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ALEKSANDR SERGEEVICH YAKOVLEV
 
"LA META DE MI VIDA"
 

 

EL COMIENZO DEL CAMINO

 

A los diecisiete años termine los estudios de segunda enseñanza y tenia que decidir ya seriamente que quería ser. Había tomado la resolución de hacerme ingeniero constructor de aviones. Pero, ¿por dónde empezar? ¿A quien recurrir? No tenía conocidos entre los aviadores.

 

A primeros de 1923 se anunció en la prensa que en el mes de noviembre se celebraría en Crimea la primera com­petición de vuelos sin motor. Yo tenía nociones de lo que era un planeador y quería participar en la construcción de los primeros planeadores soviéticos. Resolvi dirigirme al organizador del certamen, que era el aviador y proyectista Artseúlov, famoso en aquel tiempo.

 

Konstantin Artseúlov me recibió con mucha amabilidad. Me escuchó con simpatía y me propuso en el acto:

 

- ¿Quiere que lo coloque de ayudante con el piloto Anóschenko? Está construyendo ahora un planeador de su propio modelo.

- ¡Pues claro que quiero! - respondí alborozado.

 

Los aficionados a los vuelos sin motor trabajaban en la Academia Militar de Aviación. Recuerdo la inmensa sala sin calefacción del Palacio de Pedro I, abarrotada de materiales de construcción y piezas de planeadores. Yo era un novato y miraba a aquella gente como si fueran magos.

Artseúlov me presentó a un simpático y gallardo aviador, y le dijo:

 

- Nikolái Dmitrievich, aquí tiene usted un ayudante.

 

Anóschenko me tendió la mano:

 

- ¡Hola! ¡Tanto gusto! ¿Cómo se llama? ¿Alexandr? Muy bien, Alexandr, manos a la obra... Si trabaja bien, irá al certamen de Crimea agregó.

 

A decir verdad, no le di crédito entonces, pero emprendí la labor con enorme entusiasmo.

 

Había aprendido a manejar las herramientas de carpin­tero ya en la infancia, por eso no se me daba mal el oficio. Al principio, Anóschenko trabajaba mucho en el planeador, pero tenia que atender a numerosos asuntos, pues era uno de los organizadores del certamen de vuelos a vela; por eso, cuando se convenció de que yo trabajaba bien, empezó a presentarse con menos asiduidad. Venia, echaba un vistazo y me daba instrucciones.

 

A mi, claro, esa confianza me halagaba y yo me esfor­zaba aún más. Mi entusiasmo era tan grande que me pasaba los días enteros en la sala de la Academia. Mi padre estaba disgustado. Quería que me colocase cuanto antes en un buen empleo y consideraba la construcción del planeador una futilidad. Mi madre, por el contrario, salía en mi defensa:

 

- Déjalo que trabaje, no es una cosa tan inútil como parece. Quizá se haga con el tiempo un buen ingeniero de aviación.

 

Ese era mi sueño más vehemente y confiaba en que así sería.

 

Entre tanto, aproximábase la fecha de la competición de vuelos sin motor y el planeador aún no estaba terminado. Tuve que trabajar más horas y con mayor tesón.

 

En eso, para colmo de mi alegría, me entere de que se había decidido enviarme al certamen de Crimea por mi buen trabajo. Anoschenko y yo prometimos terminar el planeador en el lugar del certamen.

 

Para la competición de vuelos sin motor se eligió un paraje de la zona de Koktebel, población balnearia próxima a Feodosia, en la costa sudeste de Crimea. Este rincón de Crimea ha sido posteriormente el lugar tradicional donde se congregan los planeristas de la URSS.

 

En Koktebel se me ocurrió probar a construir yo mismo un planeador de verdad. Había hecho modelos, conocía varios tipos de planeadores, pero comprendía que, sin ins­trucción técnica, no podría coronar yo solo una empresa tan complicada.

