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ALEKSANDR SERGEEVICH YAKOVLEV
 
"LA META DE MI VIDA"
 

 

EL CUMPLIMIENTO DEL SUEÑO

 

El progreso de la aviación lucha por la velo­cidad, distancia y altura de vuelo y capacidad de carga acompañado de un incesante crecimiento de la potencia de los motores.

 

Los primeros aeroplanos del comienzo de nuestro siglo tenían motores de 25 ó 30 HP. Pero ya a mediados del segundo decenio, cuando el avión encontró amplia aplicación en la guerra mundial de 1914, la potencia de los motores de aviación crece a saltos agigantados. En los primeros tiem­pos de la guerra se empleaban aviones con motores de 40 a 60 HP y a su terminación los motores eran ya de 250 a 400 HP.

 

Pasaron unos diez años y en el otoño de 1927 el hidro­avión ingles Supermarine, que estableció en las competi­ciones internacionales de aviación en Italia el record de velocidad - 453 kilómetros por hora - tenia ya un Motor Rolls-Royce de 900 HP.

 

Se comprende que la potencia de los aeroplanos de gue­rra se aumenta para conseguir la máxima velocidad, el mayor techo de vuelo y otras varias cualidades tácticas. Aquí lo económico de la explotación y la baratura del aparato no es lo principal. Pero una esfera de la aviación como el de­porte aéreo necesitaba un aparato de Motor liviano y eco­nómico.

 

EI deporte aéreo, que se desarrolló ampliamente después de la primera guerra mundial casi en todos los países de Europa, no podía contentarse con los aviones de guerra que existían en aquel tiempo. Por eso a principios de los años veinte se torna a los aviones de Motor poco potente, tra­tando de mejorar sus cualidades de vuelo sobre todo perfec­cionando las propiedades aerodinámicas del aparato.

 

Para la red de aeroclubs y de escuelas civiles de avia­ción se necesitaban aparatos que no fueran aéreos, sencillos por la construcción y baratos en la explotación. Y así empe­zaron a aparecer aviones pequeños con motores de 18, 30, 60 y 100 HP que satisfacían precisamente estas deman­das.

 

Gracias a su baratura, pequeño tamaño, a la existencia de doble mando, a la máxima sencillez del entretenimiento y al poco peso, con una velocidad de 150 a 200 kilómetros por hora, estos aviones obtuvieron amplia difusión en todo el mundo.

 

Pero el uso de aviones de pequeña potencia no quedaba limitado a los clubs y escuelas. Se utilizaban también en la aviación militar como aparatos de enlace y para el en­trenamiento de los pilotos.

 

En la URSS el nacimiento de la aviación de pequeña potencia se puede datar en los años 1924-1925 cuando el interés por el deporte aéreo, despertado por el desarrollo en masa de los vuelos sin Motor, se apoderó de un amplio sector de dirigentes del ejercito y de la aviación.

 

En 1926 varios círculos de distintas ciudades del país construían simultáneamente aviones deportivos de Motor liviano. El primero que se produjo fue mi biplano de dos plazas AIR-l, con Motor Cirrus. Este avión, construido en la Academia Militar de Aviación, fue ejecutado con mayor cui­dado que los anteriores. Y cuando se aclaró que poseía bue­nas cualidades de vuelo, pilotado por Piontkovski, fue en­viado a un vuelo por el itinerario Moscú-Sebastopol-Moscú.

 

La historia de este avión, que decidió mi destino, es la siguiente.

 

En 1924, al ver mi planeador en el aire en las compe­ticiones de Crimea, perdí el sosiego. Quise construir un aero­plano. Decidí proyectar una avioneta, algo así como una motocicleta aérea monoplaza con un viejo Motor Anzani de los de antes de la revolución.

 

Esta vez pedí consejo a Vladimir Pyshnov. Lo mismo que Iliushin, estudiaba en la Academia Militar de Aviación y los dos me habían ayudado mucho al proyectar mi pla­neador. En aquel tiempo Pyshnov tenia ya fama de ser buen conocedor de la aerodinámica. Me recomendó que proyec­tase una avioneta biplaza con un motor más potente.

 

- Un aparato así hace más falta que el monoplaza -dijo-, se podrá utilizar para los vuelos de aprendizaje.

