo.

 

Algunos rincones y construcciones de Paris me parecían bien conocidos, pues su descripción se encuentra a menudo en los libros. La prisión de la Conserjería se menciona en muchas novelas históricas francesas. En la época de la Gran Revolución Francesa se reunió en esta cárcel el tribunal revolucionario que condenó a Luis XVI y a su esposa, la reina María Antonieta. Allí estuvieron recluidos también antes de su ejecución Dantón, Robespierre y otros revolu­cionarios.

 

La Catedral de Nuestra Señora de Paris. Victor Hugo la describe con trazos tan vivos que a mí me pareció haber visto ya antes aquellas torres y ventanas góticas.

 

Estuvimos también en la famosa torre Eiffel, que fue en su tiempo la construcción más alta del mundo. La torre está a la orilla del Sena, casi en el centro de Paris. De lejos parece calada, leve, airosa. En realidad es una enorme construcción de hierro y acero.

 

Me contaron que si se sube a lo más alto de la torre Eiffel en un día de viento se percibe con toda claridad cómo se balancea la torre. Por eso resolvimos subir a la torre eligiendo para ello un día claro, pero ventoso.

 

Los trescientos metros de altura se salvan en tres etapas. Pri­mero se sube en un enorme elevador de ruedas dentadas, luego en otro más pequeño; la torre cuanto más alta, más estrecha es, y, por último, se llega a la cúspide en un as­censor pequeño.

 

Desde la cima de la torre Eiffel se abre una maravillosa vista de Paris y sus contornos. Pero la altura es tan grande que resulta bastante desagradable permanecer junto a la barandilla del balcón superior.

 

Soplaba un fuerte viento. La torre efectivamente se balanceaba y se notaba como oscilaba el suelo del balcón. Para comprobarme yo mismo, me senté en el banco y, a través de la barandilla del balcón, me fije en un punto de la tierra. Este punto se apartaba tan pronto hacia mi derecha como hacia mi izquierda: la cima de la torre se mecía de un lado a otro un metro entero.

 

Pero, si la impresión general que sacamos de Francia, de Paris y de los franceses rebosaba profunda simpatía, el conocimiento de la aviación francesa me desilusionó y hasta me dejó perplejo.

 

Francia está considerada con razón como uno de los países iniciadores de la aviación. En los albores de la aeronáutica contaba con el mayor número de casas constructo­ras de aeroplanos y en el desarrollo de la técnica aviadora mundial desempeñaron un gran papel los constructores franceses Bleriot, Farman, Caudron, Voisin y otros. Las compañías de estos constructores surgieron ya a comienzos del siglo XX. Por el número de aeronaves de nuevo tipo construidas, Francia ocupó en su tiempo el primer puesto del mundo. En Francia vivió y trabajó Eiffel, uno de los fundadores de la ciencia aeronáutica. Todos los primeros congresos de científicos y especialistas en aviación se reu­nieron en Francia. Pero los franceses fueron perdiendo poco a poco su superioridad. En 1936, o sea, tres años antes del comienzo de la guerra con Alemania, el estado de la industria aeronáutica francesa era lastimoso.

 

Visitamos las fábricas de los ingenieros de aviación franceses más conocidos: Bleriot, Renault, Potez y Messier.

 

La fábrica de Bleriot se encuentra en las afueras de Paris. No es grande y está en la orilla del hermoso Sena, rodeada de vegetación. El fundador e ingeniero jefe de la empresa es el héroe nacional de Francia y pionero de la aviación Louis Bleriot.

 

En 1909, Bleriot fue el primero en realizar la travesía de Francia a Inglaterra, por encima del Canal de la Mancha, en un monoplano de su construcción. Fue una con­quista extraordinaria para su tiempo, que causó sensa­ción en todo el mundo. Por eso, como es natural, nos inte­resamos mucho por la personalidad de Bleriot y sus trabajos.

 

Pero la fábrica y la actitud de los medios oficiales de Francia con ese inventor nos produjeron una impresión penosísima. Parte de la fábrica estaba cerrada y algunos talleres no trabajaban a pleno rendimiento. La empresa atravesaba grandes dificultades económicas e iba fene­ciendo lentamente.

 

La Fábrica Renault, sita en el suburbio parisino de Bi­llancourt, nos produjo mejor impresión. En los talleres había más orden, pero la fabricación y el montaje de los aeroplanos también se verificaban con métodos artesanos.

