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En
1933, una escuadrilla de hidroaviones italianos tipo Savoya-Marchetti-55,
al mando del general Balbo, visitó Odesa. Un año después se devolvió
la visita, enviando a Italia tres bombarderos pesados TB-3 con un
grupo de aviadores, mecánicos e ingenieros. Encabezaban la
expedición R. Eideman y A. Todorski, jefes de cuerpo. Yo emprendí mi
primer viaje al extranjero como miembro de una de las tripulaciones.
La ruta del vuelo era Moscú-Kiev-VienaRoma.
Preparamos el TB-3 para el vuelo de una manera ejemplar. Los
potentes motores soviéticos M-6 funcionaban irreprochablemente. Los
pilotos y mecánicos estuvieron atareados en sus aparatos hasta
avanzada la noche comprobando hasta el menor detalle.
EI día
del despegue por la mañana temprano nuestros aviones gigantes se
hallaban en la línea de salida del Aeródromo Central de Moscú. Subí
por la escala a la escotilla de la nave -así acostumbran llamar los
especialistas de aviación a los aviones pesados- y observe por la
ventana de la cabina cómo rodaban y luego ganaban altura el primero
y el segundo avión. Tras ellos arrancó fácilmente nuestra nave con
suave zumbido de motores.
El
jefe de pista había levantado ya el banderín dando permiso para el
despegue cuando de repente se oyó un estampido ensordecedor. Sentí
que nuestro aparato se inclinaba sobre el ala derecha. A los pocos
segundos se aclaró que había reventado el neumático de una rueda de
la parte derecha del tren de aterrizaje. Era preciso cambiarla. Pero
cambiar una rueda del diámetro de la estatura de un hombre no es
una cosa tan sencilla. Se necesita tiempo. Estuvimos varias horas
nerviosos mientras los mecánicos trajinaban con los gatos y ponían
un tren de aterrizaje nuevo, traído de la fábrica.
Al
fin, todo estuvo listo y emprendimos el vuelo.
Por
culpa del malhadado neumático nuestra nave arribó a Kiev con gran
retraso y el vuelo a Viena, proyectado para todo el grupo, hubo que
aplazarlo para el otro día.
A la
mañana siguiente debíamos volar directamente a Viena sin escala.
Pero en las estribaciones de los Cárpatos los aviones se vieron
sorprendidos por un viento malísimo. Soplaba un ventarrón
intermitente y jirones grises de nubes pasaban en varios pisos
rozando la tierra. La lluvia anegaba los cristales de las cabinas.
Teníamos que ir a la mínima altura en vuelo rasante. Era arriesgado
abrirse paso hasta Viena a través de los Cárpatos con aquel tiempo.
Por eso resolvimos hacer escala en Cracovia.
Los
aviadores polacos nos dispensaron un cálido recibimiento y nos
agasajaron a cuerpo de rey. Conversamos con ellos sobre toda clase
de temas de aviación. No se cansaban de admirar nuestros TB-3, que
causaron enorme impresión.
Al
otro día por la tarde mejoró el tiempo. Se determinó volar a Roma
sin pasar por Viena.
Abandonamos a los hospitalarios anfitriones del aeródromo de
Cracovia. Pasamos sin novedad los Cárpatos y Austria. Atravesamos
los Alpes a cuatro mil metros de altura.
Es
difícil describir la hermosura y grandeza del paisaje alpino:
montañas cubiertas de tupidos y frondosos bosques, angostos cañones,
cumbres nevadas.
El
panorama cambió rápidamente: tras los Alpes apareció la verde
depresión de Lombardia y, por último, el Mar Adriático, sereno y
azul, con la ciudad de Venecia construida en el mar. Luego otra vez
el Llano; después la cordillera de los Apeninos, que se extiende a
lo largo de toda la península de norte a sur. Finalmente, Roma, a
donde llegamos ya oscurecido.
En
Ciampino, el aeródromo principal de Roma, nos esperaba un pomposo
recibimiento. Había representantes del mando de la aviación
italiana, generales y oficiales con uniformes de gala, diversos
diplomáticos y, como es natural, el personal de la embajada
soviética en Italia, encabezado por el embajador V. Potiomkin. Una
banda de música ejecutó La Internacional. Terminadas las ceremonias
nos llevaron en automóviles al mejor hotel de Roma.
Nos
alegramos de haber llegado por la noche, pues nos sentíamos
cohibidos por nuestros "monos" arrugados. La oscuridad lo planchó
todo. Nuestra indumentaria de campaña no llamó la atención.
Este
primer viaje de servicio al extranjero lo emprendí cuando menos lo
esperaba. La víspera me dijeron:
-
Mañana vuelas.