 

Tenía que aconsejarme con alguien. Opte por Serguei Iliushin, que me trataba con amabilidad desde el certamen de vuelos sin motor.

 

Serguei Iliushin aprobó mis propósitos, pero me ad­virtió:

 

- El deseo no basta. Hacen falta, además, conocimien­tos: de otra manera no se puede proyectar bien un pla­neador. Claro que otros pueden hacer muchas cosas por ti: los cálculos, los planos, pero eso no te reportará gran pro­vecho. Si el trabajo lo haces tú, yo te ayudare, te daré con­sejos y te explicare lo que no entiendas.

 

Iliushin me dio sus apuntes de las conferencias de proyección y cálculo de resistencia mecánica de los aviones y me recomendó los libros que yo debía leer. Al tiempo que estudiaba con ahínco aquello, empecé a proyectar un pla­neador. Cuando no comprendía algo, acudía a Iliushin.

 

Iliushin vivía entonces con su esposa y su hijita Irina en una habitación estrecha y pequeña de la residencia de la Academia Militar de Aviación, en el callejón de Furmanni. Cuando iba a visitarlo, ya de noche, solía encontrarlos acos­tando a la nena, y yo me sentía muy violento por moles­tarlos. Pero siempre me recibían afables y cariñosos. EI estudiaba en la Academia, no le sobraba el tiempo y, sin embargo, no lo escatimaba conmigo, dedicándome a veces varias horas seguidas. Solíamos permanecer hasta muy en­trada la noche.

Esa fue mi primera escuela técnica.

 

Cuando tuve hechos, con la ayuda de Iliushin, los cálcu­los y diseños del planeador, se me planteó el problema de dónde y con quien construirlo. Me acordé de mi escuela y pensé que en ella se podría organizar un circulo de vuelos sin motor y construir el planeador.

 

Me presente en la escuela, y Guscha fue el primero con quien hable de la construcción del planeador. Este muchacho, flaco y tímido, con un apellido tan chistoso*, era muy por­fiado y trabajador.

 

Le conté el asunto que me llevaba. Guscha me escuchó serio y me interrogó, con sentido práctico:

 

- ¿Vamos a construir un planeador de veras o a hacer el tonto?

- ¡Pues claro que uno de verdad!

 

Recordando la promesa que en su tiempo me hiciera Anóschenko, añadí:

 

- Si trabajas bien, tú también irás a la competición de Crimea.

 

Guscha se rió incrédulo:

 

- ¡Anda ya! iNo me vengas con paparruchas!

 

Y, aunque no estaba seguro de ir al certamen, Guscha se puso a trabajar con gran ardor. El y Alexandr Grishin, otro compañero mío de la escuela, se hicieron unos entusias­tas de la construcción del planeador.

 

En el círculo de planerismo ingresaron quince escolares, y el trabajo cundió. Nos reuníamos después de las clases y cepillábamos, pegábamos, aserrábamos y clavábamos clavos. Adquiríamos los materiales en una fábrica de aviación, pero lo hacíamos todo nosotros, hasta la última y más insignifi­cante de las piezas.

 

Por fin, quedó terminado. Se presentó una comisión espe­cial, falló favorablemente y nuestro planeador fue admi­tido para el certamen.

 

Ahora tenia que preocuparme de mis ayudantes: Guscha y Grishin. Se habían merecido el viaje a Crimea y les Ilevé las credenciales de participantes en el segundo certamen de vuelos sin motor de la URSS, que se celebraba en Koktebel.

 

Comprendí lo orgullosos que se sintieron, pues hacia un año escaso que yo había experimentado la misma sensación.

 

Cargamos nuestro tesoro en una plataforma, lo cubrimos cuidadosamente con una lona, y el tren de los concursantes partió hacia Crimea. Esta vez el trayecto me pareció largo, más al fin llegamos a Koktebel.

 

En una de las tiendas para los aparatos, instaladas en el monte de Uzún-Syrt, estaba, entre otros, nuestro planeador, montado en dos días.