 

Después de pensarlo mucho, empecé a proyectar una avioneta biplaza con un motor de sesenta caballos. Resultó una empresa muchísimo más difícil y seria que el diseño del planeador. Tuve que estudiar profundamente la teoría de la aviación, el cálculo de resistencia mecánica de los aviones, la resistencia de los materiales y otras ciencias especiales. Leyendo revistas empecé a ponerme al corriente de los últi­mos adelantos de la aeronáutica; en la medida de lo posible, visitaba fábricas de aviación y observaba cómo se trabajaba en ellas.

 

Por aquel entonces estuve la primera vez en el "cemen­terio" de aviones. Se encontraba en un barranco, lleno de aeroplanos destrozados, que había en el lugar donde hoy se yergue el edificio del Aeropuerto de Moscú. Los aparatos que sufrían un accidente y quedaban inservibles eran arroja­dos al barranco. En tres lustros habianse acumulado allí los restos de centenares de aviones de los más diversos di­seños.

 

Escarbe con fruición entre los restos de los aparatos y, más que dedicarme a recoger piezas hechas que sirvieran para mi avioneta, analice la construcción de diferentes aero­planos. Para un proyectista novel ello suponía una verdadera universidad, aunque bastante original. Me llamaba la aten­ción un aeroplano roto y quería desentrañar el carácter de la rotura. Meditaba en las causas de la destrucción, en los puntos flojos de las piezas.

 

Los cálculos y el diseño de los planos de la avioneta me ocuparon cerca de un año. Terminada esta labor y aprobado el proyecto por la comisión técnica de la Osoaviajim*, (* Sociedad patriótica voluntaria para el robustecimiento de la ca­pacidad defensiva del pais. (N. del Trad.)) se consiguió una suma de dinero recolectado por los pioneros de Moscú para la construcción del aparato.

 

Construyeron la avioneta mis compañeros mecánicos del destacamento de vuelo de la Academia, con Batia Demesh­kevich al frente, y contramaestres de la fábrica de aviación. Ocho meses se tardó en construirla. En ese tiempo me quede extenuado. Tenía que trabajar en las horas libres de servicio. El día lo pasaba en la escuadrilla, en el aeródromo; y, después de las cinco, hasta las once de la noche, me dedicaba a la avioneta. Me veía obligado a ser no sólo el proyectista, sino a desempeñar las funciones de delineante, cajero y administrador. Mas, por extenuador que fuese el trabajo, me producía una gran satisfacción.

 

En toda empresa nueva, cuando no está excluido cierto riesgo, hay benevolentes y malevolentes. Yo contaba con abnegados benevolentes (Pyshnov, Iliushin y otros camara­das), que me apoyaban con su experiencia y palabras alen­tadoras; sin embargo, hubo también otros que, no se si seria por antipatía personal o, sencillamente, por su forma de ser, quisieron impedirme que ejecutara mi empeño, infundiéndome dudas.

 

Una tarde K. Baránov, jefe de la sección de estudios de la Academia, se me acercó y comenzó la siguiente conver­sación:

 

- Creo, camarada Yákovlev, que usted no tiene ningún fundamento para construir un avión. No posee instrucción ni experiencia. Y, sin embargo, le han concedido mucho dinero para construirlo. Además, no olvide que el avión deberá manejarlo un hombre. ¿Está usted seguro de que el piloto no se estrellará? Yo en su lugar renunciaría a tal empresa. Tenga en cuenta que puede terminar mal...

 

Me llevé un gran disgusto. Claro, yo no tenia terminada la Academia de la Flota Aérea, pero ¡cuántas noches me había pasado estudiando libros y manuales! ¡Cuántas vueltas le había dado al asunto reflexionando!

 

El aparato se construía en la gran sala del laboratorio, que se encontraba en el que fuera restaurante de Skalkin, donde está hoy el club de la Academia. Por esta sala pa­saban continuamente alumnos y profesores de la Academia y observaban con interés nuestro trabajo. Algunos se detenían, examinaban largo rato las piezas y hacían todas las preguntas imaginables.