No
tuve tiempo de prepararme como era debido y volé en traje de
paisano. Los demás componentes de la delegación tenían uniformes
militares: el blanco de verano, el azul de gala y el caqui de
trabajo. Al otro día se mudaron de ropa, poniéndose uniformes
iguales y su aspecto era excelente, a cual más gallardo.
A
nuestra llegada, los italianos habían preparado un detallado
programa de recepciones, visitas y excursiones a lugares memorables
de Italia, así como a institutos y fábricas de aviación y
establecimientos de enseñanza aeronáutica. Según este programa,
calculado para diez días, empezaron a enseñarnos a un ritmo
vertiginoso la aviación italiana y los lugares notables del país.
Todo había sido meditado y previsto; querían mostrarnos los
monumentos antiguos y las obras de arte, las fábricas y los
aeródromos. Todo se hacía con el firme cálculo de maravillarnos y
seduciros.
Italia
no fue nunca un país avanzado como potencia aérea, aunque el
Gobierno de Mussolini tomaba todas las medidas para causar la
impresión necesaria.
En
aquellos años dominaba entre los militares italianos la llamada
doctrina de Douhet. El general italiano Douhet predicaba que en la
guerra el papel principal y decisivo lo desempeña el ejercito aéreo.
Consideraba que si un país disponía de una potente aviación tenía
asegurada la victoria sobre cualquier Estado más débil en este
aspecto.
En
realidad, claro está, la cosa no es así lo fundamental son las
fuerzas armadas terrestres. Es imposible conseguir la victoria
solamente con medios aéreos. Pero hasta la segunda guerra mundial
Mussolini estuvo obsesionado por la doctrina de Douhet y trataba de
demostrar que la aviación italiana respondía precisamente a esta
doctrina. El Gobierno de Mussolini estimulaba generosamente toda
clase de records y vuelos deportivos, asignaba crecidas sumas a
diseñadores y aviadores para organizar vuelos transatlánticos, no
escatimaba dinero en la fundación de institutos y aeródromos
"ejemplares". Por eso el Instituto de Investigación y
Experimentación Científica de la Flota Aérea en Montecelio fue el
primer número del programa que mostraba la fuerza de la aviación
italiana.
Ya el
primer día, por la mañana temprano, nos llevaron en autobuses
enormes al aeródromo de Montecelio. En aquel tiempo estaban
terminando la construcción del Instituto, de sus instalaciones
experimentales y laboratorios. Pero, no obstante, lo que vimos era
testimonio de la gran atención que se dedicaba en Italia a los
trabajos científicos de aeronáutica.
La
mayoría de los aparatos que vimos en Montecelio, incluyendo las
últimas novedades, por su esquema no eran nada original. Los
constructores de aviones italianos mejoraban consecuentemente los
detalles de modelos ya conocidos. Este fue el camino por el que se
desarrollaron los aviones Fiat y Caproni, de las principales firmas
productoras de aviones en Italia.
En
plena visita a los laboratorios nos comunicaron que seriamos
recibidos en audiencia por Mussolini, a la sazón, además de jefe del
Gobierno italiano, ministro de aviación.
Al día
siguiente visitamos el aeropuerto civil Litorio, de Roma.
En el
interior entre recepciones y excursiones recorríamos con gran
interés los lugares notables de Roma. En Italia se cuida y conserva
cuidadosamente la antigüedad no sólo porque los italianos veneran la
grandeza de sus antepasados y se prosternan ante las valiosísimas
obras de arte que crearon, sino también principalmente porque estos
monumentos son una fuente de ingresos que atraen a Italia a
millones de turistas del mundo entero.
El
viaje de regreso de Roma a Moscú lo realizamos en los mismos aviones
TB-3. Hicimos escala en Viena. Antes de que nuestras aeronaves
tomasen tierra, la policía había acordonado el aeródromo de esta
capital. Apenas salimos de las cabinas de los aparatos nos exigieron
a todos la documentación. A excepción de los representantes de la
embajada soviética y de la TASS, no dejaron que se acercara nadie a
los aviones. Sin embargo, al descender, habíamos visto ya desde el
aire a una infinidad de gente corriendo por las calles que llevaban
al aeródromo.
Posteriormente nos enteramos de que el aeródromo estaba en
Florisdorf, barrio obrero de Viena, donde se había producido poco
antes una insurrección antifascista, que fue sofocada por la policía
y el ejército.