 

EI revestimiento de los planeadores se impregna de nitrolaca; por eso en la tienda de campana había el pene­trante olor propio de los salones de manicura. Este olor se nos quedó grabado para toda la vida.

 

EI primer día despejado con algo de viento sacamos el planeador a la pista de salida. La comisión técnica lo revisó todo definitivamente. EI piloto se sentó en la cabina y se sujetó con las correas al asiento. Engancharon los amortigua­dores. El equipo de lanzamiento ocupó sus puestos.

 

¡Atención! El jefe de pista levantó el banderín y, al primer soplo del viento, lo bajó. El planeador rodó, alzó la cola y, despegando rápidamente, ascendió a poca altura. Al ver nuestra obra en el aire, Guscha, Grishin y yo nos sentimos felices. Observamos con el corazón en vilo cómo el planeador se deslizaba en silencioso vuelo hacia la falda de la montaña.

 

EI piloto quedó contento. EI planeador guardó la esta­bilidad en el aire y obedeció bien a los mandos. Una vez probado, se ejecutaron vuelos en el casi todos los días. El proyecto fue calificado de acertado y obtuve un premio de doscientos rublos en metálico y un diploma. El éxito me dio alas.

 

EI trabajo con el planeador tampoco pasó sin dejar huella en Guscha: este abrazó para siempre la aviación. Cuando me encontré con el años después era ya piloto militar.

Al cabo de un año construí otro planeador.

 

Tras el éxito de Koktebel aumentaron mis anhelos de cursar estudios de aeronáutica, pero no logre ingresar en el único establecimiento de enseñanza superior de esa índole que existía a la sazón en el país: la Academia Militar de Aviación Zhukovski.

Para poder ingresar no contaba con el plazo imprescin­dible de servicio en el Ejercito Rojo. Por eso resolví empe­zar a trabajar en la aviación desde las primeras letras e ingrese de obrero en unos talleres del ramo. Algunos de mis compañeros de la escuela no aprobaron mi resolu­ción.

 

- Si no puedes ingresar en la Academia, hazlo en otro centro superior - me decían. Lo principal es no perder tiempo, luego no lo recuperarás...

 

Pero yo de ningún modo podía traicionar mi vocación, ser infiel a la aviación por la que sentía tanto cariño.

 

Antes de la Revolución de Octubre en Rusia se dedica­ban a la producción de aviones unas quince empresas. Las fábricas y los talleres de aviación se encontraban en Moscú, Petrogrado, Simferópol, Taganrog, Rybinsk, Odesa y Riga.

 

Pero verdaderas fábricas en el pleno sentido de la palabra había tres: la de bicicletas "Dux", de Moscú, y las de Sche­tinin y Lebedev, en Petrogrado. Las demás eran pequeños talleres artesanos de montaje. En todas las empresas de

aviación de la Rusia zarista trabajaban unos diez mil obreros de diversas especialidades.

 

Se construía en lo fundamental aviones de marcas ex­tranjeras, sobre todo los franceses Farman, Morane, Voisin y Nieuport, aunque Rusia tenia varios tipos de aviones de modelo nacional, por ejemplo, Lebed, Parasol, Sikorski, Iliá Múromets, etc.

 

En aquel tiempo los aviones se proyectaban de manera artesana: la ciencia aeronáutica estaba todavía en mantillas. Los primeros brotes de esta ciencia despuntaron en las aulas de la Escuela Técnica Superior de Moscú, que tenia un circulo de navegación aérea bajo los auspicios del insigne sabio y profesor Nikolái Zhukovski. Entre los componentes del circu­lo figuraban Túpolev, Arjánguelski, Vetchinkin y Stechkin, a la sazón estudiantes de dicha Escuela y hoy famosas per­sonalidades de la aeronáutica nacional.