 

Un alumno de la Academia escribió una denuncia a la Osoaviajim en la que exponía que el cálculo de una pieza del grupo de sujeción de las alas, a su modo de ver, era inexacto, estaba mal, y que durante el vuelo se rompería la pieza. Este alumno no me dijo a mi una palabra, sino que decidió "desenmascararme" en seguida. Me hicieron comparecer ante la célula de la Osoaviajim, donde me some­tieron a un verdadero interrogatorio.

 

Me desalenté. Se apoderó de mi la duda, desconfié de la solidez de la estructura del aparato. "Efectivamente -pensé-, me critica un estudiante de un curso superior de la Academia, una persona que posee ya algunos conocimien­tos. ¿No tendrá razón?"

 

Fui a ver a Pyshnov. Este comprobó los cálculos, lo examinó todo atentamente y dio una conclusión por escrito en la que decía que el respondía de la resistencia del aero­plano. Eso ejerció una influencia decisiva en el destino de la avioneta y me dejaron que la terminase.

 

El 1 de mayo de 1927 el aparato estaba listo y lo tras­ladamos al aeródromo. Fijamos el primer vuelo de prueba para el día 12 del mismo mes.

 

El día de las pruebas se reunió mucha gente en el campo. La avioneta produjo buena impresión a todos: pequeña, blanca, brillando al sol el reciente barniz. Casi nadie ponía en duda que remontaría el vuelo.

 

El piloto Piontkovski subió a bordo. Llegó el momento decisivo para el aparato y para mi. Tras de probar el motor unos minutos, Piontkovski rodó la avioneta para cerciorarse de que obedecían los mandos. Luego se dirigió a la pista de despegue. El ayudante del jefe de pista agitó el banderín: se podía echar a volar.

 

;Gases a fondo! El avión arrancó del sitio, rodó por la hierba y despegó con ligereza. Se fue elevando cada vez más. Luego el piloto dio varias vueltas en torno al aeródromo y aterrizó sin novedad.

 

Todos me felicitaron, me abrazaron, me estrecharon la mano, me desearon nuevos éxitos. Sentía que había ren­dido el primer examen para proyectista. Me pareció el día más feliz de mi vida. ¿Podía pensar entonces que aún conocería muchos días como aquel?...

 

Tras el primer vuelo el aparato fue sometido a pruebas de velocidad y altura durante dos semanas. Volaba muy bien: tenia estabilidad y era de sencillo manejo. Piontkovski y yo propusimos realizar un vuelo deportivo por el itinerario Moscú-Járkov-Sebastopol-Moscú. Yo decidí participar como pasajero.

 

Cuando se discutió nuestra propuesta en la comisión de grandes vuelos soviéticos, su presidente, S. Kámenev, no quería de ninguna manera consentir esta travesía. A Piont­kovski y a mi nos tenían por locos. ¿Cómo se podía volar a Sebastopol en una avioneta, y los dos además? A todos les cohibía la producción artesana del aparato, construido por el circulo de motoristas de la Academia Militar de Aviación. Mas, a pesar de todo, después de largas vacilaciones, fue aprobado el vuelo y se fijó la salida para el 9 de junio de 1927.

 

Los preparativos se llevaron mucho tiempo, revisábamos hasta las menores piezas y probábamos todos los mecanis­mos, tanto en el aire como en tierra. Dedicábamos la aten­ción principal al motor, pues de el dependía el éxito de la empresa. Nos dio muchos dolores de cabeza hasta conven­cernos de su seguridad. El motor funcionaba exacta y rítmicamente.

 

9 de junio. La una de la madrugada. Reina todavía la oscu­ridad. Temblamos de frío. Abrimos el hangar y sacamos nuestra blanca ave AIR. Llegan en automóviles represen­tantes de la Osoaviajim, corresponsales de prensa y las per­sonas que vienen a despedirnos. Los mecánicos ejecutan callados los últimos preparativos, revisan las piezas más im­portantes y prueban el motor.

 

Piontkovski recibe el parte meteorológico de la ruta. Es desconsolador. Lluvias y tempestades por todas partes. Tras una breve conferencia decidimos volar a pesar de todo.

 

Nos ponemos los trajes de vuelo, los cascos y las gafas y montamos en la avioneta. Yo estoy sobre ascuas sentado en la cabina y no oigo lo que dice en su discurso de despedida el secretario de la comisión de vuelos.