Llegamos en domingo y, al ver sobre la ciudad a poca altura a las
gigantescas aeronaves soviéticas con estrellas rojas en las alas,
los obreros echaron a correr para recibirnos. La policía apartaba a
la gente de los autobuses que nos habían preparado, pero
inútilmente. La multitud rompió el cordón policial y nos rodeó. Los
que estaban más cerca nos estrechaban la mano y nos daban palmadas,
en la espalda. No sólo las mujeres, algunos hombres lloraban también
sin avergonzarse. Varios audaces, sin hacer caso de la policía, que
corría enfurecida por el campo, gritaban ¡Rot front! y levantaban el
puño cerrado.
Los
automóviles avanzaban lentamente por las calles, a petición nuestra.
Muchos obreros corrían detrás o nos seguían en bicicleta, gritando
ya valientemente ¡Rot front! y agitando banderitas rojas.
Este
inesperado recibimiento nos produjo honda impresión, conmoviéndonos
hasta lo más profundo de nuestro ser.
Permanecimos en Viena veinticuatro horas nada más, pero fueron
suficientes para que nos diéramos cuenta de las "delicias" del
régimen fascista que se acababa de implantar en Austria. Viena,
ciudad europea de intensa vida, la "alegre Viena", causaba una
impresión sombría y penosa. La urbe parecía encontrarse en estado de
sitio. Los edificios públicos y las residencias de los cabecillas
fascistas tenían una vigilancia reforzada y estaban cercados con
alambradas. En muchas casas se veían aún huellas de los recientes
combates. Hacía poco que se habían tapado los boquetes de los
proyectiles y daban la impresión de heridas recientes. Algunas casas
habían sido derruidas del todo por el fuego de la artillería. La
mayor parte de los comercios estaban cerrados. El aspecto de las
calles era desolado, apenas se veía gente.
De no
haber sido por la manifestación de ardiente simpatía que nos
tributaron los obreros austriacos, nos habría quedado el más
desagradable recuerdo de Viena.
Se
fijó la salida de la escuadrilla a temprana hora del día siguiente a
las cinco de la mañana. No sé cómo se enterarían los vecinos de los
barrios colindantes, pero ante la verja del aeródromo se aglomeró un
enorme gentío. Muchas mujeres se habían puesto blusas o tocas
rojas. Los intentos de la policía de disolver a los que se habían
congregado para despedirnos, no surtieron efecto alguno.
Los
aparatos, uno tras otro, rodaron por el aeródromo. En el mismo
instante, la mayoría de los hombres y mujeres que se apiñaban ante
la verja agitaron en las manos banderitas, tocas y pafluelos rojos,
saludando al lejano Moscú.
Resumiendo, durante la estancia en Italia hicimos muchas
excursiones interesantes y vimos una infinidad de cosas curiosas.
Sacamos la impresión de que Italia es un país de una naturaleza
extraordinariamente pintoresca, un país con un gran pasado histórico
y habitado por un pueblo jovial, vivo y simpático. En lo que se
refiere a la aviación italiana, objeto de particular interés por
nuestra parte, el viaje nos dio bien poca cosa.
En
1935 se preparaba en Milán la Exposición Aeronáutica Internacional
a la que yo tenía grandes deseos de ir y esta vez yo mismo tome la
iniciativa y lo solicite.
En
septiembre de 1935 me mandaron a dicha Exposición con un grupo de
ingenieros soviéticos entre los cuales se hallaban los diseñadores
N. Polikárpov y P. Sujóy.
La
Exposición de Milán de 1935 fue muy modesta, tanto por el número de
participantes como desde el punto de vista de la calidad. Los
Estados Unidos e Inglaterra no concurrieron. Polonia, Alemania y
Francia tuvieron una representación muy limitada, varias firmas
nada más.
La
sección más completa de la Exposición era la italiana. Los
italianos presentaron la construcción de motores y aviones, aparatos
de navegación, toda clase de instalaciones, armamento,
infraestructuras de aeródromo y hasta indumentaria de vuelo.
Italia
exhibía casi todo lo que se producía entonces en sus fábricas, desde
pequeños aeroplanos turísticos y deportivos de cien o ciento
cincuenta caballos, que pasmaban por lo bien terminados (Breda-79 y
Caproni), hasta bombarderos bimotores y trimotores y hermosas
aeronaves de pasajeros Savoya, Fiat y Caproni.
Recuerdo un hidroavión de carreras Macchi-72 con motor de 3.100 HP,
un Fiat en el que el piloto Agello había establecido el record
mundial de velocidad -setecientos diez kilómetros por hora- y el
avión Caproni del piloto Donati.
El
éxito de la Exposición fue un monoplaza deportivo francés azul
marino Caudron-460.
Los
diseñadores y productores lograron alcanzar con un motor de
potencia insignificante -trescientos sesenta caballos nada más-
excepcionales cualidades de vuelo, entre ellas la velocidad de 505
kilómetros por hora, record mundial para aviones terrestres.