 

Los fabricantes rusos admitían de mala gana los pedidos de aviones de modelo nacional, prefiriendo los aparatos extranjeros que eran construidos según los planos de firmas occidentales e incluso se montaban parcialmente de piezas adquiridas en otros países.

 

Una de las primeras manifestaciones del desvelo del joven Estado soviético por su aviación fue el decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo, firmado por Lenin, sobre la fundación del Instituto Central de Aerohidrodinámica (ICAH), dirigido por el profesor Zhukovski. El ICAH ha sido posteriormente un importantísimo centro de trascen­dencia mundial en la ciencia aeronáutica.

 

Nació en los años de la guerra civil y de la ruina. Hay que imaginarse el ambiente de aquel tiempo. Muchas fábricas estaban para­das por falta de materia prima. En Moscú no había luz ni combustible. Y el septuagenario Zhukovski formaba y encabezaba el grupo fundador del centro soviético de aviación.

 

EI 30 de octubre de 1918 el departamento cientifico­tecnico del Consejo Superior de Economía Nacional adoptó la decisión, confirmada por el Consejo de Comisarios del Pueblo, de abrir el ICAH sobre la base del laboratorio aerodinámico de la Escuela Técnica Superior de Moscú y la Ofi­cina de Cálculos y Experimentos y en diciembre del mismo año, en el domicilio de Zhukovski y bajo su presidencia, se celebró la primera reunión del Colegio del ICAH.

 

Las primeras creaciones de la industria aeronáutica soviética, obras del ICAH, son el monoplano deportivo ligero AnT-1, el monoplano triplaza de pasajeros AK-1 Tirador letón, que funcionó en la primera línea aérea nacional Moscú­Nizhni Nóvgorod, inaugurada en 1925, y participó luego en la travesía Moscú-Pekin.

 

Al morir Zhukovski en 1921, pasó a ser director del ICAH S. Chapliguin.

 

En 1923 el laboratorio aerodinámico de la Escuela Técnica Superior de Moscú resulta ya estrecho y el 9 de mayo de 1924 se echan los cimientos de un nuevo laboratorio aerodinámico, que hoy lleva el nombre de Chapliguin. Luego fueron construidos los laboratorios de prueba de materiales y motores de aviación, un hidrocanal y una fábrica experi­mental.

 

En 1922, para preparar ingenieros cualificados, se fundó la Academia Militar de Aviación sobre la base de la escuela técnica de aviación organizada por Zhukovski. A la Acade­mia se le dio el nombre del sabio.

 

Se organizaron también escuelas de pilotos militares en Moscú, Egórievsk, Lipetsk, Serpujov, Borisoglebsk, Kacha (Crimea) y otros lugares.

 

Para formar las primeras unidades regulares de aviación se compró en los años 1922-1923 un pequeño número de aviones de caza Fokker D7 en Holanda (adonde se había trasladado la firma alemana Fokker después de la derrota de la Alemania kaiseriana), de cazas ingleses Martinsayd, de aviones de exploración italianos Ansaldo y de aeronaves de pasajeros alemanas Ju-13.

 

En los primeros tiempos no desdeñábamos utilizar los aviones extranjeros de los intervencionistas que habian caido en nuestro poder como trofeos de guerra.

 

Copiando el modelo de los trofeos, las fábricas Dux y Aviarabótnik de Moscú comenzaron a producir los aero­planos ingleses De Havilland-4, De Havilland-9 y De Havi­lland-9A y la Krasni liótchik, de Petrogrado, los aparatos Avro, también ingleses.

 

Referiré, como un detalle interesante, que un avión Avro fue derribado en la región de Petrozavodsk en 1919. Lo tripulaba el piloto Ankudinov, un guardia blanco. Esto me lo contó Serguei Iliushin, que era entonces mecánico de un tren de reparación de aviones. Encomendaron a Iliushin desmontar el aparato derribado y Ilevarlo a Moscú donde, en la fábrica Dux, levantaron los planos.