 

El cielo se va poniendo gris y en el horizonte surgen entre las nubes unas franjas blancas. Miro el reloj: las dos en punto.

 

- ¡Es la hora! - Digo al piloto - ¿Preparado?

- Todo en orden.

Nos cruzamos las palabras de rigor:

- Contacto.

- Hay contacto.

 

Y ya no oigo nada más que el ruido del motor. Veo como sonríen los que nos rodean y hacen adiós con las manos. El Motor acelera las revoluciones y nosotros, meciéndonos y saltando por los altibajos del aeródromo, rodamos hacia la pista de despegue.

 

Recorridos unos trescientos metros viramos. ¡A todo gas! La avioneta da unos saltitos y por fin despega y gana sua­vemente altura. Ruge el motor y la hélice corta la niebla del amanecer, arrojándonos a la cara jirones de aire húmedo. Abajo Moscú dormido parece cubierto por una gasa, par­padean mortecinas las luces, no se divisa ningún movi­miento. El río Moscova serpea como una cinta negra.

 

Examino con atención el terreno que se desliza lenta­mente y observo que hemos salido al ferrocarril de Kursk. Abajo negrea como una culebra un tren de mercancías, parece que no se mueve del sitio y sólo por la estela de humo blanco que va dejando se ve que está en marcha.

 

A la altura de Serpujov Piontkovski me pone la mano sobre el hombro y me señala con la cabeza delante unos nubarrones grises y una densa cortina de lluvia. Pronto sien­to en el rostro las gotas punzantes. Al cabo de un minuto estamos rodeados de nubes y lluvia. Probamos a rodear la tempestad por un lado, pero no resulta nada: dondequiera que nos metemos no hay más que lluvia y nubes bajas. La tierra se ve cada vez peor, no hay ninguna esperanza de que escampe. ¡Que desagradable! ¿Se frustrará el vuelo?

 

De pronto percibo un viraje en redondo. Me vuelvo a Piontkovski, que menea decepcionado la cabeza como dicien­do: no hay más remedio, regresamos. A los cuarenta minutos volvemos sin novedad al aeródromo de Moscú. Así terminó nuestro primer intento.. .

 

Despegamos por segunda vez al cabo de tres días tras esperar un tiempo más consolador.

 

La salida ha vuelto a ser fijada para las dos de la madrugada. Todo marcha a pedir de boca. EI tiempo es espléndido. El motor funciona de un modo ideal, zumba como una máquina de coser.

 

No hay premio que se pueda comparar con el senti­miento de satisfacción que uno experimenta en el aire, en un avión en el que todo, hasta el último tornillo, es fruto de su ingenio.

 

Al acercarnos a Tula contemplo la salida del sol, que se eleva sobre el horizonte con gran rapidez. Los rayos solares, reflejándose en el barniz de las alas, nos deslum­bran. Poco a poco se despierta la tierra. Llegamos ya a Kursk cuando delante se alza de nuevo una barrera de nubes. Al cabo de unos minutos nos vemos rodeados de nubes como la primera vez. Para no perder la tierra, des­cendemos por debajo de las nubes. Llovizna. Cuanto más avanzamos, más bajas son las nubes. ¿Será posible que no lleguemos al fin de nuestro vuelo?

 

Descendemos casi a ras del suelo, vamos a la altura de cincuenta o setenta metros. Volamos tan bajo que espan­tamos a un rebano de ovejas. Al sobrevolar las aldeas vemos a la gente, mirando sorprendida al cielo. Cerca de una aldea unos chiquillos intentan apedrearnos y lanzarnos palos. La velocidad del avión, que no se nota a gran altura, se deja sentir ahora de veras. Pasan raudos árboles, casas, sembrados...

Comenzó un violento balanceo. El aparato era lanzado a todos lados hasta el punto de que yo saltaba del asiento. Yo temía que nuestra avioneta se hiciera pedazos: volába­mos sin paracaídas, que entonces eran todavía una rareza. Por suerte, quedaban no más de cincuenta o sesenta kiló­metros hasta Járkov, unos veinte o treinta minutos de vuelo.