Causaba admiración la superficie del aparato, lisa, pulida,
excelentemente terminada, sin el menor detalle que sobresaliera.
El
aeroplano tenía un diseño extraordinariamente sencillo y había sido
construido por completo de madera. La creación del Caudron-460 era
fruto de muchos años de trabajo conjunto de las firmas Caudron y
Renault sobre un tipo de avión y motor consecuentemente
desarrollado.
Examinamos con gran interés los potentes motores de fama mundial
Hispano-Suiza y los motores ligeros Bengali, de la casa Renault.
La
sección alemana reflejaba el excepcional interés por la preparación
de pilotos, que con tal febril premura se realizaba entonces en la
Alemania fascista.
Debo
reconocer que esperábamos ver más en Milán. A juzgar por la
Exposición, las velocidades máximas de los cazas por término medio
no pasaban de los cuatrocientos kilómetros a la hora y la de los
aviones de exploración y bombardeo era de trescientos a trescientos
cincuenta. Seguramente no se exhibieron las últimas novedades.
Si en
las anteriores exposiciones internacionales nos quedábamos
boquiabiertos y admirábamos ingenuamente la perfección de la técnica
aviadora occidental, ahora varios aviones y motores nuestros,
expuestos en el stand soviético, eran bastante superiores por sus
cualidades a los aparatos análogos de los países capitalistas. Por
eso el pabellón soviético gozaba de particular éxito entre los
visitantes.
Junto
a algunas de nuestras muestras, por ejemplo, el caza I-16, el avión
Stal-3 o el motor M-34, se agolpaba constantemente la gente y no
sólo simples curiosos, sino sobre todo ingenieros, técnicos y
aviadores.
Nuestros progresos en la producción de aviones estaban a la vista.
Esto sorprendió tanto a muchos especialistas, incluso de los que
tenían una actitud benévola para con nuestro país, que dudaron del
origen soviético del motor M-34. Y no hablemos ya de los que acudían
al pabellón soviético especialmente para buscar defectos e
imperfecciones.
Un
ingeniero fascista alemán se presentó con un grupo de estudiantes y
no tuvo reparo en "criticar" así el Stal-3, una de nuestras muestras
más interesantes.
-
Sería un aparato interesante si volase, pero como no se ha logrado
resolver por ahora el problema de crear un avión de acero inoxidable
soldado ni siquiera en los países capitalistas, con mayor razón no
admito que lo haga la URSS. Esto es una maqueta de exposición -dijo
el especialista alemán de un aparato que se explotaba en las líneas
aéreas de la Unión Soviética.
La
mayoría del público manifestaba sincero interés y simpatía por
nuestras muestras. Muchos obreros preguntaban quien había creado
nuestros motores y aviones, quienes eran los diseñadores y
constructores de los aparatos, si eran viejos especialistas o todo
aquello era obra de jóvenes.
Además
de la Exposición nos ofrecieron la posibilidad de visitar las
fábricas de automóviles, de motores de aviación y de aviones Fiat y
las fábricas de aviones Caproni, Savoya y Breda. Todas estas
fábricas a excepción de la de automóviles Fiat, entonces una de las
más grandes de Europa, eran una serie de pequeñas empresas. Habían
ido creciendo poco a poco de talleres artesanos construidos antes de
la guerra imperialista. Un caso típico en este aspecto era la
fábrica del ingeniero Caproni, el constructor más viejo de Italia.
Las
fábricas de aviación italianas crecieron mucho durante la guerra
con Abisinia. En ese periodo se acusó una extraordinaria animación
en las fábricas Caproni y Fiat, pero se construían aeroplanos de
anticuado diseño, surgido cuatro o cinco años antes, cosa que nos
sorprendió sobremanera. Caproni nos lo explicó así:
- Para
la guerra con Abisinia no hacen falta aviones más modernos. ¿Para
qué gastar dinero inútilmente?
Pero
nosotros no dudábamos de que aunque hubieran necesitado tales
aviones no es probable que los italianos estuvieran en condiciones
de fabricarlos. Esto se confirmó al cabo de varios años, durante la
segunda guerra mundial.
La
aviación de combate italiana era bastante más débil en velocidad,
altura y armamento, y no hablemos ya en número, que la de otros
países.
Con la
visita a las fábricas Fiat y Caproni terminó nuestro conocimiento de
la industria italiana. No había más empresas grandes de aviación.
Por eso pasamos a recorrer los históricos lugares memorables de
Milán, sumándonos a la infinidad de turistas de todo el orbe que
inundan Italia.
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