 

El momento de mi llegada a Paris coincidió con el comienzo de una gran huelga en las fábricas Renault que duró casi un mes. Los obreros de aviación reivindicaban mejora de las condiciones elementales de vida.

 

Cada vez que recorría las fábricas de aviación de Francia yo las comparaba con las nuestras. Y con honda satis­facción llegaba a la conclusión de que, por las dimensiones y la calidad de la maquinaria, ninguna de las empresas francesas que yo había visto podía ni compararse con cual­quiera de nuestras fábricas de aviación corrientes.

 

En los años de anteguerra Francia no tenía una clara política en el terreno de la técnica y la aviación militar que permitiera a los diseñadores y a la industria trabajar según un plan firmemente establecido. Se sucedían los go­biernos franceses y con la llegada de nuevos ministros de aviación cambiaba también la política técnica.

 

En Francia predominó largo tiempo el punto de vista de que lo más importante era crear el mayor número po­sible de aviones modelo para elegir los mejores en el futuro. Era un criterio ventajoso para truhanes y aventu­reros de toda laya que se hacían pasar por industriales. Contrataban diseñadores y heredaban una infinidad de nuevos tipos de aparatos, recibiendo para este fin subsidios y do­taciones del Estado.

 

A mediados de los años treinta Francia se ahogaba en la inmensidad de nuevos modelos de aeroplanos y estaba hecha un lio en la elección de los que se podía montar la producción en serie para utilizarlos durante la guerra.

 

El trabajo de los diseñadores había resultado estéril.

 

Tanto en 1936, cuando estuve en las fábricas francesas, como en años posteriores los dirigentes de la aviación de Francia comprendían su retraso del probable enemigo: la Alemania hitleriana. El senador Laurent-Eynac, ex ministro de aviación de Francia, hablaba francamente de la su­perioridad aeronáutica de los alemanes.

 

- Como ha perdido la superioridad en el aire - escribia Laurent-Eynac -, Francia debe plantearse el objetivo más modesto, pero vital, de buscar la paridad con la fuerza aérea alemana o, por lo menos, aproximarse a ella.

 

Pero las palabras no eran respaldadas con hechos.

 

El ministro se lamentaba de que el presupuesto de aviación de Alemania ascendiera a veinte mil millones, el de Inglaterra a dieciocho mil millones y el de Francia fuera sólo de ocho mil millones de francos; de que la industria de aviación alemana tuviera cerca de un millón de obreros en tanto que la francesa sólo tenía cincuenta mil.

 

En Francia se alzaban voces exigiendo que se pasara de producir cincuenta aviones mensuales a fabricar doscientos y hasta trescientos. Para ello se requería montar la gran producción en serie. Laurent-Eynac razonaba continuo:

 

- Para realizar la producción aeronáutica en gran serie es preciso disponer antes de muchos elementos indispensa­bles:

 

1.      Prototipos industriales aptos para ser traducidos en gran número de ejemplares.

2.      Máquinas-herramienta sin las cuales no es posible la producción en gran serie.

3.      Una mano de obra activa.

4.      Una organización de conjunto de la industria aero­náutica especializada por fábricas y talleres que armonice proporcionalmente la producción de motores, aparatos y accesorios.

5.      Empresas industriales bien montadas y organizadas.

6.      Un nuevo clima social y moral.

 

Francia no tenía nada de eso. Y lo que más le faltaba era "un nuevo clima social y moral", pues, como se demos­tró más adelante, los gobernantes franceses estaban más preparados para la capitulación que para la resistencia.

 

Para impulsar la industria aeronáutica se necesitaba tiempo y dinero.

 

Confrontando la producción del automó­vil y del avión, un autor francés indicaba: en fabricar un automóvil Citroen con el motor se gastan 600 horas, en un caza sin el motor de 12 a 15.000 horas, en un bimotor sin los motores 30.000 horas. El automóvil se vende de 20 a 25 francos por kilo y el avión de 500 a 1.000 francos. Es lógico que la producción en masa de automóviles se apoyase en el mercado mientras que para los cazas el mercado lo creaba la guerra. No había que poseer una gran perspicacia para observar que la guerra se iba acercando a los umbrales de Francia, sin embargo, los dirigentes fran­ceses resultaron ser ciegos.