 

Al propio tiempo, se adquirieron licencias para la cons­trucción de aeroplanos de marcas extranjeras. En la Avia­rabótnik se construían cazas Fokker-Dll. En la fábrica de Fili (Moscú), que tenia en concesión la firma Junkers, se construía el avión Ju-21 y se efectuaba el montaje de aviones de pasajeros Ju-13.

 

La copia de modelos extranjeros era algo obligado y temporal. En los años veinte se organizaron oficinas de proyección de aviones: la de Túpolev en el ICAH y la de Polikárpov y Grigoróvich en la fábrica Dux.

 

Todas las medidas del Poder soviético para crear la avia­ción nacional requerían grandes esfuerzos y desembolsos y la Sociedad de Amigos de la Flota Aérea (SAFA) prestó una inmensa ayuda al Estado.

 

En el XIII Congreso del Partido Comunista (bolchevi­que) de Rusia se discutió el problema de la organización de la Flota Aérea y la labor de la SAFA.

 

El 1 de junio de 1924, en el aeródromo central de Moscú, la Sociedad de Amigos de la Flota Aérea hizo solemne entrega al XIII Congreso del PCUSR de la escuadrilla Lenin.

 

Como activista de la SAFA tuve la suerte de asistir a este acontecimiento, que fue verdaderamente histórico para nuestra aviación.

 

Una enorme muchedumbre, representantes de las orga­nizaciones que habían costeado la construcción de los aviones y delegados al XIII Congreso del Partido llenaron el aeró­dromo por la parte de la carretera de Leningrado.

 

Estaban alineados diecinueve biplanos R-1 nuevecitos, resplandecientes del barniz, de color verde de enmascara­miento y con brillantes estrellas rojas en las alas, en los fuselajes y en los timones. Junto a cada aeroplano se en­contraba formada su tripulación.

 

Reinaba un ambiente de solemne fiesta. Serguei Kámenev, vicepresidente del Consejo Militar Revolucionario, en nom­bre de la SAFA, hizo entrega de la escuadrilla Lenin al Congreso del Partido. Sonó una banda de música y en el campo estallaron los hurras.

 

En nombre del Congreso del Partido, Mijail Kalinin dio las gracias a la SAFA y a los obreros y campesinos que habían recaudado el dinero para construir la escua­drilla.

 

Conjuntamente con el Consejo y los afiliados de la So­ciedad de Amigos de la Flota Aérea y las organizaciones obreras de Moscú, reunidos para hacer solemne entrega de la escuadrilla Lenin, se adoptó una resolución (el proyecto lo leyó Kliment Voroshilov) en la que se decía:

 

"...El XIII Congreso destaca con satisfacción la fecunda actividad de la Sociedad de Amigos de la Flota Aérea de la URSS, orientada a fortalecer la flota aérea roja.

 

La existencia de más de un millón de adherentes en la Sociedad, los donativos de los trabajadores por la suma de cerca de cuatro millones de rublos, reunidos por la Socie­dad y la eficaz ayuda prestada en este tiempo a la flota aérea roja muestran que la SAFA se encontraba y se en­cuentra en el camino certero, organizando la iniciativa social de las masas obreras y campesinas para robustecer la flota aérea roja..."

 

Después de ser adoptada la resolución comenzaron los vuelos. Se pusieron en marcha los motores de los aeroplanos. Dos quintetos ganaron altura y pasaron en cuña sobre la gente que aplaudía.

 

Por último, los pilotos militares Shirinkin, Sergueev y Pisarenko, ases rojos famosos ya en aquel tiempo, ejecuta­ron con los cazas una serie de acrobacias, provocando gene­ral entusiasmo y la ovación de los espectadores.

 

Fue el primer desfile aéreo en masa, una fiesta en el aeródromo a la que tuve ocasión de asistir.