 

Casi a la altura de Járkov el motor, que funcionaba magníficamente, empezó a fallar: seguramente algunas gotas de lluvia habían entrado en el carburador. Piontkovski no se desconcertó, metió todo el gas, el agua se filtró y el motor volvió a funcionar rítmicamente. A los cinco minutos, después de haber permanecido cinco horas y media en el aire, aterrizamos en el aeródromo de Járkov.

 

No se sabe de dónde llegó corriendo la gente. Los fo­tógrafos y corresponsales empezaron a preguntarnos: "¿Que tal?", "¿Cómo han ido las cosas?", "¿Quien de ustedes es el diseñador?", "¿Quien es el piloto?". Nos feli­citaban, fotografiaban y... se admiraban.

 

Entregamos el aparato al mecánico con el fin de que lo preparase para el resto del camino y nos fuimos a descansar.

 

Al cabo de cuatro horas estábamos otra vez en el aire. EI tiempo había despejado, el aire era tranquilo y a la altura de 600 metros la avioneta hacia 135 kilómetros por hora.

Después de cuatro horas de vuelo apareció la tersa superficie del mar azul, sobrevolamos Perekop. A pesar del buen tiempo sobre los lagos salados volvimos a experimen­tar un fuerte balanceo. Un poco más y avistamos Sebastopol.

 

Cuando el aparato tocó la tierra con las ruedas lanza­mos un suspiro de alivio. Estábamos en la meta, la travesía había salido bien. En Sebastopol también se sorprendieron mucho de que dos hombres hechos y derechos hubieran cubierto en un pajarito como aquel mil quinientos kilómetros en diez horas y media.

 

Estábamos bastante fatigados, por eso, después de entre­gar el aparato a los cuidados de los mecánicos, nos zam­bullimos en el mar y nos fuimos en seguida a descansar.

El vuelo de regreso Piontkovski lo hizo solo. En el lugar del asiento para el pasajero pusimos un depósito adicional con bencina, preparado de antemano en Moscú, que le aseguró el vuelo sin escala Sebastopol-Moscú en quince horas y media.

 

Semejante vuelo suponía entonces un doble record mun­dial para aviones deportivos: de distancia sin aterrizaje (mil cuatrocientos veinte kilómetros) y de duración de vuelo (quince horas y treinta minutos). En premio nos entregaron una suma en metálico y unos diplomas. Pero la mejor re­compensa fue otra: por el buen proyecto de la avioneta me admitieron en la Academia Militar de Aviación. Se cumplió mi viejo y más ferviente sueno.

 

Siendo ya alumno de la Academia, en el otoño de 1927 participe con Piontkovski en mi AIR-1 en las maniobras de Odesa del Ejercito Rojo.

 

Después del vuelo a Sebastopol y de las maniobras de Odesa empezaron a sentir respeto por los aeroplanos de motor ligero. Ahora cada nueva avioneta suscitaba interés y una sana apreciación critica.

En el periodo comprendido entre 1927 y 1929 se cons­truyeron varias avionetas más en Moscú, Leningrado, Kiev, Járkov y otras ciudades.

 

Y yo, mientras tanto, proyectaba el monoplano biplaza AIR-3, con un motor Walter de 60 HP. Se construía en la fábrica Aviarabótnik con fondos recaudados por los pioneros y recibió el nombre de Pionerskaya pravda. En el verano del año 1929 el AIR-3 salió al aeródromo. Fue reconocido como un modelo muy bien logrado.

 

Las pruebas del AIR-3 y la serie de vuelos de entrena­miento terminaron el 17 de agosto de 1929.

 

Los jóvenes diseñadores soviéticos mostraron que eran capaces de crear excelentes aviones deportivos. Pero para el desarrollo de la aviación ligera continuaba siendo un freno la falta de motores soviéticos de este genero. Teniendo esto en cuenta, la Osoaviajim importó del extranjero varios motores Walter de 60 y 80 HP con los que se cons­truyeron algunos nuevos modelos, entre ellos tres aviones míos tipo AIR-4, con Walter de 60 HP. Era una modifi­cación muy mejorada del AIR-3.

 

En octubre de 1929, la Osoaviajim organizó en los nue­vos aviones AIR-4 dos vuelos circulares. Uno de ellos, de 3.650 kilómetros de distancia, por el itinerario Moscú-Kiev-Odesa-Sebastopol-Moscú, lo llevó a cabo Yulián Piontkovski.