 

Maniobrando en los años de anteguerra, Hitler y Góering solían hablar de los proyectos de limitación del arma­mento aéreo del "eje Berlín-Roma" a fin de que correspon­diera a los efectivos de las fuerzas aéreas franco-británicas. Eso, en realidad, era un engaño. Alemania planeaba y rea­lizaba un programa de dominio en el aire. En las maniobras de los alemanes sólo podían creer los que deseaban ser engañados.

 

En Francia se sostenía una campaña por la producción de cinco mil aviones.

 

Esta campaña se debatía amplia­mente en la prensa para regocijo de Góering, pues en los años 1938-1939, en vísperas ya de la guerra, la producción era de decenas de aviones nada más. Vean ustedes cómo explicaba la situación de la aeronáutica francesa poniendo las cartas sobre el tapete (y delatando un secreto de Esta­do) nada menos que Guy la Chambre, a la sazón ministro de aviación de Francia, en un número de la revista L'Air:

 

- La producción mensual de aviones de guerra, siendo el plan de cien aparatos, alcanzó de enero a agosto de 1938 cuarenta y cuatro, de septiembre a noviembre cincuenta y cinco y en diciembre setenta y cuatro.

 

Durante la permanencia de nuestro grupo de especia­listas en Francia se celebraba en Inglaterra el llamado real desfile aéreo. Era algo semejante a nuestros festivales en el Día de la Aviación. Fuimos todo el grupo por varios días a Inglaterra para presenciar el desfile.

 

Yo visitaba Londres por primera vez y trate de cono­cer sus lugares notables.

 

Recorrimos el famoso castillo de Tower y la no menos famosa abadía de Westminster. Vimos la torre "Big Ben"; con las campanadas de su reloj comienzan las emisiones de la B.B.C. Estuvimos en el Par­lamento, en la Cámara de los Lores y en la de los Comunes. Vimos Scotland Yard, que todos conocíamos desde niños por las novelas de Conan Doyle sobre las aventuras de Sherlock Holmes. Y, por último, hicimos un viaje al castillo de Windsor, residencia campestre de los reyes ingleses.

 

Llegó el día del real desfile aéreo. Se celebró en el aeródromo de Hendon, cerca de Londres.

 

La fiesta de aviación estuvo bien organizada. A pesar de la enorme concurrencia de espectadores no hubo apre­turas. La gente que llegaba encontraba sin dificultad sus sitios y después del desfile se retiraba ordenadamente.

 

Servían de entrada en el aeródromo unos discos pequeños de cartón de distintos colores, en los que se indicaba el sector del campo y la localidad. Este disco se sujetaba con un cordoncito a un botón. Por eso, allí no le pedían a uno la entrada, sino que se limitaban a mirar si llevaba ese disco en la solapa.

 

Inauguróse la fiesta con unas carreras aéreas de avio­nes de varios tipos.

 

Despegaban a un tiempo del aeródromo y seguían un itinerario muy corto.

 

Vencía el primero que llegaba a la meta.

 

Mostraron, entre otros, los primeros aeroplanos de comienzos de nuestro siglo: el biplano de los hermanos Wright, el monoplano de Bleriot y otros aparatos. Me recordaban el primer avión que vi en mi infancia en el campo de Jodynskoe. Parecían más bien estanterías o co­metas de papel que aviones.

 

Se destacó con particular cla­ridad lo primitivos que eran cuando tras ellos aparecieron en el cielo cazas y bombarderos de diferentes tipos, las novedades del último año.

 

Fue interesante la exhibición de acrobacia de cinco cazas. Los ataron entre sí con cintas de banderines antes del despegue. Su vuelo fue tan coordinado que despegaron, ejecutaron todas las figuras de acrobacia de alta escuela y tomaron tierra sin haber roto ni una sola cinta.

 

Ejecutaron también un número muy original.

 

Súbitamente, de cierto refugio enmascarado salió voci­ferando al ancho campo del aeródromo un gran tropel de gente armada, de morena tez, que, por lo visto, represen­taba a árabes. Vestidos con almalafas blancas y cintillo a la cabeza, se abalanzaron gritando contra los espectadores. Por efecto de la sorpresa, hasta dio un poco miedo. Pero en ese momento, por detrás de los hangares, aparecieron avio­nes en vuelo rasante que abrieron fuego de ametralladora y arrojaron bombas pequeñas contra los "salvajes". El espec­táculo resultó muy real. Tableteaban las ametralladoras y en el campo, delante del público, estallaban las "bombas". No quedó un "salvaje" en pie.