 

En la primavera del año 1926 terminaron las pruebas de Estado del primer avión de combate, creado bajo la dirección de Andrei Túpolev. Era el biplano de reconoci­miento, de dos plazas y enteramente metálico AnT-3 o R-3, fabricado en serie con motor M-5, de 400 HP.

 

En el otoño del mismo año el piloto Mijail Grómov, con el mecánico de a bordo Rodzevich, en un avión R-3, lla­mado Proletario, llevó a cabo un vuelo excepcional en aque­llos tiempos. Despegó el 31 de agosto de Moscú y re­gresó el 2 de septiembre, tras haber cubierto el itinerario Moscú-Kónigsberg-Berlin-Paris-Roma-Viena-Varsovia-Moscú. Siete mil kilómetros en treinta y cuatro horas de vuelo. La velocidad de crucero del avión fue de 200 kilómetros por hora. El vuelo de Grómov causó sensación en Europa.

 

Y en agosto de 1927, en otro R-3, llamado Nuestra res­puesta, el piloto Semión Shestakov, con el mecánico de a bordo Dima Fufáev, bromista y guasón, querido por todo el personal del Aeródromo Central, cubrió la ruta Moscú­-Tokio-Moscú, cerca de 22.000 kilómetros, en 153 horas de vuelo. Era una relevante conquista y demostraba no sólo la madurez de los creadores del avión y del motor, sino también el nivel de producción que había asegurado un alto grado de seguridad en el funcionamiento de todas las partes del avión y del motor, así como la pericia de nuestros pilotos.

 

En la parada del primero de mayo de 1929, en la Plaza Roja, yo desfile con los alumnos de la Academia Militar de Aviación frente al Mausoleo de Lenin. En el Cadalso sobre un pedestal resplandecía un trimotor de pasaje­ros AnT-9, de brillante revestimiento metálico ondulado. Contemple este aparato sin disimular mi admiración. Yo envidiaba a Túpolev, a quien no conocía todavía, y soñaba poder construir algún día algo semejante.

 

Poco después, a fines del verano, en este aparato de diez plazas AnT-9, con el nombre de Alas de los Soviets, Mijail Grómov, acompañado de un grupo de corresponsales de la prensa moscovita, efectuó un vuelo por las capitales de los Estados europeos con escala en Berlín, Paris, Roma, Londres y Varsovia. La distancia total cubierta en este raid fue de 9.000 kilómetros, a una velocidad media de 180 kiló­metros por hora.

 

Toda la prensa soviética y mundial estaba llena de en­tusiastas elogios del avión y de su piloto.

 

Después este aparato empezó a fabricarse en serie y durante varios años se explotó en las líneas de la flota aérea civil.

 

El siguiente triunfo de la aviación soviética fue el vuelo de los pilotos Shestakov y Bólotov y del mecánico Fufáev en el avión metálico AnT-4 -Pais de los Soviets- de Moscú a Nueva York, en el otoño del año 1929. Es verdad que este vuelo duró más de un mes, pues de los 21.250 kilómetros del trayecto cerca de 8.000 pasaban sobre el océano y se llevó mucho tiempo el cambio del tren de aterrizaje por los flotadores. Era el primer vuelo de pilotos soviéticos en un avión soviético y con motores soviéticos a Norteamérica y en aquel tiempo constituyó un acontecimiento excepcio­nal.

 

Los vuelos de los pilotos soviéticos en los más diversos tipos de aviones de diseño y producción nacional repre­sentaban un serio examen y evidenciaban que nuestro pen­samiento técnico y nuestra calificación industrial por su nivel no iban a la zaga de los de Occidente.

 

Ahora se planteaba el problema de la producción en serie de aviones y motores de modelo soviético. Todo había madurado para desplegar ampliamente la construcción de aviones, motores y aparatos y para producir nuevos mate­riales de aviación.

 

El problema de crear una potente industria aeronáutica se estaba resolviendo plenamente.

 

Gracias a http://militera.lib.ru

El texto original en ruso se encuentra aqui

 

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