 

A fines de la década del veinte y comienzos de la del treinta nosotros habíamos llegado ya de lleno a la produc­ción planificada en gran serie de aviones de motor ligero. Contribuyó a su amplio desarrollo en nuestro país la crea­ción del excelente motor soviético de aviación M-11, de 100 HP.

 

En los años 1926-1930 yo trabaje poniendo en tensión todas mis energías, pues estudiaba en la Academia sin aban­donar mi labor social de diseñador, las pruebas y los vue­los. Progresaba en los estudios porque había ingresado en la Academia cuando ya no era un pipiolo recién salido de la escuela, sino un hombre con cierta experiencia de la vida, que llevaba trabajando cuatro años en la aviación: en unos talleres y en un aeródromo y participando en vuelos y maniobras.

 

No me arrepiento de no haber entrado directamente en un establecimiento de enseñanza superior ni de haber obte­nido el titulo cuatro años más tarde que algunos de mis coetáneos. Adquirí experiencia de trabajo en colectividad y al hacerme ingeniero sabia ya no sólo cómo proyectar una pieza de avión, sino cómo hacerla en el banco de ajustador y en el torno y cómo se comportaría en el aparato. Creo que cada ingeniero debe pasar por semejante escuela de su especialidad. Por algo, al terminar la carrera en el pa­sado, los ingenieros de ferrocarriles practicaban un plazo bastante largo en una locomotora, haciendo de fogonero, luego de maquinista, y el trabajo allí no era más fácil que en nuestro aeródromo.

 

En los primeros cursos de la Academia se estudiaban asignaturas de teoría general: Matemáticas, Física, Mecánica: no había nada "especial de aviones". Y yo le había tomado tanto gusto a la labor de proyección, me atraía tanto que, pese a lo mucho que debíamos estudiar, seguí haciendo diseños y visitando asiduamente las fábricas de aviación y el aeródromo.

 

Durante el primer año de estudio en la Academia construí otro avión de poca potencia: el AIR-2, con un motor Siemens alemán de 80 HP. Le puse flotadores y voló en el Parque Gorki, despegando desde el rio Moscova.

 

En el segundo curso construía los aviones AIR-3 y AIR-4, ya descritos. En el último año de mi carrera proyecte un aeroplano de cuatro plazas para pasajeros, el AIR-5, que fue construido cuando hube terminado ya los estudios.

 

En el tercero y cuarto años nos daban clases de mecánica de construcción del aeroplano, aerodinámica, cálculo de resistencia, motores de explosión y otras varias disciplinas. Estas ciencias tenían relación directa con la proyección y construcción de aviones, eran conocidas para mi y por eso el estudio ganó en interés. Como clases prácticas de estas materias especiales los profesores me proponían proyectos y tareas relacionados con mis propios aviones. Por ejemplo, si para aprobar era necesario presentar el cálculo de resis­tencia de un avión me aprobaban con el cálculo de un avión mío diseñado anteriormente.

 

En la Academia volví a relacionarme con Vladimir Pysh­nov, mi primer maestro. Era ya profesor de Aerodinámica. Me trataba con la misma atención y me ayudó, como antes, en mi labor.

 

En abril de 1931 termine los estudios en la Academia. La solemne recepción se celebró en el Kremlin. En medio de un silencio completo se dio lectura a una orden con motivo de nuestra promoción. Acto seguido Mijail Kalinin, presidente del Comité Ejecutivo Central de la URSS, nos felicitó por haber terminado los estudios e ingresado en la familia de oficiales del Ejercito Rojo. Nuestra tensión estalló en entusiásticos hurras.

 

Se abrieron las puertas de otra sala solemne, con orna­mentos de oro, en la que había unas mesas de banquete puestas en forma de una U enorme. Ocupamos nuestros sitios. Los dirigentes del Partido y del Gobierno entraron en la sala bajo una tempestad de aplausos. Pasamos con ellos una magnifica velada.

 

Cuando salí del Kremlin me sentía feliz. Se había cum­plido mi sueño.

 

Gracias a http://militera.lib.ru

El texto original en ruso se encuentra aqui

 

HR_LeNoir / HR_Ootoito / HR_Grainovich

 
 

 

 

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