 

Al día siguiente, en el aeródromo de la compañía De Havilland, en Hatfield, se organizó una exhibición de los últimos tipos de aparatos, motores, instrumentos y armas de la aviación inglesa, sólo para los representantes oficiales de la industria aeronáutica de varios países.

 

El aeródromo de Hatfield se encuentra a una hora de automóvil de Londres. Es un campo liso de césped con las fábricas y hangares de la compañía en un extremo.

 

La exposición de equipos y armas de aviación había sido montada en los hangares y los nuevos aviones -una veintena- se alineaban en dos filas en el aeró­dromo.

 

Primero recorrimos los hangares y examinamos los stands. Pero lo más interesante fue por la tarde: la exhi­bición de nuevos aviones en vuelo. Cerca de la torre desde donde se transmitía por radio el orden de la exhibición colocaron sillas para los espectadores.

 

Los aviones rodaban hacia la línea de salida uno tras otro con intervalos de varios minutos y se elevaban. En el momento del despegue se colgaba en la torre un cartelón con el nombre de la compañía y el apellido del piloto que tripulaba el aparato. Cuando todos los aviones aterrizaron y cada uno rodó a su sitio se permitió a los espectadores comenzar el examen de los aparatos.

 

Nos mostraron aviones de caza, de bombardeo y de pasajeros. Los ingenieros aeronáuticos de todos los países subimos a los aviones, los examinamos y preguntamos por todo a los pilotos y mecánicos.

 

Entre los cazas había dos nuevos monoplanos: uno de la casa Hawker, el Hurricane, y el otro, llamado Spitfire, la última palabra de la técnica aeronáutica inglesa. Eran los Hurricane y Spitfire, que a los pocos años fueron el soporte de la aviación de caza inglesa en los combates contra los piratas aéreos de Góering cuando Inglaterra fue atacada en 1939.

 

Del Spitfire había entonces un solo ejemplar. Nosotros vimos el primer modelo experimental que se reprodujo posteriormente a millares. No dejaban que los visitantes se acercaran al aparato, pues constituía el secreto militar más reciente de Inglaterra. Habían tendido una cuerda alrede­dor que impedía el paso. Tampoco se daba explicación alguna de este aparato.

 

Y sólo mucho después, ya durante la guerra, me entere casualmente por el periódico Britanski Soyúsnik (El Aliado Británico), que se editaba en Moscú, de que el cons­tructor del Spitfire había sido Reginald Mitchell.

 

Mitchell se dedicó al aeromodelismo desde la infancia y era un enamorado de la aeronáutica. A los veinte años, gracias a su talento; era ya diseñador jefe de una fábrica de aviación: Durante el primer año de labor independiente en el mencionado cargo construyó un hidro para tomar parte en el certamen de la Copa Schneider, competición internacional de velocidad.

 

En su tiempo, el acaudalado francés Schneider, aficio­nado a la aviación, había establecido un premio anual para el aeroplano que volase a mayor velocidad.

 

Participaban en esas carreras la Gran Bretaña, los Estados Unidos, Francia e Italia. Por las condiciones del certamen, el país que ganase tres veces seguidas el trofeo lo adquiriría a perpetuidad.

 

Mitchell construyó para las carreras de 1925 un avión que causó verdadera sensación. La gente vio por primera vez un aparato tan aerodinámico. Pero, momentos antes de salir a la liza, el avión sufrió una avería y no pudo parti­cipar. Este casual incidente tuvo graves consecuencias para el trabajo de Mitchell, pues la casa privada en que servía se negó a facilitarle dinero para que construyera otro apa­rato a fin de participar en las carreras internacionales del año siguiente. Inglaterra pasó dos años sin presentarse a la competición.

 

Sólo en 1927, el mando de la Real Flota Aérea resolvió tomar parte en las carreras y asignó una suma para la construcción de un aeroplano. Mitchell creó un hermoso y veloz aparato.

 

Enardecieronse las pasiones con motivo de las carreras. Mussolini telegrafió a Inglaterra con la jactancia que le era peculiar, diciendo que el trofeo lo conquistaría Italia. Pero venció el avión de Mitchell, que alcanzó la velocidad de cuatrocientos cincuenta kilómetros por hora. El aparato italiano Macchi-Castoldi consiguió cuatrocientos treinta y cuatro kilómetros.

 

Al año siguiente, los ingleses volvieron a ganar el pre­mio. Y otra vez aseguró la victoria un aparato enteramente metálico de Mitchell.

 

La preparación de Mitchell para el certamen del tercer año fue la más difícil: en Inglaterra se había desencade­nado la crisis económica y el parlamento negó el subsidio para construir el avión. Los gastos relacionados con la labor de Mitchell los sufragó esta vez una acaudalada lady.

 

Faltaba ya muy poco tiempo para el comienzo de la competición, y Mitchell resolvió perfeccionar el aparato del año anterior en vez de construir otro nuevo.

 

El avión de Mitchell ganó el premio por tercera vez, alcanzando la velocidad de quinientos setenta y cinco kiló­metros por hora. Para conseguir esta velocidad dotaron el aparato de un potente motor. La forma aerodinámica del aparato era casi ideal, sin la menor pieza saliente, aguda o angulosa. Para disminuir la resistencia los radiadores que refrigeran el motor habían sido escondidos en el revesti­miento del avión.

 

Esta vez los italianos no se atrevieron siquiera a salir a la pista. La Copa Schneider quedó definitivamente en poder de Inglaterra.

 

Mitchell era muy modesto. Al entregarse por entero a la conquista de la supremacía en la competición interna­cional no pensaba en la gloria. Comprendía que la partici­pación en las pruebas le permitiría acumular datos de in­vestigación en el dominio de las grandes velocidades de vuelo, lo que no tardó en ser de utilidad a Inglaterra.

 

En 1934, Mitchell empezó a diseñar su caza Spitfire.

 

Al cabo de dos años este aparato participaba ya, a la par que otros, en una fiesta en el verde campo de Hatfield. Lamentablemente, no pudimos ver a Reginald Mitchell en persona: una grave dolencia lo tenía postrado en el lecho.

 

Mitchell tenía prisa por terminar su caza sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida. Falleció en 1937 cuando su aparato fue admitido para la producción en serie.

 

Spitfire significa ignipotente. Dos años después de la muerte de Mitchell, su Spitfire batía airoso, con el fuego de sus ametralladoras, a los bombarderos nazis que ataca­ban a Inglaterra. Este aparato se convirtió en el caza funda­mental de la flota aérea británica y desempeñó un gran papel en la guerra aérea de Inglaterra con la aviación de Góering.

 

En Inglaterra me informé con particular interés del estado de la aviación ligera.

 

Los ingleses le dedicaban seria atención. La mayoría de los aviones mostrados en la se­gunda parte del festival de Hatfield eran de tipo ligero. Mientras que en Francia prácticamente se dedicaba a crear aviones ligeros la fábrica Renault nada más, los ingleses tenían una serie de empresas, entre ellas la gran fábrica nueva de la casa De Havilland, magníficamente instalada, productora de motores y aviones ligeros. Los aviones lige­ros atendían casi todas las líneas aéreas fundamentales, tanto en las Islas Británicas como en las colonias. Los apa­ratos ligeros de la casa De Havilland se exportaban a casi todos los países del mundo.

 

La impresión general que saqué del viaje a Inglaterra fue que los ingleses habían adelantado considerablemente a Francia en el desarrollo de la industria aeronáutica. En los años de preguerra, los ingleses, además de tener una línea bien pensada por lo que se refiere a la creación de la flota aérea y especialmente de la aviación de caza, con­taban ya con una respetable base industrial.

 

Comparando la aviación inglesa con la soviética llegué al convencimiento de que, desde el punto de vista de la arquitectura general y de la audaz solución de algunos de los problemas más importantes de la construcción de aeronáutica, nuestro país no iba a la zaga de Europa Occidental. Estábamos retrasados en el esmero de la producción, y en la perfección del acabado de ciertas minucias de nuestros aparatos. Teníamos que esforzarnos para subsanar estos defectos.

 

Gracias a http://militera.lib.ru

El texto original en ruso se encuentra aqui

 

HR_LeNoir / HR_Ootoito / HR_Grainovich

 
 

 

 

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